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martes, 4 de junio de 2013

Capitulo Decimoquinto: Una nueva misión


Como nos había prometido Antonio Aguilera, al amanecer del tercer día un par de soldados vinieron a buscarnos para encomendarnos nuestra primera misión como soldados de la milicia. Íbamos en el mismo grupo que Jonathan y Dani, por lo que ellos también eran parte de la misión. Fuimos a desayunar y nos reunimos en el parking subterráneo junto con un grupo de ocho soldados, y salvo Héctor, que era uno de ellos, no conocíamos a ninguno más. Después de una más que escueta presentación, sin demasiado entusiasmo, un par de hombres subieron a dos pick-up que estaban aparcadas esperando nuestra marcha. El resto, subimos a ellas seguidamente, y salimos del garaje. Después de dos días de relativa seguridad, el olor a muerto volvió a sumergirnos en la realidad.
-Bueno chicos. Sé que volver a la acción no es lo que más os apetecería en este momento, pero no tenemos muchas más opciones. –Dijo Héctor dirigiéndose a nosotros. – El resto, ya sabéis como va esto. Hay un par de supermercados que no han sido saqueados. Nuestra misión es ayudar a un camión del ejército que ya se encuentra allí. Nuestra única tarea hoy es esperar a que despejen los dos locales, y ayudarles a cargar las cajas en el camión. Solo eso, hoy, estamos de suerte.
-Vaya lástima. Yo quería cargarme a algunos de esos bichos antes de la cena. –Dijo el idiota de Jonathan.
-Estoy seguro de ello. –Dijo Héctor sin hacerle mucho caso.
Poco después de que Héctor acabara de explicar la misión, los primeros zombis empezaron a hacer acto de presencia.
-Tranquilos. En pequeños grupos no son un problema. A menos que nos quedemos sin gasolina, claro está. -Dijo Héctor despreocupado.
-Vale, estamos llegando. -Dijo el hombre encargado del mapa.
Menos de diez segundos después de que el hombre pronunciara las palabras, un par de ráfagas de disparos se escucharon en la distancia. Los dos pilotos de las camionetas aceleraron el paso y se dirigieron al origen de los disturbios, que como era de esperar, estaban en el mismo lugar que nuestra misión.
 Aparcado sobre la acera se encontraba un enorme camión militar de color verde, con una lona a juego que tapaba la parte trasera del vehículo. Subidos en ella resistían un par de soldados muertos de miedo evitando con sus armas que los zombis subieran al camión. Antes de que pudiéramos acercarnos más, uno de los zombis se desmarco del resto de la muchedumbre, agarrando a uno de los soldados por el tobillo, haciéndole perder el equilibrio y caer al duro asfalto. Antes de que pudiera levantarse, y ante la atónita mirada de su compañero, que había dejado ya de disparar, un grupo de zombis se abalanzó sobre el muchacho mordiendo cualquier pedazo de carne al que pudieran acceder.
-Joder, como de costumbre, hay problemas. –Dijo uno de los hombres más mayores del grupo.
Continuamos la marcha hasta estar a menos de quince metros de los zombis. El conductor tocó el claxon levemente, para alertar a los sujetos que se encontraban asediando al camión. El plan surgió efecto, y como si les hubiéramos llamado por el nombre, los que no estaban devorando al pobre muchacho se giraron en nuestra dirección.
Sus cuerpos putrefactos y rojizos comenzaron a tambalearse hacia nosotros al tiempo que Héctor ordenaba a todos los milicianos desplegarse y atacar cuerpo a cuerpo. Después de todo, necesitábamos sacar las provisiones del lugar y más disparos iban a hacernos un flaco favor. Albert y yo nos mantuvimos en la retaguardia, por orden expresa de Héctor. Los demás milicianos comenzaron a golpear a los zombis con los pacificadores y algún que otro cuchillo largo, mientras nosotros, desenvainábamos solo por si acaso. Los golpes huecos resonaban en la calle junto con los guturales sonidos de los zombis y los resoplidos de cansancio de nuestros compañeros. Cuando apenas quedaban media docena de zombis, Héctor nos toco en el hombro y nos dio la señal para demostrar de lo que estábamos hechos mientras algunos de los milicianos se dispersaban, recorriendo la calle de arriba abajo y terminando con los pocos zombis que se acercaban alertados por los disparos. Con bastante miedo, nos aproximamos a un par de hombres de mediana edad. Uno de ellos aun tenía un trozo de carne en la boca, que masticaba casi mecánicamente. Sin pensarlo mucho lancé la katana contra su cuello, dejando buena parte de éste seccionado. Definitivamente me faltaba práctica. Un hombre experimentado hubiera decapitado al hombre sin problemas. De nuevo y tras dar un par de pasos hacia atrás, volví a lanzar otro estoque, solo que éste directamente en el cráneo, acabando al fin con el sufrimiento de aquel pobre engendro. Albert por su parte bateó con todas sus fuerzas al otro hombre, fulminándolo sin más dificultad. Continuamos con los dos más cercanos mientras la mitad del grupo entraba a despejar y saquear el supermercado.  La misión hasta el momento parecía bajo control, al menos por nuestra parte. El muchacho superviviente de la masacre del camión permanecía agazapado cerca de una de las ruedas traseras mientras uno de los milicianos le examinaba en profundidad comprobando que no tuviera ninguna pequeña herida provocada por los zombis. Después de apenas un par de minutos de espera, varios milicianos arrastrando carritos de la compra empezaron a salir del supermercado. Los carros estaban llenos hasta arriba de alimentos, y de algunos elementos necesarios como jabón, papel higiénico, etc.
Sin mayor dilación empezaron a cargarlos al camión, mientras otros milicianos se adentraban en el interior. Después de la tercera entrada, nos toco el turno a Albert y a mí, acompañados de nuestros encantadores compañeros de habitación. Cogimos los carros y cruzamos el umbral de la puerta perdiendo la visión durante un par de segundos por el cambio de luz. Una vez adaptados, seguimos a Jonathan y Dani hasta uno de los pasillos iluminados con linternas de pie y empezamos a cargar. Apenas tardamos un par de minutos en llenar el carro hasta los topes, y seguimos hasta la salida. De momento todo parecía extremadamente fácil teniendo en cuenta que nos enfrentábamos a la mayor amenaza que la raza humana había conocido. Una vez en el camión descargamos el contenido del carrito como los otros milicianos habían hecho antes que nosotros, y nos quedamos nuevamente fuera esperando más intrusos. Apenas unos segundos después de que los últimos milicianos se adentraran en el supermercado, uno de los nuestros apareció de una calle paralela. Llegó hasta Héctor, y le susurró algo al oído. De repente la cara de éste cambio.
-Chicos, me informan de que una horda de casi doscientos zombis se acerca hacia aquí, hora de irnos.
Al escuchar esto, la cara de sorprendente tranquilidad de la mayoría de milicianos desapareció, dejando paso a una histeria colectiva. Jonathan y Dani nos apartaron de un empujón y volcaron el carro en el interior del camión sin demasiado cuidado. Inmediatamente, los milicianos que se habían adentrado en el supermercado, salieron como alma que lleva el diablo del local, con el carro apenas a un cuarto de su capacidad. Antes de llegar al camión, uno de ellos tropezó haciendo caer el carro con él y esparciendo los pocos alimentos que habían podido conseguir por el oscuro asfalto teñido de sangre. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, el resto de milicianos subió a las furgonetas y al camión dispuestos a salir de allí pitando. Después de un buen grito de Héctor llamando nuestra atención, nosotros también nos pusimos en marcha y subimos a una de las furgonetas. Todos estábamos ya subidos cuando los primeros zombis empezaron a aparecer de la calle de al lado. Todos menos el miliciano que había tropezado y caído con el carro. Éste, seguramente avergonzado por haber tirado algo tan esencial, se apresuraba a cargar lo que podía coger entre sus brazos y a lanzarlo dentro del camión, mientras el resto del grupo le gritaba para que subiera a alguno de los vehículos. Para cuando hubo acabado de recogerlo todo, los zombis estaban casi a su lado, Héctor hizo un gesto, y a su orden, todos empezaron a disparar hacia la masa de cadáveres andantes. Las balas hicieron mella en la primera fila, pero no tardaron en quedarse cortas ante tal avalancha. El hombre por fin recapacitó y esprintó hacia el camión, que ya se movía hacia el resto de furgonetas para salir del lugar. Pero ya era tarde. Uno de los zombis consiguió agarrar al hombre por la camiseta, y adentrarlo en la masa cadavérica para devorarlo junto a sus compañeros. Cuando los primeros gritos de desesperación y dolor salieron de aquella masa de cadáveres, Héctor hizo un nuevo gesto y los vehículos comenzaron a moverse ordenadamente para abandonar el lugar.
-Primera lección chicos. La seguridad por encima de todo. –Dijo Héctor abatido.
-¡Y la próxima vez, cuando oigáis la frase horda de zombis, no os quedéis parados como si nada de eso fuera con vosotros! –Dijo un sabiondo Dani.

Capítulo decimocuarto: Un nuevo hogar


El viaje fue corto. Lo que a pie hubieran sido algo más de dos horas, en coche apenas fueron unos minutos. Después de dejar la ronda, nos metimos en la ciudad, bastante cambiada desde la última vez que estuve allí.  Gran Via 2 habia pasado de ser un centro comercial donde parejas alegres y familias paseaban y compraban cosas, a una fortaleza improvisada.
Las entradas y cristaleras del piso inferior que daban acceso a la calle habían sido sustituidas por ladrillos y hormigón para impedir el avance de los zombis. Un pequeño foso rodeaba buena parte del centro comercial y separaba el edificio del acceso a la calle. Multitud de trincheras hechas con alambre de espino y sacos de arena rodeaban la zona y hasta un par de andamios convertidos en torres de vigía preservaban el perímetro gracias a algunos militares apostados en ellos con rifles de precisión.
Lo realmente sorprendente de todo es que apenas había zombis deambulando. La mayoría de ellos estaban tendidos en el suelo, solos, o amontonados y calcinados en una glorieta cercana. Algún disparo ocasional se escuchaba aquí y allá, pero una extraña paz rodeaba esa zona de la ciudad. Nos dirigimos a una de las entradas del parking subterráneo fuertemente protegida por militares, hombres vestidos de calle y lo que a juzgar por lo que había visto en las noticias semanas antes, miembros de la B.H.S.U.
Al vernos acercarnos, un soldado levantó la mano permitiéndonos el paso.
-¿Nuevos, eh? –Preguntó fugazmente el soldado mientras pasábamos por su lado.
Aparcamos el coche salpicado de sangre en una plaza vacía del parking y bajamos del pick-up. Seguimos al grupo de milicianos aún asombrados, hasta la planta superior y acabamos en lo que antes del apocalipsis era una pequeña parafarmacia.
-Yo me quedo con los nuevos, vosotros podéis ir a descansar un rato, nos veremos luego. –Dijo el cabecilla al resto del grupo.
Definitivamente el centro comercial también había cambiado por dentro. Las tiendas se habían convertido en habitaciones y los escaparates de éstas habían sido tintados de negro para dar algo de intimidad a las salas, aunque a pesar de ello muchas tenían las puertas abiertas. Varios soldados caminaban de arriba abajo atareados en sus propios asuntos, algunos en ropa interior o toalla. El suelo permanecía relativamente limpio y en algunos locales, se habían colgado pancartas improvisadas identificando de qué se trataban. Al parecer nos habían llevado hasta lo que parecía ser la enfermería. Entramos y una chica se acercó a nosotros. Era la primera chica que había visto hasta el momento en toda la base.
