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martes, 4 de junio de 2013

Capitulo Decimoquinto: Una nueva misión


Como nos había prometido Antonio Aguilera, al amanecer del tercer día un par de soldados vinieron a buscarnos para encomendarnos nuestra primera misión como soldados de la milicia. Íbamos en el mismo grupo que Jonathan y Dani, por lo que ellos también eran parte de la misión. Fuimos a desayunar y nos reunimos en el parking subterráneo junto con un grupo de ocho soldados, y salvo Héctor, que era uno de ellos, no conocíamos a ninguno más. Después de una más que escueta presentación, sin demasiado entusiasmo, un par de hombres subieron a dos pick-up que estaban aparcadas esperando nuestra marcha. El resto, subimos a ellas seguidamente, y salimos del garaje. Después de dos días de relativa seguridad, el olor a muerto volvió a sumergirnos en la realidad.
-Bueno chicos. Sé que volver a la acción no es lo que más os apetecería en este momento, pero no tenemos muchas más opciones. –Dijo Héctor dirigiéndose a nosotros. – El resto, ya sabéis como va esto. Hay un par de supermercados que no han sido saqueados. Nuestra misión es ayudar a un camión del ejército que ya se encuentra allí. Nuestra única tarea hoy es esperar a que despejen los dos locales, y ayudarles a cargar las cajas en el camión. Solo eso, hoy, estamos de suerte.
-Vaya lástima. Yo quería cargarme a algunos de esos bichos antes de la cena. –Dijo el idiota de Jonathan.
-Estoy seguro de ello. –Dijo Héctor sin hacerle mucho caso.
Poco después de que Héctor acabara de explicar la misión, los primeros zombis empezaron a hacer acto de presencia.
-Tranquilos. En pequeños grupos no son un problema. A menos que nos quedemos sin gasolina, claro está. -Dijo Héctor despreocupado.
-Vale, estamos llegando. -Dijo el hombre encargado del mapa.
Menos de diez segundos después de que el hombre pronunciara las palabras, un par de ráfagas de disparos se escucharon en la distancia. Los dos pilotos de las camionetas aceleraron el paso y se dirigieron al origen de los disturbios, que como era de esperar, estaban en el mismo lugar que nuestra misión.
 Aparcado sobre la acera se encontraba un enorme camión militar de color verde, con una lona a juego que tapaba la parte trasera del vehículo. Subidos en ella resistían un par de soldados muertos de miedo evitando con sus armas que los zombis subieran al camión. Antes de que pudiéramos acercarnos más, uno de los zombis se desmarco del resto de la muchedumbre, agarrando a uno de los soldados por el tobillo, haciéndole perder el equilibrio y caer al duro asfalto. Antes de que pudiera levantarse, y ante la atónita mirada de su compañero, que había dejado ya de disparar, un grupo de zombis se abalanzó sobre el muchacho mordiendo cualquier pedazo de carne al que pudieran acceder.
-Joder, como de costumbre, hay problemas. –Dijo uno de los hombres más mayores del grupo.
Continuamos la marcha hasta estar a menos de quince metros de los zombis. El conductor tocó el claxon levemente, para alertar a los sujetos que se encontraban asediando al camión. El plan surgió efecto, y como si les hubiéramos llamado por el nombre, los que no estaban devorando al pobre muchacho se giraron en nuestra dirección.
