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jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo noveno: Una sorpresa inesperada


Habían pasado tan solo tres semanas desde que me colara en casa de los vecinos, y ya apenas me quedaba comida de nuevo. Era hora de saquear otra casa, de todas formas estar siempre encerrado iba a acabar por consumirme, necesitaba un cambio de aires. No sabía cuánto tiempo iba a durar el dichoso apocalipsis, pero desde luego pensaba resistir hasta que las fuerzas me abandonasen. Lo quería hacer por Ana, por Roger y por todo el maldito mundo muerto o convertido en uno de aquellos seres. Cualquiera de ellos hubiera dado lo que fuera por encontrarse en mi situación y yo no iba a desperdiciarla. Recogí la escalerilla del balcón y la llevé hasta una de las ventanas traseras de la casa. Repetí el proceso y me colé en la nueva vivienda. Ésta pertenecía a una familia de japoneses bastante reservados, habia intentado comenzar un dialogo con ellos para conocernos mejor, pero no habia habido mucho feeling. Al parecer el progenitor trabajaba como representante de una conocida marca japonesa de coches y habían venido a vivir aquí hacia solamente un año, vivia con su mujer y su hijo adolescente. Como de costumbre revisé la casa, solo que esta vez, la suerte no me sonrió.
Entré directamente por la habitación de matrimonio, decorada sin duda para que recordara a su antiguo país. Continué por el pasillo y abrí otra puerta, ésta daba a una habitación bastante más moderna, con posters de grupos de música asiáticos que no conocía de nada y una guitarra eléctrica Fender Telecaster de color turquesa con algunos signos de desgaste en la pintura colgada de la pared. Caminé hacia dentro de la sala y la puerta se cerró lentamente tras de mí. Me giré alarmado aunque suponiendo que sólo habría sido un golpe de viento, pero me equivoqué. Un chico joven que reconocí como el hijo de la pareja se interponía ahora entre la puerta y yo. No tendría más de quince años, iba vestido con unos pantalones tejanos anchos y una camiseta negra con la imagen de otro de esos grupos de música. Antes de que pudiera reaccionar, el muchacho comenzó a caminar hacia mí. Retrocedí un par de pasos y tropecé con la cama rodando por encima de ésta. El muchacho continuó caminando hacia mí a mayor velocidad y cayó sobre el colchón torpemente al intentar alcanzarme. Lo tenía claro era él o yo, y después de que la infección me hubiera arrebatado al gran amor de mi vida, estaba más motivado que nunca. No llevaba conmigo ninguna de las dos armas de fuego porque sabía que si las disparaba, esa zona se llenaría de miles zombis en pocos minutos, una cosa era un sonido de cristales rotos y otra muy distinta el estruendo de una escopeta en el interior de una habitación. Agarré el pacificador con fuerza e intenté golpear al muchacho, que con una asombrosa agilidad probablemente fruto del azar, esquivó el golpe haciendo que el bate se clavara en el cabecero de la cama. Antes de poder sacarlo haciendo palanca, el chico intentó morderme, así que lo dejé donde estaba y retrocedí un par de pasos más. El muchacho consiguió atravesar el colchón y cayó al suelo. Antes de que se pusiera en pie lancé el cuchillo de carnicero contra su cuello varias veces y logré partirle la espina dorsal consiguiendo que se desplomara sobre el suelo nuevamente. Aunque el cuerpo ya no se movía, su mandíbula dibujaba espasmosos y silenciosos bocados al aire. Cogí la guitarra que colgaba de la pared, y destrocé su cráneo consiguiendo por fin matar a la criatura definitivamente. En el brazo ahora inmóvil, tenía un vendaje provisional hecho probablemente por él mismo. Seguramente había logrado el voto de confianza de sus padres para quedarse solo en casa y por desgracia alguien le había mordido. De todas formas seguramente sus padres permanecerían en el mismo estado allá donde estuvieran. Me senté en la cama y vomité el desayuno. Ya era repugnante verlos o matarlos desde la distancia, pero mutilar a un chico con un cuchillo de carnicero sin duda era muchísimo peor. Después de casi veinte minutos de malestar incontrolable arranqué el bate de la cama y continué escaleras abajo con un inusual temblor de piernas.