-Me he percatado de que tienes una herida en la pierna, será mejor que te la curen para que no se te infecte, no vamos precisamente sobrados de antibióticos.
-Hola…umh ¿Héctor, no? –Dijo la chica pensativa.
-Sí. –Dijo él escuetamente con una sonrisa.
-¿Que querías?- Preguntó la chica.
-Necesitaría asistencia para este chico, parece que tiene una herida en la espinilla.
-¿Cómo te la has hecho? –Preguntó amablemente la chica.
-Me alcanzó un perdigón ayer, es una larga historia. ¿Alguien podría sacármelo?
-Claro, yo misma puedo hacerlo, el doctor está con otro paciente más grave. Ven, túmbate en esta camilla.
Seguí sus instrucciones y me tumbé en la camilla mientras ella se lavaba las manos, se colocaba unos guantes y cogía una bandeja de aluminio con instrumental quirúrgico. Héctor, al que había perdido de vista vino con una botella de vodka.
-¿Y esto es para desinfectar la herida?- Pregunté yo sonriente.
-No, te la desinfectará con alcohol, esto es para que bebas, no vamos bien de anestesia y para heridas poco graves como la tuya, nada como un buen trago.
-Gracias pero ahora no me apetece demasiado. –Rechacé yo cortésmente.
-Como quieras. –Respondió él sonriente, sabiendo algo que yo desconocía.
La chica se sentó en un pequeño taburete con ruedas y me hecho algo de alcohol en la herida. El líquido se convirtió casi inmediatamente en espuma. El escozor no era agradable pero podía soportarlo. La chica untó entonces un algodón con algo de yodo y lo puso sobre la pequeña  herida. Con un acto reflejo la retiré por el picor, pero inmediatamente volví a colocarla. Entonces, cogió unas pinzas de la bandeja y la aproximó a la espinilla. Antes de que pudiera meterlas más adentro retiré la pierna y esta vez no la volví a colocar.
-Pásame el vodka, por favor. –Le dije al sonriente Héctor.
-Toma. –Dijo él.
Metí un profundo trago a la botella, que traspasó mi garganta como aceite hirviendo y me mentalicé para que me sacaran la pequeña bola de plomo alojada en la pierna. La chica volvió a introducir las pinzas y en pocos segundos consiguió extraer a mi invasor compañero de viaje y dejarlo sobre la bandeja con un sonoro clinck. En pocos minutos y tras unos cuantos tragos más la herida ya estaba cosida y vendada. Me incorporé de nuevo y bajé de la camilla mareado ya por el alcohol.
-Ya que estamos aquí pídele un poco de pomada para el mordisco del brazo. –Sugirió poco acertado Albert.
Al oír la palabra mordisco, Héctor desenfundó la pistola que llevaba colgada y me apuntó a la cabeza antes de que ni siquiera pudiera parpadear. La chica se echó atrás con un impulso y rodó con el taburete en dirección opuesta.
-¿Te han mordido? –Preguntó tenso Héctor mientras aparecían por las puertas un par de soldados uniformados alertados por el ruido.
-¡Sí, pero tranquilo, no estoy infectado, no traspasó la chaqueta!– Dije yo lo más rápido que pude, acojonado y sentado todavía en la camilla, con las manos en alto.
-Déjame ver el brazo. –Dijo la chica, visiblemente más tranquila.
Me quité la chaqueta con cuidado, le mostré el mordisco y esperé a ver cuál era el veredicto. La chica respiró aliviada y se dirigió al interior de la tienda.
-No pasa nada Héctor, no está infectado. –Dijo mientras se alejaba.
-Chico, casi te vuelo la cabeza. Decir mordisco en los tiempos que corren es como gritar ¡bomba! en el interior de un avión. –Dijo Héctor recobrándose del sobresalto y enfundando el arma.
-Albert, casi haces que me maten. ¡Otra vez! –Respondí aliviado.
-Lo siento. –Se disculpó él.
La enfermera volvió a aparecer con un pequeño tubo de pomada y me aplicó un poco del ungüento sobre el feo moratón.
-La inflamación remitirá mañana. Ya podéis iros. –Dijo ella.
Después del susto, dejamos la enfermería y seguimos a Héctor hacia un nuevo destino. No tardamos en llegar a otro de los comercios rehabilitados. En él había otro pequeño panel hecho a mano donde ponía “Despacho de la milicia”. Entramos y encontramos sentado en un improvisado despacho tan solo amueblado con una enorme mesa de caoba y una silla de ruedas negra, a un hombre de cuarenta y pocos que nos dio la bienvenida.
-Es un placer ver nuevas caras por aquí. Me llamo Antonio Aguilera. Soy el encargado de reclutamiento de la milicia.
-Están más perdidos que todo eso, Toni. A estos les encontramos en mitad de la ciudad, apenas tienen idea de que ha pasado estas últimas semanas. –Respondió Héctor.
-Vaya por Dios. Bueno, pues a grandes rasgos, esta es una de las pocas zonas que permanecen intactas tras la infección en todo el país… bueno, será mejor que os sentéis.
Albert y yo tomamos asiento rápidamente esperando que por fin alguien nos diera una buena explicación. Fuese la que fuese.
-Como os decía, somos de las pocas zonas que quedan ya en pie. ¿Dónde os quedasteis?
-Nos dejó de llegar información cuando las cadenas dejaron de emitir, de eso hace ya varias semanas. –Respondió Albert.
-Pues siento deciros que desde entonces no han habido demasiadas buenas noticias. Después del apocalipsis, la mayoría de gente se dirigió a las bases civiles a refugiarse, y en menor medida a las bases militares para tomar parte en la milicia. Ese fue el caso de Héctor y mío. Los dos éramos policías, y después de que… de perderlo todo, decidimos devolverles un poquito a esos malditos zombis.
Al principio había varios cientos de bases civiles y militares disgregadas por todo el país. Algunas en centros comerciales, otras en zonas seguras de la ciudad, etc. El plan de protección de las bases fue excelente. En solo un par de días se prepararon todas las bases como ésta para resistir un posible asedio zombi. El problema llegó con la masificación de personas en los refugios. Algunas de ellas estaban infectadas, aunque no presentaban síntomas ni heridas, de hecho, muchas de ellas seguramente ni lo sabían. Algunas se habían infectado por besar a su pareja infectada, otros se habían infectado con la saliva producida por un estornudo de alguien que ni tan siquiera sabía que estaba infectado, etc. Los brotes empezaron a sucederse, y aunque eran bastantes se erradicaban con bastante éxito. Pero ya sabéis, un solo brote fructífero es suficiente para terminar con una base entera. Eso es lo que le pasó a la mayoría de ellas.
-¿Y cuántas bases quedan en el país a estas alturas? –Pregunté yo incrédulo.
-Unas veinticinco, aunque muy de vez en cuando, aún cae alguna. En personas tal vez unas treinta o treinta y cinco mil.
-¿Dice que solo quedamos Treinta o treinta y cinco mil personas de sesenta millones en España?
-No, por suerte no. Otras muchas personas decidieron quedarse en sus casas, con provisiones…como vosotros, y aún resisten hasta el día en que podamos rescatarlos. También hubo muchos pequeños pueblos, miles de ellos, distribuidos por toda la península a los que el apocalipsis ni siquiera llegó, y ahora resisten alimentándose de las provisiones o cultivos de la zona. Les puedo garantizar que aun somos unos cuantos millones dando guerra.
-¿Y ahora qué?
-Ahora si lo desean pasaran a formar  parte de la milicia. Lo cierto es que no tienen muchas opciones entre las que elegir. Si quereis comer, tendreis que trabajar.
-¿Y cuando empezamos? –pregunté yo resignándome a mi destino, fuese cual fuese.
-Chicos valientes, sí señor.
-Más bien chicos sin opciones. –Corrigió Albert.
-En cualquier caso, bienvenidos. Relajaos un par de días, se os asignara una misión próximamente. Intentaremos que sea de lo más simple posible para que os adaptéis a luchar en grupo, aunque estoy seguro que no os costará demasiado.
-Será mejor que os acompañe a vuestras habitaciones, han quedado un par de huecos libres esta mañana en una de ellas. –Dijo Héctor.
Nos levantamos después de despedirnos de Antonio Aguilera y seguimos a Héctor de nuevo, ahora hacia nuestros nuevos aposentos. Después de un par de minutos caminando llegamos a lo que antes había sido una pequeña tienda de animales ahora convertida en habitación, aun conservaba las jaulas de cristal, aunque ahora servian como almacenamiento. Estaba justo en frente del supermercado del centro comercial, pero éste estaba restringido por varios soldados custodiando la zona. Por suerte había habido una buena planificación y se había evitado que en los primeros días del apocalipsis se saqueara el centro entero.
Poco después de que ocupáramos nuestras literas aparecieron un par de chicos, un poco más jóvenes que nosotros, con solo una pequeña toalla cubriéndoles sus partes íntimas. Tenían un claro acento marcado de esos que solo se adquieren en barrios suburbiales de la ciudad.
-Vaya, tenemos compañía. Con lo bien que estábamos nosotros solos, joder ni un dia –Dijo uno de ellos.
-Más carne para esos putos zombis. –Dijo el otro, siguiendo al que claramente era el macho Alfa de su reducido grupo.
-Chicos, más vale que seáis amables con estos, tienen bastantes más huevos que vosotros así que merecen cierta consideración. –Dijo Héctor.
-Lo dudo mucho, pero bueno, eso ya se verá, ahora están en nuestro grupo.
-Estos son Jonathan y Dani. Tranquilos, parecen gilipollas, pero luego igual hasta les pilláis cariño.
-puf... –Dijo Dani con desdén.
-Bueno chicos, otros asuntos requieren mi atención, haced vida normal, cuando haya alguna novedad con los vuestro ya os informaran.
Héctor abandonó la estancia y nos quedamos solos con nuestros nuevos compañeros de habitación. No tuvieron que pasar ni dos minutos de charla hasta comprobar, que no solo parecían sino que además, eran gilipollas. Lo cierto es que después de lo ocurrido en los meses anteriores, hacer migas con un par de cretinos integrales era una de las cosas que menos ilusión me hacía. Sin prestar demasiada atención a sus fanfarronadas cogimos las toallas que había en nuestras literas y nos dirigimos a darnos una breve ducha de agua caliente. Las duchas estaban repletas de soldados y milicianos sucios y sudorosos, algunos incluso teñían el agua de rojo a causa de la sangre de sus compañeros caídos horas antes. Eran fáciles de identificar ya que además de la sangre, eran los únicos que miraban fijamente al suelo sin pronunciar una sola palabra, seguramente recordando la reciente, aunque nada sorprendente tragedia.
Separadas por un biombo se encontraban las duchas de las mujeres, sin duda mucho menos numerosas que las de los hombres. La mayoría eran militares, pero otras parecían haberse alistado en la milicia después del apocalipsis, seguramente al haber perdido todo lo que les quedaba como el resto de nosotros.
Terminada la ducha, volvimos de nuevo a la habitación, por suerte esta vez, los paletos se habían ido a dar una vuelta. El día había sido largo y desalentador, así que decidimos conciliar el sueño y dormir todo lo que pudiéramos.