Sus cuerpos putrefactos y rojizos comenzaron a tambalearse hacia nosotros al tiempo que Héctor ordenaba a todos los milicianos desplegarse y atacar cuerpo a cuerpo. Después de todo, necesitábamos sacar las provisiones del lugar y más disparos iban a hacernos un flaco favor. Albert y yo nos mantuvimos en la retaguardia, por orden expresa de Héctor. Los demás milicianos comenzaron a golpear a los zombis con los pacificadores y algún que otro cuchillo largo, mientras nosotros, desenvainábamos solo por si acaso. Los golpes huecos resonaban en la calle junto con los guturales sonidos de los zombis y los resoplidos de cansancio de nuestros compañeros. Cuando apenas quedaban media docena de zombis, Héctor nos toco en el hombro y nos dio la señal para demostrar de lo que estábamos hechos mientras algunos de los milicianos se dispersaban, recorriendo la calle de arriba abajo y terminando con los pocos zombis que se acercaban alertados por los disparos. Con bastante miedo, nos aproximamos a un par de hombres de mediana edad. Uno de ellos aun tenía un trozo de carne en la boca, que masticaba casi mecánicamente. Sin pensarlo mucho lancé la katana contra su cuello, dejando buena parte de éste seccionado. Definitivamente me faltaba práctica. Un hombre experimentado hubiera decapitado al hombre sin problemas. De nuevo y tras dar un par de pasos hacia atrás, volví a lanzar otro estoque, solo que éste directamente en el cráneo, acabando al fin con el sufrimiento de aquel pobre engendro. Albert por su parte bateó con todas sus fuerzas al otro hombre, fulminándolo sin más dificultad. Continuamos con los dos más cercanos mientras la mitad del grupo entraba a despejar y saquear el supermercado.  La misión hasta el momento parecía bajo control, al menos por nuestra parte. El muchacho superviviente de la masacre del camión permanecía agazapado cerca de una de las ruedas traseras mientras uno de los milicianos le examinaba en profundidad comprobando que no tuviera ninguna pequeña herida provocada por los zombis. Después de apenas un par de minutos de espera, varios milicianos arrastrando carritos de la compra empezaron a salir del supermercado. Los carros estaban llenos hasta arriba de alimentos, y de algunos elementos necesarios como jabón, papel higiénico, etc.
Sin mayor dilación empezaron a cargarlos al camión, mientras otros milicianos se adentraban en el interior. Después de la tercera entrada, nos toco el turno a Albert y a mí, acompañados de nuestros encantadores compañeros de habitación. Cogimos los carros y cruzamos el umbral de la puerta perdiendo la visión durante un par de segundos por el cambio de luz. Una vez adaptados, seguimos a Jonathan y Dani hasta uno de los pasillos iluminados con linternas de pie y empezamos a cargar. Apenas tardamos un par de minutos en llenar el carro hasta los topes, y seguimos hasta la salida. De momento todo parecía extremadamente fácil teniendo en cuenta que nos enfrentábamos a la mayor amenaza que la raza humana había conocido. Una vez en el camión descargamos el contenido del carrito como los otros milicianos habían hecho antes que nosotros, y nos quedamos nuevamente fuera esperando más intrusos. Apenas unos segundos después de que los últimos milicianos se adentraran en el supermercado, uno de los nuestros apareció de una calle paralela. Llegó hasta Héctor, y le susurró algo al oído. De repente la cara de éste cambio.
-Chicos, me informan de que una horda de casi doscientos zombis se acerca hacia aquí, hora de irnos.
Al escuchar esto, la cara de sorprendente tranquilidad de la mayoría de milicianos desapareció, dejando paso a una histeria colectiva. Jonathan y Dani nos apartaron de un empujón y volcaron el carro en el interior del camión sin demasiado cuidado. Inmediatamente, los milicianos que se habían adentrado en el supermercado, salieron como alma que lleva el diablo del local, con el carro apenas a un cuarto de su capacidad. Antes de llegar al camión, uno de ellos tropezó haciendo caer el carro con él y esparciendo los pocos alimentos que habían podido conseguir por el oscuro asfalto teñido de sangre. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, el resto de milicianos subió a las furgonetas y al camión dispuestos a salir de allí pitando. Después de un buen grito de Héctor llamando nuestra atención, nosotros también nos pusimos en marcha y subimos a una de las furgonetas. Todos estábamos ya subidos cuando los primeros zombis empezaron a aparecer de la calle de al lado. Todos menos el miliciano que había tropezado y caído con el carro. Éste, seguramente avergonzado por haber tirado algo tan esencial, se apresuraba a cargar lo que podía coger entre sus brazos y a lanzarlo dentro del camión, mientras el resto del grupo le gritaba para que subiera a alguno de los vehículos. Para cuando hubo acabado de recogerlo todo, los zombis estaban casi a su lado, Héctor hizo un gesto, y a su orden, todos empezaron a disparar hacia la masa de cadáveres andantes. Las balas hicieron mella en la primera fila, pero no tardaron en quedarse cortas ante tal avalancha. El hombre por fin recapacitó y esprintó hacia el camión, que ya se movía hacia el resto de furgonetas para salir del lugar. Pero ya era tarde. Uno de los zombis consiguió agarrar al hombre por la camiseta, y adentrarlo en la masa cadavérica para devorarlo junto a sus compañeros. Cuando los primeros gritos de desesperación y dolor salieron de aquella masa de cadáveres, Héctor hizo un nuevo gesto y los vehículos comenzaron a moverse ordenadamente para abandonar el lugar.