No había duda, los miembros más adultos de la familia habían decorado la casa con un carácter puramente tradicional. Parte del suelo estaba cubierto por tatami, había una mesita del té en una de las esquinas, muebles coloniales, un pequeño bonsái en flor marchito expuesto en un cubículo adyacente a la habitación e incluso una katana colgada de una de las paredes. Descolgué la katana suponiendo que sería una de esas vulgares imitaciones baratas que vendían en los bazares, pero el sonido al desenvainarla me sacó de mi error. El filo de la espada era de acero completamente negro con ondulaciones provocadas por el proceso de forja, la empuñadura era negra con una diminuta pieza de lo que parecía ser un dragón representado en oro y un característico cordaje morado en zigzag que rodeaba la empuñadura y sujetaba la pieza a ésta. Lancé un par de cortes al aire y la volví a envainar, definitivamente este instrumento tenía más glamour que mi pacificador casero. La até a mi cinturón y contento hice una pequeña reverencia en señal de agradecimiento a quien fuera que la hubiera puesto en ese lugar y continué mi búsqueda. El resultado de alimento no fue todo lo satisfactorio que hubiera querido pero podría sacarme del apuro. Conseguí varias chocolatinas, algunas salsas, fideos de sobre, algunas algas para hacer sushi y unos cuantos paquetes de arroz. Volví de nuevo a mi casa con el saqueo del día y continué mi amarga existencia.

Capítulo octavo: Una nueva distracción



Me levanté y encendí el interruptor de la luz pero no funcionó, así que me decidí por levantar la persiana y dejar que los primeros rayos de sol entraran por la ventana. Bajé al salón y probé suerte pero ninguna de las luces funcionó, intente encender la tele pero nada. Bueno de todas formas el último canal había dejado de retransmitir semanas atrás con un desaliñado Matías Prats despidiéndose entre lágrimas de la audiencia tras varios días de noticias ininterrumpidas. Miré los contadores y todos estaban conectados. Como temía la luz se había ido y muy difícilmente iba a volver. Al menos habian aguantado hasta el último momento, ni de lejos pensaba que la energia duraria tanto.
Baje a la despensa, ya sólo quedaban un par de sobres de pasta precocinada y una lata de sopa. Según mis cálculos, la comida que había comprado en el supermercado dos meses atrás debería haberme durado por lo menos otros cuatro, pero iba a tener que racionar mucho los dos sobres y la lata si quería cumplir mis objetivos. Debía moverme, tenía que ir a buscar comida a algún sitio o moriría de hambre. La bebida también era un problema; aunque con los cubos en el tejado había conseguido algo de agua extra, hacia un par de semanas que no llovía y ya apenas me quedaban dos garrafas de las veinte que había comprado. La opción más sencilla era cruzar hasta alguna de las casas de los vecinos en busca de suministros. Iba a ser más fácil decirlo que hacerlo; desde que me había parapetado en mi casa no me había atrevido a salir ni al jardín por miedo a que esos engendros cruzaran el pequeño muro y los setos al oírme. La forma más sencilla era saltar alguno de los muros divisorios que separaban mi casa de las otras dos más cercanas, pero como he dicho, le tenía pavor al jardín y por si fuera poco, todo el primer piso estaba tapiado. Si hubiera sacado las maderas de alguna de las ventanas, no podría haberlas vuelto a colocar porque el ruido del martilleo hubiera alertado a todos los zombis de la zona. Debía ser precavido o lo arruinaría todo. Lo primero que hice fue bajar al garaje en busca de una escalera que sirviera como puente entre las dos casas. Encontré una escalera modular y la adapté hasta que quedó totalmente recta. Después subí hasta mi habitación y con algunas bridas até un par de los tablones que había utilizado para tapiar la planta inferior, a la escalera. Mi puente ya estaba listo. Cogí el arco y salí al balcón con cuidado. Disparé una flecha contra la pequeña ventana opaca de uno de los lavabos de la planta superior de la casa de al lado y volví a esconderme dentro de mi habitación. Esperé un par de horas mientras los zombis rastreaban el ruido y se percataban de que no había ninguna presa a la que poder hincarle el diente –tiempo era algo de lo que en esos momentos disponía en grandes cantidades- y saqué mi puente de asedio de fabricación casera. Lo tendí entre la barandilla de piedra de mi balcón y la cornisa del lavabo vecino y me cercioré de que no había zombis a la vista. Crucé con cuidado rogando por que la escalera no se partiese, si caía al primer piso, aunque no me hiciera daño, no iba a tener forma de volver a entrar en casa debido al tapiado de puertas y ventanas.