Capítulo Decimotercero: Huyendo de nuevo


Cruzamos parte del fantasmagórico parque abandonado intentando buscar una salida, pero las verjas eran muy altas o la caída era prácticamente mortal. Además, de noche con las linternas nos encontrarían enseguida, y sin ellas seriamos presa fácil de algún zombi perdido por el bosque. Lo único que podíamos hacer era escondernos en algún lugar del parque y salir al amanecer. En la aterradora oscuridad, parecía haber cientos de ojos siguiendo nuestros pasos, y el crujido de las agarrotadas atracciones a causa del fuerte viento que soplaba, no ayudaba a calmar la situación.
-¿Y bien, donde quieres esconderte? –Preguntó Albert.
-En el castillo embrujado.
-¿No se te ocurre nada mejor?
-¡Serás marica! Elijo el castillo porque tiene escaleras y por lo que sabemos los zombis no pueden subirlas, es de los sitios más seguros del parque. Además, si esos capullos nos encuentran dentro podremos huir por detrás, era mi atracción favorita de niño y me la conozco bien.
-Bueno como quieras pero con cuidado.
Llegamos hasta los enormes peldaños que daban acceso al interior del castillo y comenzamos a subirlos. Cuando el parque estaba abierto al público, los escalones se movían de arriba abajo dificultando seriamente la subida, pero ahora, sin corriente eléctrica permanecían inmóviles como los de cualquier otra escalera. Teniendo en cuenta lo cargados que íbamos era cosa de agradecer. Llegamos hasta arriba pero la puerta estaba cerrada, como era de esperar.
-¿Y ahora, genio? –Preguntó Albert.
Di un par de pasos atrás para coger carrerilla, me impulsé y golpeé con el hombro la puerta echándola abajo.
-Son puertas de una atracción genio ¿no esperarías que se hicieran con madera maciza, verdad? –Le dije mientras me incorporaba del suelo.
Albert sonrojado no dijo nada y se coló dentro de la oscura atracción mientras yo colocaba improvisadamente la puerta. Si subían las escaleras se darían cuenta de que la puerta había sido forzada, pero desde abajo no podrían notar la diferencia. Encendimos las linternas y conmigo a la cabeza cruzamos buena parte del castillo.
-Lo recordaba más tétrico. –Dijo Albert.
-Tal vez es porque la última vez que vinimos teníamos once años.
Continuamos hasta un pequeño tobogán metálico que daba a la planta de abajo.
-¡Venga baja gallina! –Le dije mientras le propinaba un leve empujón para tirarlo rampa abajo.
Justo al llegar abajo, Albert produjo un grito de angustia seguido de un par de enérgicos improperios. Cuando iluminé el tobogán para ver lo que fuera que allí hubiera, pude observar rastros de lo que parecía ser sangre reseca sobre el frío metal de la rampa. Armándome de coraje y con sentimientos de culpabilidad bajé la rampa de un impulso. Justo antes de golpearme con Albert, me impulsé saltando torpemente por encima de él y tumbando a las dos sombrías criaturas que allí había. La linterna salió disparada y acabó iluminando una esquina de la sala. De repente, yo me encontraba intentando escapar de las dos bestias mientras Albert tiraba de la pierna de una de ellas sin demasiado éxito.
-¡La linterna! –Grité yo.
Albert dejó la pierna del zombi, cogió la linterna y enfocó la situación. Antes de que pudiera darme cuenta, uno de ellos estiró de mi brazo con fuerza y clavó sus dientes sobre mi chaqueta. Un dolor mucho más intenso que el provocado por el perdigón que ahora tenía alojado en la espinilla recorrió mi brazo hasta llegar al cerebro y le informó de que con casi toda seguridad había sido infectado. El pánico entonces se apoderó de todo mi ser y comencé a tirar con fuerza de mis miembros para zafarme de las garras de aquellos malditos infectados a la vez que les propinaba patadas y empujones. Después de unos más que angustiosos segundos, conseguí liberarme de uno de ellos. La linterna se movía de un lado para otro y no podía distinguir a Albert que se encontraba al otro lado de la luz. De repente un cañón apareció de la oscuridad y disparó iluminando la sala con un fugaz destello rojizo. Mi brazo quedó liberado al instante y retrocedí arrastrándome por el suelo hasta topar de nuevo con la rampa del tobogán. Al parecer Albert había conseguido volarle la tapa de los sesos a uno de ellos y el otro se incorporaba con dificultad en la otra punta de la pequeña estancia. Antes de que Albert pudiera disparar una segunda vez, me incorporé poniéndome entre él y el infectado, desenvainé la katana y la introduje con furia a través del ojo del maldito engendro mientras gritaba delirante y temeroso. Cuando cayó al suelo extraje la katana de su cuenca ocular, la limpié con sus raídas ropas y la envainé de nuevo.
-Alumbra aquí por favor. –Le dije a Albert estremecido y asustado.
-¿Te han mordido? –Preguntó él preocupado.
-Ahora lo sabremos, ¡alumbra de una puta vez! –Le dije mientras me sacaba la chaqueta y estiraba el brazo.
Había claras señales de un mordisco en mi brazo, pero por suerte los dientes del zombi no habían conseguido atravesar las protecciones de espuma del antebrazo y ahora un morado sustituía a una infección garantizada. Me senté en el suelo, respiré profundamente  y me sentí como si volviera a nacer.
El par de cadáveres descansaban a menos de un metro de nosotros, eran un chico joven y alto al que le faltaba medio cráneo gracias al disparo a bocajarro de Albert, y una chica rubia con el pelo alborotado y enmarañado, teñido en parte de rojo por la sangre ahora sin el ojo izquierdo.
-Joder que susto me has dado. –Dijo Albert intentando tranquilizar su pulso.
-Siento haberte asustado. –Le dije cínicamente.
-¿Quién coño eran estos y que cojones hacían aquí?
-Deja que te los presente. El chico zombi al que has disparado en el cráneo es Cristian, y la chica rubia guapa sin ojo es Marta.
-¿Como lo sabes?
 -Alguien los tiró por la rampa una vez infectados, seguramente fueron esos tarados. Los escondieron aquí, eso quiere decir que por aquí abajo la salida está bloqueada, tenemos que volver sobre nuestros pasos.
-¿Y cómo subimos de nuevo el tobogán?
-Lo que más me preocupa es cuándo llegaran aquellos cabrones, sin duda habrán oído el disparo y ahora vendrán hacia aquí.
-No creo que se arriesguen a salir de su refugio para matar a un par de chicos.
-Créeme, cuando volví a por el arco ya se disponían a saltar la valla para perseguirnos. Habrá que emboscarles.
Me tumbé sobre el tobogán y Albert escaló por encima de mí para colocar sus pies sobre mis hombros, pero justo antes de conseguirlo, varios sonidos se escucharon en la entrada de la atracción.
-No hay tiempo, escondámonos detrás del tobogán. –Dijo Albert mientras bajaba de nuevo.
A los pocos segundos las voces se hicieron más fuertes y por fin aparecieron los tres hombres sobre nuestras cabezas.
-Iluminad la zona, hay que encontrarlos. –dijo el cura encolerizado.
-¡Y matarlos, si alguien se entera de lo que ha pasado aquí se nos va a caer el pelo! –Respondió Carlos aún más perturbado.
-Parece ser que ahí están los dos chavales que tiramos aquí abajo, se los han debido cargar.-Señaló Alfredo.
-No pueden estar muy lejos, la salida está bloqueada con cadenas, tienen que estar un poco más adelante. –Argumentó el padre Isaac.
-Pues ves a buscarlos. –Le recriminó Alfredo.
-Yo soy el que se inventó toda esta farsa y no voy a mancharme ¿qué aspecto daría un cura con la sotana empapada de sangre?
-Tú no eres cura.
-Pero eso solo lo sabemos nosotros tres. –Respondió el recién descubierto farsante.
-¡Yo me quedo con el de la chaqueta de moto, me ha dejado la cara hecha un Cristo! –Respondió Carlos.
Los dos se tiraron por el tobogán a regañadientes mientras el falso cura se quedaba arriba. Antes de que dieran un paso más, les di el alto.
-Como os mováis un pelo os mato aquí mismo. –Dije yo dispuesto a cumplir mi amenaza.
Mientras yo apuntaba a Carlos, Albert apuntaba a Alfredo.
-No tendréis agallas. –Respondió Carlos amenazante.
-Si no quieres comprobarlo haz lo que te diga, deja la escopeta en el suelo y apártala de tu lado, y tú haz lo mismo.
Cuando los dos se dispusieron a dejar las armas en el suelo, Alfredo se giró bruscamente con la intención de encañonar a Albert. Con un acto reflejo, disparé la escopeta contra su pecho y lo envié con el impacto a la otra punta de la habitación. Cuando Carlos se percató de lo sucedido, intentó hacer lo mismo que su amigo, y esta vez Albert, le disparó en la cabeza.
El falso padre Isaac viendo lo ocurrido, se dio media vuelta y corrió como un poseso hacia la salida. Los dos hombres yacían tendidos en el suelo, y la habitación estaba completamente moteada de salpicaduras y cuajarones de sangre y sesos. Albert comenzó a vomitar y yo no tarde en seguirle. Después de unos segundos, conseguimos tranquilizarnos.
-Acabo de matar a un hombre, bueno a dos pero uno de ellos ya estaba muerto, el otro sin embargo… –Dijo Albert en shock.
-Sé a lo que te refieres, es mucho más duro matar a un hombre que a un zombi. –dije yo.
-Sí.
-No pienses mucho, no nos quedó otro remedio, tendremos que aprender a vivir con ello el resto de nuestras vidas que confío no será mucho tiempo si nos quedamos en esta montaña.
-¿Quien coño serian estos tíos realmente? –Preguntó Albert.
-No lo sé, pero si el tal Isaac era cura yo soy el mismísimo papa.
Recogimos la munición de las escopetas, y nos marchamos de allí después de conseguir remontar el tobogán. Salimos del parque con cuidado por si el padre impostor seguía por ahí fuera acechándonos, pero no dimos con él durante todo el camino de vuelta. Empezaba a amanecer y era más fácil buscar una salida del parque. Encontramos una pequeña soga y la atamos a una de las barandillas. Bajamos por ella torpemente y accedimos al exterior del parque, rodeado por cientos de metros de bosque y caminamos campo a través durante un buen rato. Después de todo lo sucedido, incluso en un mundo azotado por la muerte, ese tranquilo paseo a través de los árboles nos calmó un poco.
Después de unas cuantas extenuantes horas caminando por el linde de la ciudad, sin toparnos con ninguna de esas criaturas, conseguimos llegar a las afueras. Allí los atascos parecían menos abundantes, y aunque había varios coches aparcados en los arcenes, se había formado un carril en medio de la carretera perfecto para viajar con coche.
-¿Qué te parece si cogemos un coche? –Me preguntó Albert.
-No sabemos cuándo se puede acabar el camino, posiblemente solo sea casualidad. No parece haber nadie controlando el tráfico, Además podría haber algunas de esas criaturas cerca, entre los coches.
-Por aquí tardaremos siglos en llegar a la base.
-Si es que todavía sigue en pie.
-Ya te lo dije, lo miré justo antes de que se perdiera la conexión a la red y los post decían que era un lugar seguro.
-Ya, pero ha pasado bastante desde entonces, esperemos que realmente esté en pie, porque no tenemos un plan B.