-Primera lección chicos. La seguridad por encima de todo. –Dijo Héctor abatido.
-¡Y la próxima vez, cuando oigáis la frase horda de zombis, no os quedéis parados como si nada de eso fuera con vosotros! –Dijo un sabiondo Dani.

lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo décimo: Nada dura para siempre


Dos semanas, eso es todo lo que duraron las lamentosas provisiones que había encontrado en casa de los japoneses; y por si fuera poco no había podido contactar con Albert en los últimos dos días. Estaba harto de la espera, empezaba a sufrir de claustrofobia crónica pero aún así no me planteaba salir fuera. Había visto de lo que esas criaturas eran capaces, parecían lentas pero cuando tenían una presa a su alcance no dudaban en lanzarse al vacío para atraparla. Me tumbé en el sofá y miré al techo; eso es todo lo que podía hacer, esperar. Después de veinte minutos de pasmosa apatía el walkie sonó al fin.
-¿Me recibes? ¡Necesito tu ayuda, por el amor de Dios que lo tenga encendido!
Era Albert y su voz parecía extrañamente clara.
-Sí, aquí estoy, dime. –Le dije yo nervioso.
-¡Vas a tener que abrirme!
-¿Abrirte el qué? –Le pregunté yo sin saber a qué narices se refería.
-¡¿A ti que te parece?! ¡Pues las puertas de tu casa, estoy corriendo hacia aquí! –Dijo él con una mezcla de suspiros, ironía y rabia.
-¡Joder, espero que no sea una puta broma!
-No lo es, estoy como mucho a dos minutos de allí.
La tensión volvió a surgir después de dos semanas de completa desidia y mi cuerpo comenzó a liberar adrenalina de nuevo. Respiré hondo como solía hacer y traté de urdir un plan improvisado para salvar a mi amigo de una muerte segura.
-Vale está bien, necesito que saltes la puerta de acceso al jardín de mis vecinos y subas las escaleras exteriores que van al primer piso, yo te estaré esperando allí. –Le dije mientras empezaba a bajar las escaleras.
-¿Estás seguro de eso? –Preguntó él, no muy convencido de mi plan.
-No, pero es lo mejor que se me ocurre, tú hazlo.
Después de coger el puente provisional de asedio del garaje subí hasta mi habitación golpeando todas las paredes de la casa, lo coloqué entre la barandilla y la cornisa, y crucé al otro lado. Para entonces Albert ya saltaba por encima de la pequeña puerta de acceso alertando a todos los zombis de la zona y comenzaba a subir las escaleras que separaban la primera planta de la altura de la calle. Cuando por fin llegué a las escaleras que daban acceso a la primera planta, unos golpes comenzaron a sonar en el otro lado.
-¡Ábreme de una puta vez! – Gritaba mi acojonado amigo.
-Voy, pero cállate o de poco servirá que te abra – Le susurraba yo desde el otro lado al tiempo que giraba la maneta.
-¡Ya, es fácil decirlo, como tú no estás en este lado! –Me recriminó él.