Después de unos tensos segundos, conseguí cruzar al otro lado. Entré con cuidado dentro del lavabo, y abrí la puerta que daba al pasillo. Un ligero pero claro olor a podredumbre me asaltó con la primera bocanada después de abrir la puerta. Antes de ir en busca de provisiones debía asegurarme de que allí no quedaba nadie. Registré las habitaciones de la planta superior con el pacificador en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra, por suerte todo estaba despejado. Opté por bajar a la primera planta y verifiqué que allí no había nadie tampoco. Abrí la puerta y bajé por unas extrañas escaleras de caracol metálicas hasta el garaje lo más en silencio que pude. La peste allí era casi insoportable, después de unos segundos entendí el porqué. En una de las esquinas del garaje yacían muertos un par de galgos que el padre de familia usaba cuando iba a cazar, rodeados por decenas de heces y orines resecos. Cerca de ellos había un par de enormes cuencos metálicos que posiblemente habían albergado comida y bebida tiempo atrás. Un gran saco de pienso rasgado a medio acabar en la otra punta de la estancia me hacía suponer que la causa de muerte había sido el agua y no la comida. Lo más probable era que hubieran dejado alimento y bebida sólo para los días que estuvieran fuera, después de todo, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana los hijos del mismisimo demonio se iban a poner a pasear por la tierra?
Hasta ese momento no me había percatado de que los ruidos de las mascotas habían desaparecido semanas atrás, y no pude dejar de preguntarme cuantos animales indefensos habrían perecido también encerrados en sus hogares a la espera de un amo que nunca regresó.
Tan solo quedaba una pequeña bodega separada del garaje por una puerta, saqué la linterna que llevaba en el bolsillo y entré poco decidido y muy asustado, las piernas parecian de gelatina y apenas podian sostenerme. Enfoqué en todas direcciones pero allí tampoco parecía haber ningún infectado, y mejor que eso, acababa de dar  con un pequeño botín de comida y bebida. Parecía que después de todo, la incursión iba a resultar una buena idea. Subí a las plantas superiores y rebusqué algo más que pudiera saquear, de todas formas dudaba mucho que sus anteriores inquilinos fueran a volver. Entré en la cocina y rebusqué en los armarios. Encontré bastante comida entre galletas, cereales y pasta aún sin empezar. Abrí la nevera pero no resultó tan fructífera como había supuesto, un hedor a carne podrida infestó aún más la habitación. Cerré de nuevo y continué con la búsqueda. De repente caí en la cuenta de que si el padre iba a cazar, seguramente tuviera alguna escopeta escondida por casa. Subí a la habitación suponiendo que era el lugar más probable y comencé a rebuscar en los armarios. Cuando estaba a punto de rendirme y probar suerte por otro lado, un sonido hueco me alerto de que detrás del armario empotrado había algo. Saqué las baldas de la ropa con cuidado y empujé suavemente el tope del armario hasta oír un ligero “click”. Al parecer el armario daba a una pequeña habitación de un par de metros cuadrados con una gran caja fuerte en su interior. Medía cerca de metro y medio  y estaba hecha de grueso acero. Una combinación numérica de cuatro dígitos y una llave me separaban de lo que fuese que hubiera dentro. En realidad lo que menos me importara ya era lo que se escondía en su interior, después de varios días sin nada que hacer este nuevo reto me suponía un alivio. Me olvidé de las provisiones y me puse a buscar la dichosa llave, los números ya los descifraría tarde o temprano –como he dicho antes, tenía tiempo de sobra-.
Busqué durante horas pero nada, se hacía de noche y era hora de volver a mi segura morada. Encontré un viejo monopatín y até un par de mochilas de deporte repletas de comida a él, crucé con todo por mi puente improvisado y almacené lo que pude antes de preparar la cena. Como suponía la electricidad no había vuelto, así que saqué el camping gas que había comprado y me preparé una  sopa bastante pésima.