De pronto un murmullo lejano se escuchó detrás de nosotros. Era el sonido inconfundible de un motor de gasolina, junto con algunos disparos, que contrastaban con todo el apacible silencio que parecía haber en la zona. Era un pick-up de color azul oscuro que se acercaba en nuestra dirección por mitad del carril de la Ronda del litoral. Albert alzó la mano pero antes de que se fijaran en nosotros, me agazapé y tiré de él con fuerza para que hiciera lo mismo.
-¿Qué narices haces? –Me susurró enfadado.
-Por lo que sabemos están armados, y no sabemos si son buenos o malos. No sabemos cómo están las cosas por aquí, tal vez los supervivientes que queden se hayan convertido en asesinos potenciales.
-…Tal vez tengas razón…continuemos. –Respondió él pensándolo fríamente.
Proseguimos la marcha una hora más cuando de nuevo volvimos a escuchar un sonido acercándose. De nuevo era un vehículo, pero esta vez, paró a nuestra altura sin que apenas nos diera tiempo a agazaparnos.
-¡Para! creo que he visto a un par de ellos, deja que vaya a liquidarlos. –Dijo uno de ellos.
-Llévate a Julio contigo, tal vez haya más. –Dijo el que parecía el cabecilla.
Antes de que dijeran algo más salí de mi escondrijo envalentonado y apunté a uno de ellos, después de propinarle un golpe de tacón Albert salió también del escondite.
-Creo que no vais a liquidar a nadie, marchaos por donde habeis venido y todos continuaremos con nuestras vidas de mierda. –Dije yo alterado.
A pocos metros de nosotros pendiente abajo, había media docena de hombres mirándonos con cara de póker, montados sobre un pick-up de la misma marca y modelo que el que había pasado hacia un rato, pero éste de color blanco adornado con algunas salpicaduras de sangre reseca granate.
-¡Si son supervivientes! –Exclamó uno de ellos.
-Sí, ¿y vosotros quienes sois? –Preguntó Albert intentando mediar en el conflicto.
-¿Es que acaso no lo veis? –Dijo el que iba como copiloto golpeando con la mano un símbolo dibujado en la puerta.
-Pues lo cierto es que no. –Dije yo cada vez más cabreado y asustado.
-Chicos, no sé donde habéis estado estos últimos meses, pero desde luego no por aquí. Somos parte de la milicia.
Albert y yo nos miramos extrañados sin bajar las armas.
-¿Quién creéis que ha retirado todos los coches del carril principal?
-Bajad las armas y acercaros, parece que necesitáis que os lo expliquemos desde el principio. –Dijo de nuevo el que parecía estar al mando.
-¿Por qué queríais matarnos? –Pregunté yo aún escéptico.
-Pensábamos que erais zombis, no podíamos imaginar a dos supervivientes paseando tranquilamente por aquí, vaya par de chalados estáis hechos.
-¡Anda, montad! –Dijo otro.
Bajamos las armas reticentes y nos acercamos al vehículo con precaución. Cuando llegamos, un par de hombres nos ayudaron a subir a la parte trasera y proseguimos la marcha junto a ellos. Parecían gente amigable aunque la experiencia jugaba en nuestra contra. Después del suceso del cura y los feligreses no podíamos permitirnos meter la pata de nuevo.
-¿Y qué narices estáis haciendo por aquí? –Preguntó uno de ellos impaciente.
-Hemos… hemos escapado de nuestro refugio. –Respondí yo midiendo las palabras.
-No nos quedaba comida y estábamos sitiados dentro. –Prosiguió Albert más confiado.
-¿Dónde os dirigíais? –Preguntó el copiloto con un grito.
-A la base civil de Barcelona, si es que aún está en pie. –Respondí yo con otro grito para que me oyera.
Durante unos segundos, todo el mundo permaneció callado.
-Lo siento chico, esa base hace semanas que cayó. Nosotros nos dirigimos a la base militar de la B.H.S.U.
-¿Que la base a caído? –Preguntó Albert consternado. – ¿Cómo ha podido ser?
-Como pasa siempre, un infectado se coló y el caos se apoderó de la base en pocas horas. Los pocos supervivientes que quedaron, y con pocos quiero decir menos de los que se pueden contar con los dedos de una mano, se escondieron en la base de la B.H.S.U.
-Eso es terrible, ¿cuántos sois en la base? –Pregunté.
-Entre quinientos y seiscientos. –Respondió uno de ellos. –Pero cada día ese número decrece.
-¿Por qué?- Preguntó Albert.
-¿Por qué? Pues porque cada misión es una ruleta, estas misiones suicidas casi siempre terminan con varias bajas. Pero no hay más remedio. Hay que conseguir comida, hay que facilitar las cosas a los posibles supervivientes como vosotros para que lleguen, hay que luchar. –Voceó el tipo sentado en el asiento del copiloto.
-No lo tengáis en cuenta, está cabreado, como todos nosotros, hoy hemos perdido a un par de compañeros. Aunque al final lo superas, nunca te acabas de acostumbrar. Cuando lleguemos a la base os responderán a todas las preguntas, no os preocupéis. –Dijo uno de los chicos sentados detrás con nosotros.

lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo undécimo: Adiós hogar, ¡Adiós!



Un fuerte crujido de madera me despertó de la siesta pasado el medio día. Eran ellos, habían llegado. Me levanté de la cama de un salto y avisé a Albert, que ya se estaba vistiendo.
-Es hora de irnos, ¿no? –Me dijo él.
Volví a mi habitación y me enfundé el traje que tenía preparado de la otra vez; la chaqueta de moto, los tejanos, las botas y el casco. Bajé las escaleras detrás de Albert, cogimos las mochilas y las armas que teníamos preparadas y las cargamos en el coche. Era hora de abandonar el que había sido mi hogar durante toda la vida de forma prácticamente definitiva. Encendí el motor y Albert abrió la puerta de acceso al parking con cuidado. Atravesé el gran portón y Albert lo cerró de nuevo. Varios zombis expectantes nos esperaban detrás de las pequeñas puertas secundarias de entrada, eran las únicas que nos separaban de una muerte segura. Antes de que más de esos seres se congregaran fuera, aceleré al máximo y las arranqué de la pared llevándome al par de zombis detrás de ellas. Esquivamos el pequeño utilitario azul que bloqueaba parte del camino y continuamos nuestra acalorada huida. Llevábamos apenas un par de minutos cuando Albert me hizo parar.
-¡Frena!
Mi pie reaccionó y presionó el pedal izquierdo.
-¿Qué coño pasa ahora?
-Creo que he visto a alguien.
-Sí, creo que yo también, ¡estamos rodeados de ellos, se llaman zombis!
-No, quiero decir que me ha parecido ver a alguien vivo, da marcha atrás.
Retrocedí un par de metros con el coche y echamos un vistazo a una de las ventanas. Había una niña mirando impasible desde ella y no parecía estar infectada. Enseguida apareció detrás de ella una sombra y cerró las cortinas.
-Parece que no quieren venir.
-Deben estar asustados, no podemos dejarles aquí.
-¿Bromeas? Ojalá yo pudiera quedarme con ellos, si están aquí deben tener alimento. Los que estamos jodidos somos nosotros, ¡y ahora larguémonos antes de atraer a más zombis a la zona y ponerlos en peligro!
Aceleré nuevamente y proseguimos nuestro camino. Esa familia estaba más segura sin nosotros que con nosotros. De todas formas, me alivió pensar que no éramos los dos únicos supervivientes de la zona.
-¿Está bien, y ahora para donde narices vamos? –Pregunté sin saber muy bien cuál era el plan.
-No tenemos muchas opciones, yo intentaría llegar a la base civil de Barcelona.
-Es muy arriesgado, podía estar arrasada, ¡seguramente lleve semanas arrasada!
- ¿Y si no, se te ocurre algún otro sitio seguro? Habia pensado en perdernos por la montaña, pero un solo zombi podria acabar con nosotros si nos descuidaramos un instante.
-La verdad es que no creo que haya demasiados ya. Está bien, probaremos suerte, pero tendremos que ir por rutas secundarias y caminos de tierra, la autopista estará intransitable.
Nos pusimos en marcha y dejamos atrás la desolada urbanización y la entrada del peaje que daba acceso a la autopista. Los coches abandonados bloqueaban las vías de salida y unos cuantos zombis deambulaban o reptaban entre éstos de forma parsimoniosa. Llegamos al centro del pueblo y subimos por una pequeña callejuela que conducía a un descuidado camino de tierra. El espectáculo por aquella zona no era mucho mejor; un edificio de pocas plantas había ardido hasta los cimientos y se había colapsado semanas atrás, coches desvalijados y siniestrados ocupaban los arcenes de las calles y más de medio bosque cercano al pueblo había ardido dejando tan solo los esqueletos oscurecidos de los arboles.
Por suerte conocíamos bien esos caminos porque cuando éramos más jóvenes casi todos los domingos solíamos salir a pasear con nuestras motos de montaña. Después de poco más de diez minutos conseguimos bordear el pueblo de al lado paralelos a la autopista, parecía ser bastante seguro pese a tener a cientos de zombis a menos de cincuenta metros. Un pequeño montículo separaba nuestro camino de la autopista, y aunque un humano no hubiera tenido problemas en subirlo escalando, los zombis no parecían tener una psicomotricidad tan avanzada.
-¿Y donde dices que está esa base? –Le pregunté aún escéptico.
-Cerca de la base militar de la B.H.S.U.
-¿Y donde narices está la base de la B.H.S.U.?
-En el antiguo centro comercial Gran vía 2 de Hospitalet por lo que tengo entendido. ¿Sabrás llegar?
-Ana y yo solíamos ir al cine casi todos los viernes allí, descuida, sabré llegar.
Después de tres agotadoras horas de polvorientos caminos estrechos dimos con una carretera de dos direcciones perfectamente asfaltada aunque abandonada a su suerte como el resto. Calculábamos que nos encontrábamos en la zona alta de Barcelona, por lo que bajar al centro de la ciudad no iba a ser una buena idea. Continuamos carretera arriba hasta dar con un reflectante cartel blanco. Si las indicaciones eran correctas, nos encontrábamos a menos de dos kilómetros del antiguo parque de atracciones del Tibidabo.
-Tal vez podríamos pasar allí la noche, empieza a atardecer.- Le dije a Albert.
-¿Crees que es una buena idea entrar en un parque de atracciones lúgubre y abandonado?
-Hombre, visto así pues no apetece, pero si está cerrado como supongo desde los primeros días de la infección debería ser un sitio seguro. Desde luego quedarse en este camino al aire libre no es una opción. Vamos, si lo vemos seguro entramos y si no nos largamos, así de simple.
-Está bien, probemos. –Dijo Albert a regañadientes.
Subimos la escarpada carretera hasta llegar a la cima. Además del parque de atracciones, la cima estaba culminada por una espectacular iglesia de piedra blanca adornada con la estatua de un Cristo abierto de manos en el tejado de ésta.
-Dónde estás ahora ¿eh? –Le pregunté con retórica desde el coche a la enorme estatua.
El parque estaba cerrado a cal y canto, una verja de sólidos barrotes se levantaba delante de nosotros. Bajé del coche y me acerqué con cuidado. Di un par de golpes con la empuñadura del rifle a los barrotes para comprobar que no quedaba nadie dentro y volví al coche. Esperamos más de veinte minutos, para entonces casi había anochecido por completo. Acercamos el coche a los barrotes y subimos encima de éste para poder atravesarlos con facilidad. Antes de que Albert pudiera cruzar al otro lado, un fuerte crujido metálico sonó a nuestras espaldas. De repente, un par de robustos hombres armados con escopetas de caza bajaron las escaleras de piedra que conducían al templo.
-¡Por aquí! –Susurró uno de ellos.
Todavía atónitos y sin pensarlo, bajamos del coche, cogimos nuestras escasas pertenencias y les seguimos. Subimos la escalinata y llegamos a una majestuosa cripta que precedía a la iglesia. Un hombre vestido con sotana nos esperaba al otro lado de la puerta junto a los dos individuos.
-¡Hijos míos, venid a refugiaros a la casa del señor! –Dijo el cura, con un susurro un tanto fantasmagórico dado la situación.
-¡Bueno, parece que te ha escuchado! –Dijo Albert sonriente refiriéndose a mi anterior comentario dirigido a la estatua de piedra.
Atravesamos las gruesas puertas de acero y entramos a la cripta. Era una sala repleta de columnas de áspera piedra con capiteles decorados y varias pinturas y relieves que adornaban las paredes con motivos religiosos. También había varios bancos de madera ahora vacíos.
-¿Sólo están ustedes aquí?- Preguntó Albert cortésmente.
-Antes de responder a vuestras preguntas debemos haceros nosotros algunas. –Respondió tajantemente uno de los corpulentos individuos.
-Me parece bien. –Dije yo intentándoles seguir el juego.
-¿Qué hacéis aquí? –Preguntó el otro tipo.
-Salimos de nuestro refugio esta mañana y dimos con la carretera del parque, pensamos que sería de los sitios más seguros para pasar la noche.-Dije yo.
-Pues os hubierais equivocado, hay varios impíos dentro. –Dijo el cura.
-¿impíos? –Preguntó Albert asombrado.
-Infectados.- Matizó uno de los escoltas.
-Debéis ser buenas personas si Dios no os ha castigado aún, está bien, podéis acceder a la iglesia. –Señaló el cura.
-Por cierto, antes de proseguir deberéis deponer las armas. –Dijo el escolta de su derecha.
-Claro, no hay ningún problema. –Expresé yo agradecido por vivir un día más.
Después de cederles nuestras armas, seguimos por un pasillo que accedía directamente a la iglesia. Los techos de ésta eran mucho más altos y la decoración mucho más sobria. La piedra era diferente también, más blanca y trabajada. El púlpito de oscuro mármol cubierto por una sábana blanca se situaba en el centro de la estancia y delante de éste había varios bancos de madera, éstos, con varias personas sentadas en ellos.
-Parecéis sorprendidos hijos míos. –Dijo el cura.
-No había visto a tanta gente junta desde antes de que todo se torciera. –Dije asombrado.
-Éste es mi rebaño, nos refugiamos aquí cuando el infierno invadió la Tierra. –Prosiguió el párroco.
-¿Y cómo pueden sobrevivir? –Preguntó Albert extrañado.
-El templo dispone de un pozo de agua que nos proporciona un suministro independiente, y gracias a las donaciones de nuestros feligreses hemos podido almacenar comida para por lo menos un año.  “Dios proveerá a los nobles de espíritu y puros de corazón”.
-En realidad padre, no somos muy devotos. –Respondí yo.
-Los caminos del señor son inescrutables. Él tiene un plan para cada uno, si os ha enviado a nosotros debe haber un motivo.
-¿Somos los únicos que hemos llegado hasta aquí?
-Hay respuestas que aún no estáis preparados para conocer, cuando estéis listos os lo haré saber. Permitidme que me presente, yo soy el padre Isaac y mis dos protectores son Carlos y Alfredo. Ahora vayamos  a conocer a los demás miembros del rebaño.
Caminamos hasta los bancos más cercanos al púlpito y allí conocimos al resto de los supervivientes. Todos sin excepción llevaban una cruz colgada del cuello. Uno de los dos robustos hombres que habían acompañado al párroco durante toda la visita nos ofreció un par de ellas para que nos las pusiéramos al cuello. Nos las colocamos sin hacer preguntas, después de todo, cualquier cosa era mejor que estar rodeados de zombis  –o eso pensábamos entonces-. Nuestras cruces estaban talladas en madera y la mía llevaba una pequeña y sospechosa mancha granate oscuro en la parte trasera. Después de eso, el cura y los dos hombres nos hicieron una pequeña ruta guiada por el interior de la iglesia. Al llegar a la cocina, decidimos hacer un alto.
-¿Disculpe, pero no hemos comido nada en todo el día, sería tan amable de darnos algo? –preguntó Albert.
-Tranquilo muchacho, pronto cenaremos. Sigamos la visita… –Respondió el párroco, concluyente.
Después de la cocina nos dirigimos a los dormitorios. Al parecer cada familia tenía una estancia para ella sola. A nosotros nos cedieron una habitación con dos camas muy cercana al del resto pero sin estar pegada a ellas. Dejamos las mochilas y seguimos hasta los baños. Una ducha no nos iba a venir nada mal. Desde que se fuera el suministro de agua en mi casa había tenido que apañarme con toallitas húmedas para mi higiene personal y a juzgar por mí olor corporal dejaban mucho que desear. Después de toda la visita turística nos dejaron a nuestras anchas. Volvimos al baño, nos dimos una ducha y nos cambiamos de ropa. Era un alivio no tener que llevar los guantes y la chaqueta de moto todo el rato. Una de las feligresas se acercó a nuestra habitación y nos informó de que la cena estaba servida. Había una gran mesa de madera que presidía el párroco, como de costumbre se sentaban al lado de éste sus dos guardaespaldas, Carlos y Alfredo y después el resto de la gente. Saludamos a todos los allí presentes y tomamos asiento. Antes de que Albert pudiera alcanzar un poco de ensalada, el párroco nos invitó a bendecir la mesa.
-Albert, adelante, bendice la mesa. –Le dije yo intentando escurrir el bulto.
-Estás seguro que no quieres hacerlo tú. –Respondió él nervioso.
-Sí, seguro, adelante bendice, bendice…
-Está bien. Gracias señor por los alimentos que vamos a tomar, bendice a esta gente para que no le ocurra nada y líbranos del mal que nos acecha en estos días extraños, amén.
-Amén. –Repitió el resto de la gente al unísono.
Por fin podíamos probar bocado. La mesa estaba formada sobre todo por comida precocinada, aunque también había algún guiso hecho sin duda de diversas latas de conservas combinadas. La cena terminó entre preguntas indiscretas y silencios incómodos y todos nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones.
-¿Qué opinas de este sitio? –Preguntó Albert pensativo mientras se metía en su cama.
-La verdad es que me dan escalofríos. Esto parece un maldito pueblo Amish. No sabía que por esta zona hubiera gente tan devota. –Respondí fríamente.
-Creo que el apocalipsis nos ha cambiado un poco a todos. Tal vez Dios sea el último refugio de la raza humana.
-Pues si eso es lo mejor que le queda al mundo, será mejor que nos den por el culo a todos.
-¡Amén hermano! – Exclamó Albert en tono de burla.
-Por cierto me ha sorprendido gratamente tu bendición en la mesa.
-He improvisado, como en las películas.
- ¿Y lo del parque de atracciones? ¿Crees que debe haber zombis dentro?
-La verdad es que yo por si acaso no pienso entr… (Pasos y ruidos detrás de la puerta) ¿Has oído eso?
-Sí, voy a mirar.
Me levanté de la cama y me dirigí a la puerta con decisión, abrí súbitamente para sorprender a quien estuviera detrás, pero allí ya no había nadie.
-¿Y bien? –Preguntó Albert acobardado.
-Aquí no hay nadie, tal vez haya sido alguno de esos críos. Será mejor que intentemos dormir.

Capítulo décimo: Nada dura para siempre


Dos semanas, eso es todo lo que duraron las lamentosas provisiones que había encontrado en casa de los japoneses; y por si fuera poco no había podido contactar con Albert en los últimos dos días. Estaba harto de la espera, empezaba a sufrir de claustrofobia crónica pero aún así no me planteaba salir fuera. Había visto de lo que esas criaturas eran capaces, parecían lentas pero cuando tenían una presa a su alcance no dudaban en lanzarse al vacío para atraparla. Me tumbé en el sofá y miré al techo; eso es todo lo que podía hacer, esperar. Después de veinte minutos de pasmosa apatía el walkie sonó al fin.
-¿Me recibes? ¡Necesito tu ayuda, por el amor de Dios que lo tenga encendido!
Era Albert y su voz parecía extrañamente clara.
-Sí, aquí estoy, dime. –Le dije yo nervioso.
-¡Vas a tener que abrirme!
-¿Abrirte el qué? –Le pregunté yo sin saber a qué narices se refería.
-¡¿A ti que te parece?! ¡Pues las puertas de tu casa, estoy corriendo hacia aquí! –Dijo él con una mezcla de suspiros, ironía y rabia.
-¡Joder, espero que no sea una puta broma!
-No lo es, estoy como mucho a dos minutos de allí.
La tensión volvió a surgir después de dos semanas de completa desidia y mi cuerpo comenzó a liberar adrenalina de nuevo. Respiré hondo como solía hacer y traté de urdir un plan improvisado para salvar a mi amigo de una muerte segura.
-Vale está bien, necesito que saltes la puerta de acceso al jardín de mis vecinos y subas las escaleras exteriores que van al primer piso, yo te estaré esperando allí. –Le dije mientras empezaba a bajar las escaleras.
-¿Estás seguro de eso? –Preguntó él, no muy convencido de mi plan.
-No, pero es lo mejor que se me ocurre, tú hazlo.
Después de coger el puente provisional de asedio del garaje subí hasta mi habitación golpeando todas las paredes de la casa, lo coloqué entre la barandilla y la cornisa, y crucé al otro lado. Para entonces Albert ya saltaba por encima de la pequeña puerta de acceso alertando a todos los zombis de la zona y comenzaba a subir las escaleras que separaban la primera planta de la altura de la calle. Cuando por fin llegué a las escaleras que daban acceso a la primera planta, unos golpes comenzaron a sonar en el otro lado.
-¡Ábreme de una puta vez! – Gritaba mi acojonado amigo.
-Voy, pero cállate o de poco servirá que te abra – Le susurraba yo desde el otro lado al tiempo que giraba la maneta.
-¡Ya, es fácil decirlo, como tú no estás en este lado! –Me recriminó él.
-¡Ups!- Exclamé yo en voz baja.
-¿Ups qué? –Preguntó él, que había conseguido oírme.
Al parecer la puerta estaba cerrada con llave y la llave probablemente estuviera en el bolsillo de mi vecino zombi vete tú a saber dónde. Rápidamente, levanté una de las persianas cercanas y abrí la ventana para que Albert pudiera saltar. Sin pensarlo dos veces se coló dentro topándose de bruces contra una enorme alfombra que allí había. Le ayudé a levantarse, cerré de nuevo la ventana y bajé la persiana al tiempo que los primeros zombis se deslizaban por la puerta de entrada al jardín subiendose unos encima de otros como si fueran un maldito grupo de fans en un concierto de Justin Beaber. Subimos al cuarto de baño y cruzamos el puente que daba acceso a mi refugio mientras decenas de blanquecinos ojos nos miraban deseosos de jugosa carne fresca. Saqué la pesada escalera de la repisa y la apoyé sobre el tejado. Lo aseguré todo y Albert se lanzó exhausto sobre mi cama.
-Vale, ahora cuéntame que cojones ha pasado.
-He tenido que salir de mi casa corriendo.- Me explicaba él entre bocanada y bocanada.