Me levanté al día siguiente ansioso por continuar con la búsqueda de la llave que abriría la caja fuerte, de hecho apenas había podido pegar ojo en toda la noche imaginando que podría contener el preciado cajón blindado. Crucé por el puente y me puse manos a la obra. Registré en todos los armarios y cajones de la casa, en los jarrones decorativos e incluso en la cisterna del retrete pero nada de nada. Cuando llegó la hora encendí el walkie y me dispuse a hablar con Albert como todos los días para informarle de lo que había encontrado.
-Ojalá y pudiera estar allí, echo de menos cualquier tipo de diversión. Mi madre y mi hermano se están haciendo insoportables y cada dos por tres tengo que llamarles la atención a los dos para que discutan un poco más bajo.
-¿Como vais de comida? – Le pregunté preocupado.
-Mi hermano y mi madre trajeron comida de sus respectivas casas pero no voy a mentirte, empieza a escasear. Hemos decidido hacer una incursión como tú a la casa de al lado. Espero tener la misma suerte.

Hacía cinco días desde que comenzara la búsqueda de la llave y mis esfuerzos aun no habían obtenido resultados satisfactorios. Antes de volver a cruzar a la casa de los vecinos decidí prepararme un buen desayuno. Cogí el bote de Cola-Cao que había recuperado de la casa de al lado y me dispuse a hacerme un más que probable repugnante batido con agua. Abrí la tapa y descubrí una bolsita de plástico dentro. La saqué y la limpié con un poco de agua que había en el vaso. No me lo podía creer pero allí estaba, después de tanto buscar por toda la otra casa resultaba que la tenia conmigo desde el primer día. Me olvidé de la idea del batido y atravesé el puente que unía las dos casas a toda velocidad. Introduje la llave dentro de la caja fuerte y me aseguré de que era la correcta. Perfecto, ahora ya solo quedaba intentar descifrar el código. Había nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades, aunque lo más probable era que lo descifrara en menos intentos. Empecé con el 0001 y proseguí durante todo el día. Tan sólo me moví de allí para alimentarme e ir al baño. Cuando oscureció volví a casa con dolor de cabeza y me eché a dormir. La mañana siguiente decidí levantarme tarde. Sabía que en cuanto encontrara el maldito número el mundo se me volvería a echar encima.
A media tarde me colé de nuevo en la casa de los vecinos y continué probando combinaciones. Casi cuando el sol se ocultaba por completo, una breve melodía electrónica me indicó que había dado con el número correcto. Era el 9111, estaba claro que con mi suerte tenía que ser uno de los últimos. Quería esperar hasta el día siguiente para ver el contenido de la caja, pero mi impaciencia se apoderó de mí. Giré una pequeña palanca metálica y abrí con expectación la robusta puerta. Como suponía, allí había un par de armas largas y algunas cajas de munición. Además de eso, había también varias joyas y un montón de grandes fajos de billetes que ahora sólo me servirían para limpiarme el culo. Dejé las joyas y el dinero por el momento, saqué las armas y volví a dejarlo todo tal y como estaba antes de mí allanamiento. Escondí la llave en un lugar seguro y bajé al salón a inspeccionar los dos rifles. Una era una carabina de poco calibre seguramente usada para tiro deportivo. En una de las cajas ponía calibre .22, cargué el arma y la dejé a un lado. La otra era una escopeta de doble cañón que usaba cartuchos de calibre .12 seguramente muy similar a la que había usado Ana para defenderse de su familia infectada, sin éxito. Después de tanto tiempo, todos los recuerdos volvieron a mí llenándome los ojos de lágrimas.

Capítulo séptimo: Desorientación


Desperté mareado y con náuseas. Me incorporé a duras penas y bajé las escaleras desorientado. Allí estaba de nuevo. El mismo salón, el mismo televisor, el mismo sofá. Debería  haber tomado muchas más, pero mi subconsciente no tubo agallas. Abrí el grifo para tomar un sorbo de agua, pero tras un breve goteo dejó de fluir. Perfecto, más buenas noticias pensé. Caminé hasta el cuarto de baño e introduje la cabeza en la rebosante bañera provocando un pequeño desbordamiento. La zambullida me había hecho despejarme un poco, pero aún no sabía ni siquiera en qué día estaba. Me sequé la cabeza con la toalla y me dirigí al salón para encender el televisor. Un breve zapping me indicó que ya sólo dos de los tres canales que habían resistido hasta ahora, seguían en antena. Conecté uno de los teletextos, que aunque no tenía información de ninguna programación sí mantenía el calendario y la hora. Al parecer y si no estaba mal programado, habían pasado tres días desde que intentara suicidarme sin éxito. Las nauseas habían pasado y ahora un hambre atroz me indicaba que mi cuerpo necesitaba alimentarse. Preparé un detestable risoto de sobre y me senté en la mesa a ver qué había ocurrido en el mundo durante mi letargo.  Por lo visto, me había perdido una comparecencia del rey, aunque de todas formas ya imaginaba el mensaje principal.