-¿Y tu madre, y tu hermano?
-¡Muertos, los dos están muertos! –Dijo él esta vez arrancando a llorar.
La tensión del momento había hecho que sustituyera las lágrimas por adrenalina, pero ahora que estaba a salvo podía permitirse llorar al fin.
-Tranquilo, tómate tu tiempo, cuando estés listo estaré abajo.
Después de casi una hora bajó, esta vez visiblemente más tranquilo.
-¿Que tal estás? –Le pregunté.
-Bien, dentro de lo que cabe, claro está. –Dijo él esbozando una leve sonrisa.
-¿Quieres contármelo?
-No lo sé, sí, tal vez hablar de ello me ayude. Verás, todo se torció con la segunda incursión de Lucas. En la primera casa en la que entramos no había nadie, todo fue muy fácil, cogimos bastante comida y nos volvimos a colar de un salto de nuevo en casa. Había comida de sobra para dos meses si la administrábamos bien, pero a las dos semanas mi hermano insistió en ir a buscar comida de nuevo. Yo me negué, alegando que tal vez en dos semanas la cosa cambiaria y no tendríamos que correr el riesgo, así que una noche decidió ir sin mi ayuda a la casa de otro vecino. Maldito niñato. Volvió de madrugada con una herida muy fea en el brazo. Yo ya sabía lo que pasaba pero mi madre no se quería hacer a la idea. En realidad ninguno de los tres tenía huevos a hacer lo que se debía. Esta mañana me he levantado entre los gritos de mi madre y los berridos de mi hermano. He bajado a su cuarto a ver qué pasaba, y he visto a mi hermano devorando a mi madre, ¡DEVORANDOLA JODER!
Sin pensarlo me he puesto a correr despavorido, he salido de casa con una mochila que tenía preparada en la puerta, y aquí estoy. Sé que ha sido una tontería, debería haberme quedado y haber matado a mi hermano, pero sabía que no iba a poder.
-Siempre has sido un blando –Le dije intentando animarle con un poco de humor negro.
-Cambiando de tema, ¿y ahora qué? –Me dijo él suspirante y aún con la cara enrojecida.
-Dímelo tú, eres el que ha corrido kilómetro y medio esquivando a esos bichos, por cierto, ¿dónde está tu arco?
-Entiende que no tuve tiempo de cogerlo… ni eso ni provisiones ni nada, solo tengo una mochila con algo de ropa y un par de linternas.
-Bueno, por armas no va a ser. He conseguido unas cuantas en mis incursiones.
-De ésta no me habías dicho nada. –Se acercó a la mesita de cristal donde estaban todas las armas expuestas y cogió la katana.
-¿Mola eh? Pues te jodes porque es para mí. Tú puedes quedarte con el pacificador, este cuchillo ensangrentado que ya se ha cobrado su primera víctima, y esta escopeta.
-Bueno gracias, supongo.
-Espero que sepas que tenemos un gran problema ahí fuera, esos cabrones nos han localizado y no tardarán en darse cuenta de que hay mejores formas de entrar en mi jardín que golpear un muro de robusta piedra. Bueno, de todas formas ya no me quedaba comida así que llevaba un par de días urdiendo un plan de fuga.
-¿Y cuál es? –Preguntó él aliviado.
-Pues aún no lo sé. Lo cierto es que las cosas están tan mal que no sé si hay alguna forma viable de salir de aquí sin que nos acaben devorando vivos.
-Debemos intentarlo, si no moriremos de hambre.
-Lo sé.

jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo octavo: Una nueva distracción



Me levanté y encendí el interruptor de la luz pero no funcionó, así que me decidí por levantar la persiana y dejar que los primeros rayos de sol entraran por la ventana. Bajé al salón y probé suerte pero ninguna de las luces funcionó, intente encender la tele pero nada. Bueno de todas formas el último canal había dejado de retransmitir semanas atrás con un desaliñado Matías Prats despidiéndose entre lágrimas de la audiencia tras varios días de noticias ininterrumpidas. Miré los contadores y todos estaban conectados. Como temía la luz se había ido y muy difícilmente iba a volver. Al menos habian aguantado hasta el último momento, ni de lejos pensaba que la energia duraria tanto.
Baje a la despensa, ya sólo quedaban un par de sobres de pasta precocinada y una lata de sopa. Según mis cálculos, la comida que había comprado en el supermercado dos meses atrás debería haberme durado por lo menos otros cuatro, pero iba a tener que racionar mucho los dos sobres y la lata si quería cumplir mis objetivos. Debía moverme, tenía que ir a buscar comida a algún sitio o moriría de hambre. La bebida también era un problema; aunque con los cubos en el tejado había conseguido algo de agua extra, hacia un par de semanas que no llovía y ya apenas me quedaban dos garrafas de las veinte que había comprado. La opción más sencilla era cruzar hasta alguna de las casas de los vecinos en busca de suministros. Iba a ser más fácil decirlo que hacerlo; desde que me había parapetado en mi casa no me había atrevido a salir ni al jardín por miedo a que esos engendros cruzaran el pequeño muro y los setos al oírme. La forma más sencilla era saltar alguno de los muros divisorios que separaban mi casa de las otras dos más cercanas, pero como he dicho, le tenía pavor al jardín y por si fuera poco, todo el primer piso estaba tapiado. Si hubiera sacado las maderas de alguna de las ventanas, no podría haberlas vuelto a colocar porque el ruido del martilleo hubiera alertado a todos los zombis de la zona. Debía ser precavido o lo arruinaría todo. Lo primero que hice fue bajar al garaje en busca de una escalera que sirviera como puente entre las dos casas. Encontré una escalera modular y la adapté hasta que quedó totalmente recta. Después subí hasta mi habitación y con algunas bridas até un par de los tablones que había utilizado para tapiar la planta inferior, a la escalera. Mi puente ya estaba listo. Cogí el arco y salí al balcón con cuidado. Disparé una flecha contra la pequeña ventana opaca de uno de los lavabos de la planta superior de la casa de al lado y volví a esconderme dentro de mi habitación. Esperé un par de horas mientras los zombis rastreaban el ruido y se percataban de que no había ninguna presa a la que poder hincarle el diente –tiempo era algo de lo que en esos momentos disponía en grandes cantidades- y saqué mi puente de asedio de fabricación casera. Lo tendí entre la barandilla de piedra de mi balcón y la cornisa del lavabo vecino y me cercioré de que no había zombis a la vista. Crucé con cuidado rogando por que la escalera no se partiese, si caía al primer piso, aunque no me hiciera daño, no iba a tener forma de volver a entrar en casa debido al tapiado de puertas y ventanas.
Después de unos tensos segundos, conseguí cruzar al otro lado. Entré con cuidado dentro del lavabo, y abrí la puerta que daba al pasillo. Un ligero pero claro olor a podredumbre me asaltó con la primera bocanada después de abrir la puerta. Antes de ir en busca de provisiones debía asegurarme de que allí no quedaba nadie. Registré las habitaciones de la planta superior con el pacificador en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra, por suerte todo estaba despejado. Opté por bajar a la primera planta y verifiqué que allí no había nadie tampoco. Abrí la puerta y bajé por unas extrañas escaleras de caracol metálicas hasta el garaje lo más en silencio que pude. La peste allí era casi insoportable, después de unos segundos entendí el porqué. En una de las esquinas del garaje yacían muertos un par de galgos que el padre de familia usaba cuando iba a cazar, rodeados por decenas de heces y orines resecos. Cerca de ellos había un par de enormes cuencos metálicos que posiblemente habían albergado comida y bebida tiempo atrás. Un gran saco de pienso rasgado a medio acabar en la otra punta de la estancia me hacía suponer que la causa de muerte había sido el agua y no la comida. Lo más probable era que hubieran dejado alimento y bebida sólo para los días que estuvieran fuera, después de todo, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana los hijos del mismisimo demonio se iban a poner a pasear por la tierra?
Hasta ese momento no me había percatado de que los ruidos de las mascotas habían desaparecido semanas atrás, y no pude dejar de preguntarme cuantos animales indefensos habrían perecido también encerrados en sus hogares a la espera de un amo que nunca regresó.
Tan solo quedaba una pequeña bodega separada del garaje por una puerta, saqué la linterna que llevaba en el bolsillo y entré poco decidido y muy asustado, las piernas parecian de gelatina y apenas podian sostenerme. Enfoqué en todas direcciones pero allí tampoco parecía haber ningún infectado, y mejor que eso, acababa de dar  con un pequeño botín de comida y bebida. Parecía que después de todo, la incursión iba a resultar una buena idea. Subí a las plantas superiores y rebusqué algo más que pudiera saquear, de todas formas dudaba mucho que sus anteriores inquilinos fueran a volver. Entré en la cocina y rebusqué en los armarios. Encontré bastante comida entre galletas, cereales y pasta aún sin empezar. Abrí la nevera pero no resultó tan fructífera como había supuesto, un hedor a carne podrida infestó aún más la habitación. Cerré de nuevo y continué con la búsqueda. De repente caí en la cuenta de que si el padre iba a cazar, seguramente tuviera alguna escopeta escondida por casa. Subí a la habitación suponiendo que era el lugar más probable y comencé a rebuscar en los armarios. Cuando estaba a punto de rendirme y probar suerte por otro lado, un sonido hueco me alerto de que detrás del armario empotrado había algo. Saqué las baldas de la ropa con cuidado y empujé suavemente el tope del armario hasta oír un ligero “click”. Al parecer el armario daba a una pequeña habitación de un par de metros cuadrados con una gran caja fuerte en su interior. Medía cerca de metro y medio  y estaba hecha de grueso acero. Una combinación numérica de cuatro dígitos y una llave me separaban de lo que fuese que hubiera dentro. En realidad lo que menos me importara ya era lo que se escondía en su interior, después de varios días sin nada que hacer este nuevo reto me suponía un alivio. Me olvidé de las provisiones y me puse a buscar la dichosa llave, los números ya los descifraría tarde o temprano –como he dicho antes, tenía tiempo de sobra-.
Busqué durante horas pero nada, se hacía de noche y era hora de volver a mi segura morada. Encontré un viejo monopatín y até un par de mochilas de deporte repletas de comida a él, crucé con todo por mi puente improvisado y almacené lo que pude antes de preparar la cena. Como suponía la electricidad no había vuelto, así que saqué el camping gas que había comprado y me preparé una  sopa bastante pésima.
Me levanté al día siguiente ansioso por continuar con la búsqueda de la llave que abriría la caja fuerte, de hecho apenas había podido pegar ojo en toda la noche imaginando que podría contener el preciado cajón blindado. Crucé por el puente y me puse manos a la obra. Registré en todos los armarios y cajones de la casa, en los jarrones decorativos e incluso en la cisterna del retrete pero nada de nada. Cuando llegó la hora encendí el walkie y me dispuse a hablar con Albert como todos los días para informarle de lo que había encontrado.
-Ojalá y pudiera estar allí, echo de menos cualquier tipo de diversión. Mi madre y mi hermano se están haciendo insoportables y cada dos por tres tengo que llamarles la atención a los dos para que discutan un poco más bajo.
-¿Como vais de comida? – Le pregunté preocupado.
-Mi hermano y mi madre trajeron comida de sus respectivas casas pero no voy a mentirte, empieza a escasear. Hemos decidido hacer una incursión como tú a la casa de al lado. Espero tener la misma suerte.

Hacía cinco días desde que comenzara la búsqueda de la llave y mis esfuerzos aun no habían obtenido resultados satisfactorios. Antes de volver a cruzar a la casa de los vecinos decidí prepararme un buen desayuno. Cogí el bote de Cola-Cao que había recuperado de la casa de al lado y me dispuse a hacerme un más que probable repugnante batido con agua. Abrí la tapa y descubrí una bolsita de plástico dentro. La saqué y la limpié con un poco de agua que había en el vaso. No me lo podía creer pero allí estaba, después de tanto buscar por toda la otra casa resultaba que la tenia conmigo desde el primer día. Me olvidé de la idea del batido y atravesé el puente que unía las dos casas a toda velocidad. Introduje la llave dentro de la caja fuerte y me aseguré de que era la correcta. Perfecto, ahora ya solo quedaba intentar descifrar el código. Había nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades, aunque lo más probable era que lo descifrara en menos intentos. Empecé con el 0001 y proseguí durante todo el día. Tan sólo me moví de allí para alimentarme e ir al baño. Cuando oscureció volví a casa con dolor de cabeza y me eché a dormir. La mañana siguiente decidí levantarme tarde. Sabía que en cuanto encontrara el maldito número el mundo se me volvería a echar encima.
A media tarde me colé de nuevo en la casa de los vecinos y continué probando combinaciones. Casi cuando el sol se ocultaba por completo, una breve melodía electrónica me indicó que había dado con el número correcto. Era el 9111, estaba claro que con mi suerte tenía que ser uno de los últimos. Quería esperar hasta el día siguiente para ver el contenido de la caja, pero mi impaciencia se apoderó de mí. Giré una pequeña palanca metálica y abrí con expectación la robusta puerta. Como suponía, allí había un par de armas largas y algunas cajas de munición. Además de eso, había también varias joyas y un montón de grandes fajos de billetes que ahora sólo me servirían para limpiarme el culo. Dejé las joyas y el dinero por el momento, saqué las armas y volví a dejarlo todo tal y como estaba antes de mí allanamiento. Escondí la llave en un lugar seguro y bajé al salón a inspeccionar los dos rifles. Una era una carabina de poco calibre seguramente usada para tiro deportivo. En una de las cajas ponía calibre .22, cargué el arma y la dejé a un lado. La otra era una escopeta de doble cañón que usaba cartuchos de calibre .12 seguramente muy similar a la que había usado Ana para defenderse de su familia infectada, sin éxito. Después de tanto tiempo, todos los recuerdos volvieron a mí llenándome los ojos de lágrimas.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo quinto: Escondido y asustado


Cuando volví a abrir los ojos ya eran más de las siete de la tarde. El alcohol y el estrés me habían jugado una mala pasada. Me incorporé, esta vez un poco más tranquilo y fui en busca del teléfono. Llamé y dio tono.
-Hola cariño…
-¿Aún no has salido? –Me preguntó ella sorprendida.
-Técnicamente sí. –Respondí sin saber muy bien por dónde empezar.
 -¿Quieres explicarte?
-Lo he intentado, pero todo está colapsado. No puedo llegar, salir fuera es un auténtico suicidio.
Le expliqué lo ocurrido durante las últimas horas. Cuando acabé ella se puso a llorar.
-No te preocupes estaré bien, tengo comida y bebida para varias semanas, no me pasará nada ya lo veras. –Dije intentando tranquilizarla.
-Más te vale.
-Te llamaré mañana, te lo prometo.
Nada más colgar el teléfono me senté en el sofá y encendí la televisión a la caza de novedades acerca de la infección. Lo primero que vi fueron videos de numerosos atascos en la mayoría de ciudades del país. Me felicité a mí mismo por no haber hecho eso antes de salir, y seguí haciendo zapping. Reportajes de cuarentena, debates de expertos acerca del virus, anuncios de una comparecencia del presidente de Estados Unidos… Uhm eso podría ser interesante, pensé. Sorprendentemente desde el comienzo del incidente aún no había comparecido en los medios. Esperé un buen rato y por fin apareció interrumpiendo la información que se estaba dando en ese momento. Lo cierto es que hubiera dado igual el canal que hubiera elegido, en todos aparecía la misma imagen del presidente Barack Obama acompañado del secretario general de la ONU Ban Ki-Moon. Primero habló el presidente.
-“Durante las últimas semanas, una plaga de caos y destrucción ha azotado nuestro mundo. A estas alturas, casi todos nosotros hemos tenido contacto con este azote y sabemos de lo que es capaz. Hoy me presento ante vosotros no como presidente de mi país, sino como representante de todos los líderes de los pueblos libres de la tierra para anunciarles la creación de un nuevo ejército global destinado a la lucha contra el virus. Desde hoy, la B.H.S.U. –siglas en inglés de Unidad Especial de Peligro Biológico- velará por la seguridad de todos nosotros gracias a una preparación más efectiva y unos mayores recursos. La B.H.S.U. ha sido creada con los mejores soldados de cada país para dar caza a todo rastro de infección. Me veo obligado a informarles dada la situación, que desde hoy se permite el uso de fuerza indiscriminada contra cualquier infectado tanto por parte del ejercito, como de cualquier civil.”
Justo cuando el presidente acabó de pronunciar la última palabra de su discurso, todos y cada uno de los periodistas de la sala se levantaron al unísono y entre flashes comenzaron a preguntar. Después de casi un minuto de berridos y chillidos confusos, no muy diferentes a los que profesaban esas criaturas que tanto temíamos, uno de los consejeros del presidente intervino poniendo algo de calma. Con el ambiente más relajado, una joven periodista hizo la primera pregunta.
-“¿Hay ya alguna vacuna del virus?”
-“Aunque el mundo entero está aunando esfuerzos por encontrarla, y se han destinado todos los recursos posibles a ello, no. Aún no tenemos la vacuna.”
La periodista se sentó y otra periodista más mayor ocupó su lugar en la ronda de preguntas.
-“¿Hay algún país que no se haya visto afectado por la plaga?” –Preguntó la periodista.
-“Desgraciadamente no. Según nuestros informes, todos los países en mayor o menor medida se han visto afectados por el virus.” –Respondió el presidente con una gota de sudor resbalando por su sien.
Ahora un reportero trajeado se puso en pie.
-“¿Qué recomendaciones darían a cualquiera que se encuentre parapetado en sus casas?”
-“Si no le importa, dejaré que esa pregunta la responda el señor Ban Ki-Moon” –Respondió Obama nervioso.
-“Se han creado bases civiles en casi todas las ciudades del mundo para acoger a cualquier superviviente que lo desee. En ellas encontraran alimentos, bebida y un refugio seguro para protegerse de esos seres. En caso de que no puedan llegar de forma segura a esas bases, se recomienda permanecer en sus casas intentando hacer el menor ruido posible, llenar cubos y  bañeras con agua por si hay esporádicos cortes de suministro –Con esporádicos quería decir permanentes- y administrar de forma eficaz los alimentos de que dispongan. En pocos días, unidades de soldados peinarán las ciudades para ayudar a la población a mudarse a esos centros.”
El trajeado reportero tomo asiento y cedió el turno a otra compañera.
- “¿De verdad no se procesará a nadie por acabar con uno de esos seres?”
-“Todos los estudios realizados demuestran que los individuos infectados por el virus están completa y definitivamente muertos. Aunque consiguiéramos dar con la vacuna, no serviría como cura una vez transformados. Esas personas ya no son padres, madres, abuelos ni hijos. Lo único que hace mover sus cuerpos es el virus. Por lo tanto, dado que están muertos, no puede ser considerado un asesinato y por lo tanto no habrá juicio ni investigación al respecto.” –Respondió el secretario de la ONU que había cogido el testigo de las preguntas de su acalorado compañero de comparecencia.
-“¿Hay alguna manera eficaz de acabar con esos seres?” –preguntó fríamente otro reportero.
-“Solo hay una forma eficaz de acabar con ellos. Dado que el virus opera desde el cerebro de su huésped, éste debe ser destruido por cualquier medio. Por muy escalofriante que suene, la mejor forma es alcanzar el bulbo raquídeo a través de cualquiera de las dos cuencas oculares. La decapitación no es un buen método, dado que aunque facilita que el cuerpo deje de ser un problema, la cabeza sigue operativa, cumpliendo la misión principal de infectar a su víctima.”
Antes de que el reportero pudiera tomar asiento y ceder el turno al siguiente compañero, la reportera que había hecho la pregunta anterior se puso en pie y volvió a preguntar saltándose el protocolo.
- “¿Realmente cree usted que un ama de casa será capaz de ensartarle el ojo a su marido con el que lleva treinta años casada con un cuchillo para trinchar el pavo?” -dijo la periodista, cínica y escéptica.
-“Nnnnno creo que…entiendo las dificultades que conllevaría… se acabo la rueda de prensa”. –Dijo el secretario general de la ONU ahora más nervioso incluso que el presidente.
De nuevo, una oleada de flashes y preguntas inundó la habitación mientras los dos miembros del pulpito abandonaban la sala seguidos de sus múltiples escoltas.
Bueno, si algo había sacado de todo aquello era que podía estar tranquilo, ningún policía iba a llamar a mi puerta para arrestarme por haber atropellado a la vieja zombi. Me levanté del sofá y fui a la cocina a por una cerveza, bastante relajado dada la situación. Caí en la cuenta, que con todo el alboroto no había hablado con Roger desde hacía varios días. Cogí el teléfono y llame a su móvil. Después de siete tonos desistí. Probé más suerte en su casa, nada…
-Posiblemente habrán ido al apartamento de la costa. –Me dije a mí mismo.
Quería hablar con alguien ahora que las líneas aún funcionaban. Lo intenté con Albert. Éste si descolgó el teléfono.
-Hey, ¿cómo va todo? –le pregunté
-¿Eric?
-Sí Albert, soy yo.
-¿No te ibas?- Me preguntó extrañado.
-Digamos que las cosas no salieron exactamente como las había planeado.
-Lo lamento.
-Y carlota ¿Ha llegado ya?
-Aún no. No sé nada de ella ni de ninguna de sus amigas.
-Seguro que han tenido que refugiarse en algún sitio y ya no tienen batería, igual han conseguido llegar a una de esas bases civiles. –Dije yo optimista.
-… Las malas noticias continúan. No iba a decírtelo hasta que llegaras a Galicia pero hablé ayer con la familia de Roger.
-¿Con la familia? –Pregunté extrañado y asustado.
-Sí, parece ser que se ha infectado.
-¿Qué, estás de coña?
-No, no lo estoy… por lo que pude entender de los sollozos de su hermana la ambulancia había volcado y la sangre de un infectado había entrado en contacto con sus ojos y su boca. Al parecer se encontraba en una sala de cuarentena esperando resultados.
-Esperemos que encuentren la vacuna pronto, sino… ¡Joder, que puta mierda! –Dije cabreado.
Mis peores sospechas se habían confirmado. Era lógico que los primeros en infectarse fueran los que tuvieran más contacto con los infectados como el personal médico y ATS. Ahora, y si nadie lo remediaba, Roger se iba a convertir en uno de ellos.
-¿Sigues ahí? –Preguntó Albert.
-Sí, sí… sigo aquí. ¿Y tu madre y tu hermano han llegado ya? –Le pregunté intentando buscar una buena noticia en toda aquella mierda que nos estaba rodeando.
-Sí, están aquí conmigo. ¿Crees que deberíamos trasladarnos a una de esas bases civiles?