-“Es para mí motivo de orgullo y satisfacción marcharme a un bunker que he construido con vuestros impuestos mientras vosotros os pudrís en vuestras casas y esperáis a morir de hambre y de sed.”
Bueno, pensé, al menos ha tenido el valor de resistir hasta ahora –en aquellos momentos no sabía que desde el primer día del apocalipsis, él y toda su familia se habían refugiado en un bunker de máxima seguridad, y la comparecencia de hacia días la había hecho ya desde allí-.
Además de la comparecencia no me había perdido gran cosa, salvo que como era de esperar, media docena de bases civiles habían caído ya en diferentes puntos del país. El maldito virus iba a acabar él solito con la raza humana. Cogí el teléfono que me quedaba después de que el otro se hubiera roto en el balcón de la segunda planta y llamé a Albert, que ahora era la única persona con la que podía hablar.
-Hola, ¿Albert? –Le pregunté con apatía
-¡Aleluya!, te he estado llamando estos últimos días pero no has cogido el teléfono.
Entonces le conté todo lo que me había sucedido en los tres últimos días.
-No sé qué decir, salvo que lo siento. Yo tampoco he recibido noticias de Carlota así que…
-¿Y qué tal están tu hermano y tu madre?
-Bien, bueno, dentro de lo que cabe…
-Las líneas no tardaran en caer, yo ya no tengo suministro de agua.
-Lo sé, yo tampoco, he puesto algunos cubos en el tejado para que recojan el agua cuando llueva, si es que llueve…
-Buena idea, voy a hacer lo mismo. Por cierto, en cuanto a lo del teléfono, ¿recuerdas aquellos walkie talkie que utilizábamos cuando íbamos a esquiar?
-Claro, podríamos utilizarlos, el mío debe estar aún en algún cajón de mi habitación, voy a ver…
Tras un par de minutos de escuchar ruidos y maldiciones, Albert volvió a ponerse el auricular en la oreja. Yo ya había recuperado el mío, recordaba haberlo puesto en la guantera del Jeep la última vez que habíamos salido y allí estaba aún. Apenas daba alcance para un par de kilómetros, suficiente para lo que lo necesitábamos. Lo encendí pero dentro del parking apenas había señal, subí al primer piso e intenté contactar con él.
-¿Me recibes?- Le pregunté por el walkie.
-No te escucho muy bien –Me respondió él con la voz entrecortada.
-Espera le dije esta vez por el teléfono, voy a subir a la segunda planta… ¿ahora qué tal?
-Mucho mejor. Bueno pues así ya sabemos qué hacer para contactar en caso de pérdida de la línea.
Después de hablar un buen rato aprovechando los últimos momentos de las líneas telefónicas, colgamos y volví a la horrible monotonía en que se había convertido mi vida, solo amenizada por tragedias y fracasos personales.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo sexto: ¿Por qué a mí?


Había dormido el resto del día y buen parte de la noche. Últimamente dormía bastante, seguramente para evitar enfrentarme a la cruda realidad en la medida de lo posible. El día se había levantado con una neblina densa y nívea que acariciaba húmedamente el asfalto. Este hecho junto a los zombis deambulando por la calle parsimoniosos me recordó en gran medida al vídeo clip del difunto Michael Jackson, “Thriller”. Fijé mi mirada en la casa de los vecinos, y pude ver a uno de los críos caminando torpemente por el jardín. La única que parecía no haberse convertido en uno de ellos era la abuela que ahora se consumía dentro del vehículo. Bajé al salón, me preparé el desayuno y encendí la televisión. En Telecinco estaban emitiendo la segunda parte del reportaje de la B.H.S.U. que habían interrumpido  por la explosión nuclear en China, seguramente ya lo habrian repetido otras tantas veces en el transcurso del dia. Al parecer, la unidad de investigación había diseñado una rudimentaria arma que se podía fabricar con materiales caseros destinada a defendernos de los zombis en caso de amenaza. Lo habían bautizado como “The Peacemaker” –El pacificador- y consistía en un palo rodeado en uno de los extremos por varios pinchos largos. Se podía fabricar a partir de una barra metálica con varios cuchillos soldados, una pequeña biga de madera con tornillos largos o un bate de beisbol con clavos en la punta. Este último modelo fue el que yo elegí. La idea era simple pero muy útil, con varios pinchos en uno de los extremos era fácil que alguno de ellos alcanzara el cerebro y destruyera al zombi. Bajé al garaje, cogí un martillo y varios clavos que me habían sobrado de tapiar puertas y ventanas, y los monté sobre un viejo bate que había pintado de negro y plata hacia años, con cuidado de no hacer mucho ruido amortiguando el trabajo con trapos y toallas. De repente el teléfono sonó escaleras arriba, subí corriendo antes de que algún muerto viviente se percatara del sonido y comenzara a aporrear la puerta de entrada al jardín. Era Ana.
-¿Qué tal va todo por ahí? –Me preguntó Ana
-No voy a mentirte, esto se ha convertido en el mismísimo infierno, pero tranquila yo estoy bien.
-Me alegra oírlo, ten cuidado por favor. Dijo sollozante.
-¿Y tú qué tal?
-Pues últimamente no muy bien. Cada vez hay más casos por la zona. Mi padre ha salido hace un rato a comprar provisiones.
-¿Está loco?
-No nos ha querido hacer caso, decía que si no teníamos provisiones cuando llegara el momento, no resistiríamos. De todas formas se ha llevado su escopeta de caza, ahora todo el que tiene armas, las saca a la calle. Los pocos policías que quedan no parecen entrometerse.
-Bueno, no te preocupes todo saldrá bien.
Después de casi media hora nos despedimos y preparé la comida. Subí de nuevo a la terraza e intenté estudiar a mis cadavéricos compañeros. Siempre escondido, siempre en silencio.
Sólo hacia seis días que permanecía prisionero en mi propia casa y ya me faltaba el oxígeno. Con una simple vuelta de diez minutos por la urbanización me hubiera conformado, pero ese era un lujo que no estaba a mi alcance, no si no quería terminar devorado vivo. Baje por enésima vez al salón y desayuné como solía hacer. Encendí el televisor y zapeé entre los tres canales que aún emitían en busca de alguna novedad. Después de un par de horas, la novedad apareció. Ya lo decía mi difunto padre, vigila con lo que desees porque a veces se hace realidad. Otra tragedia azotaba a China de nuevo. Al parecer el gobierno de Hu Jintao no se había amedrentado con las futuras represalias por parte de los Estados Unidos y la ONU y había vuelto a lanzar una de sus bombas sobre Shanghái. Esta vez ya no había reporteros ni enviados especiales para retransmitir las imágenes. No quedaba otra que fiarnos de la palabra del ya agotado y desvencijado Matías Prats y sus informantes. Aunque las cifras habían sido muy similares a las de Pekín, mi reacción esta vez fue mucho más fría. En menos de una semana me había acostumbrado a vivir con la muerte detrás de la esquina. Me apené por todos los inocentes que habían muerto pero comprendí, que el resultado en caso de no hacer nada hubiera sido muy similar. Me di una ducha y practiqué con el arco como de costumbre. Subí a la terraza y me quedé embobado mirando al cielo y a los pájaros volando en él. Un agudo sonido llamó mi atención, era el teléfono que estaba sonando. Metí la mano en el bolsillo y descolgué lo más rápido que pude.
-¿Sí? –Dije con un susurro.
-¿¡Cariño!? –Se oyó gritar desde el otro lado del auricular.
-¿Qué pasa, qué son esos ruidos?- Le pregunté en voz baja inquieto.
-Mi padre… se ha convertido en uno de ellos.
-¿Qué? –Dije esta vez con un tono mucho más elevado.
-No sé cómo, sólo sé que se ha despertado hace un rato y ha atacado a mi madre –Me explicaba Ana entre sollozos y lágrimas.
-¿Y tu hermana? –Le pregunté con el corazón apunto de salírseme del pecho.
-Mi madre la ha atacado. La última vez que la he visto estaba sangrando por el cuello encima de su cama.
-¿Dónde estás tú ahora?- Le pregunté impotente.