-¿Sabes dónde está la base más cercana?
-Lo he mirado en Internet. Hay dos, han habilitado  una en el Hospital de Mataró y otra en la zona Franca.
-Olvídalo, están demasiado lejos. La autopista en dirección Barcelona está repleta de esos monstruos y la otra dirección de la autopista no puede estar mucho mejor. Nuestra única opción es quedarnos aquí y esperar a que esto pase, tenemos la ventaja de las provisiones. Además, desconfío de la seguridad de las bases. Es tan fácil que un infectado no tenga señales evidentes de mordedura que probablemente ya se les haya colado alguno. Seguro que no es tan bonito como lo pintan, con tanta gente allí en caso de querer escapar seria una ratonera.
-Tal vez tengas razón, quedémonos aquí y esperemos.
Después de acabar la conversación me preparé algo de cena y me fui directamente a la cama, después de todo, ese había sido el día más largo de toda mi vida.
Me levanté a media mañana. Bajé y como de costumbre puse la televisión. Ya tan solo las cadenas más grandes emitían. Sorprendentemente, muchos reporteros de éstas habían decidido atrincherarse en los canales de noticias para seguir dando información. Comencé el barrido de canales hasta encontrar novedades del virus, con esto como en todo, la información es poder. En Telecinco emitían un reportaje sobre la recién creada B.H.S.U. A juzgar por las instalaciones, el presidente de Estados Unidos tenía razón y se había destinado bastante presupuesto al asunto. Por lo que pude sacar en claro, esta nueva unidad disponía de varias divisiones, cada una especializada en una disciplina. Los soldados de campo se encargaban de la lucha directa contra los infectados. Los ingenieros y cientificos eran los encargados de estudiar tanto aspectos defensivos en la lucha contra el virus, como la vacuna, como ofensivos como bombas bacteriológicas para acabar con la infección o armas caseras para que la gente pudiera defenderse de los zombis. También estaban los agentes especiales, que se encargaban de tácticas y seguimientos de las masas de zombis que asolaban las ciudades para poder actuar en consonancia. De repente, el televisor se llenó con un fondo negro. Pasados unos segundos, una conexión de última hora apareció en la pantalla en sustitución del reportaje de la B.H.S.U.
-“Interrumpimos nuestro reportaje para ofrecerles una noticia de última hora. Al parecer, China habría lanzado una de sus bombas nucleares sobre Pekín para evitar el avance del virus. Conectamos con nuestra enviada especial en China para que nos dé más datos.” –Dijo Pedro Piqueras con visible asombro y preocupación.
Una chica joven, que nunca antes había visto haciendo una conexión, apareció en una pantalla paralela a la del plató del informativo.
-“Cuéntanos patricia, ¿qué es lo que ha pasado?” –Le preguntó Pedro piqueras.
-“Pues bien, al parecer una bomba nuclear de gran poder, desconocemos aún de que tipo, ha hecho explosión en el centro de Pekín arrasando la ciudad por completo. Varios medios del actual presidente de China, Hu Jintao habrían obligado en el día de ayer a desalojar por completo la ciudad, pero en ningún caso se tenía constancia de que sus intenciones eran detonar una bomba en medio de ésta. Se calcula que tan solo entre el veinte y el treinta por ciento de la población ha conseguido refugiarse y ponerse a salvo en pueblos cercanos como en el que nos encontramos. En números redondos habrían perdido la vida con la explosión más de quince millones de personas.” –Decía la chica con voz entrecortada y con los ojos a punto de llenarse de lágrimas.
Sentí un escalofrío como ninguno que hubiera tenido hasta la fecha que me puso los pelos de punta y la carne de gallina. No podía dar crédito a una barbaridad así hacia su propio pueblo. Pedro Piqueras se mantenía firme aunque visiblemente preocupado mientras continuaba hablando con la joven reportera.
-“Podemos ver a lo lejos lo que parece ser un gran columna de humo formada por varias más pequeñas”.
-“En efecto. Aunque nos encontramos a varios quilómetros de la explosión, los restos de la onda expansiva son claramente apreciables. Se prevé que nadie de los que…” –La chica no pudo aguantar más y comenzó a llorar.
Dejé la tele encendida, me levanté del sofá y me preparé un buen trago. Esta vez no tenía miedo, no me temblaban las manos ni tenía taquicardia. Lo único que notaba era un leve cosquilleo en la nariz y en los ojos. Cogí un buen pedo y me quede dormido en el sofá.
Me levanté por la mañana. Era el segundo día que pasaba encerrado en casa y ya empezaba a sentir claustrofobia. Cogí el teléfono y hable con Ana. Por suerte en su pueblo solo había habido un par de casos de infección y ya estaban erradicados. Hablamos largo y tendido del suceso de China y nos despedimos con la esperanza de volver a hablar al día siguiente. Llamé a Albert y comentamos el suceso. Intentaba no hacerle pensar mucho en Carlota, pero no siempre lo conseguía. Mientras hablaba con él por el inalámbrico –las líneas de telefonía móvil estaban prácticamente saturadas– encontré fuerzas y subí a la pequeña terraza del piso de arriba para echarle un ojo a la situación. No tuve que esperar demasiado para ver al primero de ellos deambulando por la zona. Me agazapé con la esperanza de que no lograra verme y lo observé mientras pasaba de largo.
-¿sigues ahí?
-¡Shhhhhh!… Vale ya se ha ido, estaba echando un ojo.
-¿Cuantos has visto? –Me preguntó Albert expectante ya que él aún no se había atrevido a asomarse por miedo a que lo detectaran.
-De momento sólo a uno pero acabo de sub… –Antes de que pudiera acabar la frase un par de zombis aparecieron en sentido contrario al otro.
-¿Hola? –Repitió de nuevo el impaciente Albert.
Dejé que pasaran de largo y continué hablando.
-¡Hola capullo, hola! –Le susurré molesto-. Sigo aquí cretino, solo que permanezco en silencio para que no me descubran.
-¡Ahh vale!
-Será mejor que vuelva dentro. – Le comenté a Albert bastante acojonado.
Antes de entrar vi a un último zombi. Este no caminaba, se arrastraba. No sabía si era paralítico antes de convertirse o simplemente algo le había pasado por encima después de su transformación. Fuera cual fuera su caso me importaba bien poco, lo único que quería era que no me viera y alertara al resto de sus pútridos camaradas. Volví de nuevo a mi acogedor refugio y cerré la gran ventana para evitar que los ruidos me delatasen.
-Joder, esos bichos me acojonan cada vez que los veo. –Proseguí agitado.
-Yo desde el día de la madre y la hija no me he atrevido a ver a ninguno más en directo.
-Pues ojalá y puedas continuar haciéndolo mucho más tiempo. Bueno, creo que voy a practicar un poco con el arco. Desde aquel campamento hace más de diez años no había cogido uno.
-Tienes razón, yo también debería practicar, hablaremos luego.
Después de despedirnos bajé al garaje. No me atrevía a salir al jardín por si aquellos monstruos me escuchaban. Por suerte por aquellas fechas las mascotas abandonadas no paraban de ladrar y maullar en busca de sus amos, ahora probablemente convertidos en zombis y no hacía falta guardar tanto silencio. Improvisé una diana con un cojín naranja al que le pinté varios círculos. Los primeros lanzamientos eran torpes y ni siquiera penetraban en el cojín, pero después de casi una hora de práctica mi puntería mejoró notablemente. De repente, y cuando ya iba a dar por finalizada la práctica del día, un derrape seguido de una colisión me hicieron despertar de mi apacible calma. Dejé el arco en el suelo y subí las escaleras a toda velocidad. Llegué hasta mi habitación y abrí la ventana que daba a la terraza. No imaginaba cómo pero los vecinos de enfrente habían conseguido regresar. Aunque por desgracia la cosa no había salido exactamente como ellos esperaban. El pequeño utilitario azul se había empotrado contra el muro de la casa, eliminando de la ecuación las dos únicas formas de salvarse que tenían. El padre intentaba abrir la puerta pero ésta se había dañado con el impacto y ahora su única opción era salir arrastras por la ventanilla. La mujer salía por su propio pie del vehículo por la puerta del copiloto, pero antes de que pudiera reaccionar, un par de zombis se la estaban rifando para ver quién era el primero en probar bocado. Los dos niños de apenas diez años, salían por las puertas traseras aterrorizados en dirección a la casa entre gimoteos y lamentos, y una anciana que nunca había visto antes y que supuse era la abuela, permanecía inconsciente y abandonada a su suerte todavía dentro del vehículo. Posiblemente a alguno de los dos adultos se le había ocurrido la genial idea de ir en buscar a su madre poniendo en peligro a todos los otros miembros de la familia. Lo irónico de la situación era que después de tanto trajín, hubieran abandonado a la anciana dentro del vehículo. Esos eran los pocos momentos en los que me alegraba por no tener a ningún familiar vivo.
Por azar o por fortuna, el propio impacto del vehículo había conseguido crear una barricada que impedía el paso de los zombis. Fue un golpe de suerte que no tardaría en esfumarse. El padre rebuscó en uno de los bolsillos en busca de las llaves de casa. Después de unos interminables segundos, cayó en la cuenta de que se habrían caído dentro del vehículo por culpa de la acrobacia que había realizado momentos antes. Volvió cojeando hasta el automóvil y metió medio cuerpo dentro para dar con ellas. Por desgracia los zombis ya se arrastraban hacia el interior del coche gracias a la puerta abierta del copiloto y conseguían probar un poco de la carne del cabeza de familia. El hombre salió escopeteado fuera del vehículo con el brazo chorreando sangre y un amasijo de llaves en la mano. Cuando llegó a la puerta de entrada, un par de zombis ya habían conseguido colarse en el jardín a través del coche. Miré a mi alrededor en busca del arco pero caí en la cuenta de que lo había dejado en el garaje con el susto. No sabía lo útil que podía resultar mi ayuda, pero valía la pena intentarlo. Bajé de nuevo con el corazón en un puño, recogí el arco, y volví a subir las tres plantas exhausto. Cuando me asome nuevamente por la ventana el hombre parecía no haber tenido demasiado éxito en su búsqueda, ya que ahora forcejeaba con las dos criaturas que se habían colado dentro del jardín, recibiendo pequeños mordiscos y arañazos de cada uno de ellos. Tensé el arco y disparé. La primera flecha por poco dio a uno de los niños agazapados en la puerta. Cargué el arco con otra flecha y disparé de nuevo. Esta vez la flecha se clavó en una de las pantorrillas de uno de los zombis, pero éste ni siquiera se inmutó. Cuando iba a disparar una tercera flecha me di cuenta de que el padre conseguía zafarse de sus dos putrefactos agresores y lograba introducir la llave dentro de la cerradura. La puerta se abrió y los dos muchachos entraron esperando que el padre les siguiera. Justo cuando este último iba a empujar a sus hijos dentro y a cerrar con llave, uno de los dos zombis consiguió echársele al cuello y morderle sin piedad. Ante tan amarga escena, los dos niños se quedaron estupefactos. Cuando al fin reaccionaron, otro de los zombis ya tenía la mano en el marco de la puerta. Aunque con el impacto seguro que consiguieron romperle varios dedos, el zombi consiguió entrar en la casa y devorar a uno de ellos antes siquiera de cruzar el recibidor. El aire me faltaba. Esas crudas imágenes me habían destrozado por dentro. Me metí en mi habitación de nuevo, cerré la ventana, y me eché sobre la cama.