-En el cuarto de mis padres, he bloqueado la puerta con un armario pero no tardaran mucho en derribarla con esos golpes.
De repente, los golpes se intensificaron. Probablemente su hermana se había transformado ya y ahora los tres aporreaban desincronizadamente la puerta.
-¿Donde está la escopeta de tu padre?
-Creo que aquí, debajo de la cama.
-¡Cógela y mira si está cargada! – Le dije intentado lo único que podía salvarla.
-Sí.
-Ya sabes lo que debes hacer, esa ya no es tu familia. Repite conmigo, ésta no es ya mi familia, ¡repítelo!–Dije esperando que ese mantra le sirviera y suplicando para que no flaqueara en el último momento.
-Ésta ya no es mi familia. –Dijo ella estremecida.
Un fuerte golpe me indicó que ya habían derribado la puerta.
-¡AHORA! –Le grité enérgicamente.
Dos atronadores disparos se escucharon por el auricular. Esta era mi chica, había conseguido anteponerse a la trágica situación.
-¡Muy bien cariño!
-¡Lidia, para no te acerques más!- Dijo Ana con voz de pánico.
-¡Dispara de nuevo! –Le grité por el auricular.
-Nnno…no quedan más cartuchos… -Me dijo ella presa del pánico.
-Corre, ¡levántate y corre! –Le grité yo impotente al otro lado del auricular.
(Ruidos de cristales, chillidos ininteligibles, lloros y gritos de Ana…)
-¡Te quiero! –Escuché débilmente entre ruidos al otro lado.
-¡Yo también te quiero! –grité con la esperanza que ella me oyera y pudiera llevarse ese recuerdo al más allá.
Después de eso, silencio, tan solo apagado por un leve gruñido lejano. Dejé caer el teléfono y éste se partió haciendo saltar sus pilas recargables por los aires. Me arrodillé ante el balcón con el rostro cubierto de lágrimas y me quedé pensativo sin saber qué hacer, en estado de shock, abatido como nunca ates, ni con la muerte de mis padres habia estado, simplemente yo también morí.
Por lo visto, un par de zombis habían oído mis gritos y habían acudido en busca de carne fresca. Me levanté y los miré con los ojos llenos de dolor, pero sobretodo de ira y frustración. Ellos en cambio, me miraron con cara de satisfacción, pues al fin habían encontrado una presa a la que hincarle el diente después de varios días. En aquel momento, no me importaba ya que entraran, había perdido la única cosa en el mundo que realmente me importaba y quería irme con ella. Pero antes iba a pelear. Me iba a llevar a tantos de esos demonios de vuelta al inframundo como me fuera posible. Cogí el arco que ésta vez sí, llevaba conmigo y disparé hacia a uno de ellos. La flecha pasó de largo e impacto contra la puerta trasera del coche azul empotrado en el muro de la casa de enfrente, atravesándola y alcanzando a la ya putrefacta anciana de su interior. Cargué de nuevo el arco pero esta vez me sequé las lágrimas de la cara para poder apuntar mejor y tomé aire mientras apretaba los dientes con fuerza. La flecha se clavó en el omóplato de uno de ellos sin provocarle ningún dolor aparente. La rabia me consumía por dentro, con cada tiro fallado mi impotencia por no haber podido salvar a Ana crecía. Tensé el arco por tercera vez, lo tensé tanto que sentí como la cuerda penetraba mi piel y faltó poco para que se rompiera. Tome una larga y profunda bocanada del aire, mantube la respiación y disparé. La flecha impactó con tanta velocidad en el cráneo del no muerto, que sólo las pequeñas plumas que estabilizaban el proyectil habían evitado introducirse dentro de su cabeza por completo. El maldito zombi se desplomó sobre el suelo golpeando su cabeza contra el asfalto y provocando que gran parte de la flecha saliera nuevamente por el orificio de entrada. Cargué el arco por cuarta y última vez y disparé. La saeta se introdujo por la cuenca ocular del otro no muerto derribándolo con el mismo impacto. Dejé el arco sobre la mesa de cristal que adornaba la terraza y me metí dentro intentando asimilar la situación. Después de casi veinte minutos de ansiedad llorando sobre la cama, me dirigí al baño y sin pensarlo demasiado me tomé un puñado de pastillas para el insomnio en un intento de acabar con mi sufrimiento y frustración.