-¡Ups!- Exclamé yo en voz baja.
-¿Ups qué? –Preguntó él, que había conseguido oírme.
Al parecer la puerta estaba cerrada con llave y la llave probablemente estuviera en el bolsillo de mi vecino zombi vete tú a saber dónde. Rápidamente, levanté una de las persianas cercanas y abrí la ventana para que Albert pudiera saltar. Sin pensarlo dos veces se coló dentro topándose de bruces contra una enorme alfombra que allí había. Le ayudé a levantarse, cerré de nuevo la ventana y bajé la persiana al tiempo que los primeros zombis se deslizaban por la puerta de entrada al jardín subiendose unos encima de otros como si fueran un maldito grupo de fans en un concierto de Justin Beaber. Subimos al cuarto de baño y cruzamos el puente que daba acceso a mi refugio mientras decenas de blanquecinos ojos nos miraban deseosos de jugosa carne fresca. Saqué la pesada escalera de la repisa y la apoyé sobre el tejado. Lo aseguré todo y Albert se lanzó exhausto sobre mi cama.
-Vale, ahora cuéntame que cojones ha pasado.
-He tenido que salir de mi casa corriendo.- Me explicaba él entre bocanada y bocanada.
-¿Y tu madre, y tu hermano?
-¡Muertos, los dos están muertos! –Dijo él esta vez arrancando a llorar.
La tensión del momento había hecho que sustituyera las lágrimas por adrenalina, pero ahora que estaba a salvo podía permitirse llorar al fin.
-Tranquilo, tómate tu tiempo, cuando estés listo estaré abajo.
Después de casi una hora bajó, esta vez visiblemente más tranquilo.
-¿Que tal estás? –Le pregunté.
-Bien, dentro de lo que cabe, claro está. –Dijo él esbozando una leve sonrisa.
-¿Quieres contármelo?
-No lo sé, sí, tal vez hablar de ello me ayude. Verás, todo se torció con la segunda incursión de Lucas. En la primera casa en la que entramos no había nadie, todo fue muy fácil, cogimos bastante comida y nos volvimos a colar de un salto de nuevo en casa. Había comida de sobra para dos meses si la administrábamos bien, pero a las dos semanas mi hermano insistió en ir a buscar comida de nuevo. Yo me negué, alegando que tal vez en dos semanas la cosa cambiaria y no tendríamos que correr el riesgo, así que una noche decidió ir sin mi ayuda a la casa de otro vecino. Maldito niñato. Volvió de madrugada con una herida muy fea en el brazo. Yo ya sabía lo que pasaba pero mi madre no se quería hacer a la idea. En realidad ninguno de los tres tenía huevos a hacer lo que se debía. Esta mañana me he levantado entre los gritos de mi madre y los berridos de mi hermano. He bajado a su cuarto a ver qué pasaba, y he visto a mi hermano devorando a mi madre, ¡DEVORANDOLA JODER!
Sin pensarlo me he puesto a correr despavorido, he salido de casa con una mochila que tenía preparada en la puerta, y aquí estoy. Sé que ha sido una tontería, debería haberme quedado y haber matado a mi hermano, pero sabía que no iba a poder.
-Siempre has sido un blando –Le dije intentando animarle con un poco de humor negro.
-Cambiando de tema, ¿y ahora qué? –Me dijo él suspirante y aún con la cara enrojecida.
-Dímelo tú, eres el que ha corrido kilómetro y medio esquivando a esos bichos, por cierto, ¿dónde está tu arco?
-Entiende que no tuve tiempo de cogerlo… ni eso ni provisiones ni nada, solo tengo una mochila con algo de ropa y un par de linternas.
-Bueno, por armas no va a ser. He conseguido unas cuantas en mis incursiones.
-De ésta no me habías dicho nada. –Se acercó a la mesita de cristal donde estaban todas las armas expuestas y cogió la katana.
-¿Mola eh? Pues te jodes porque es para mí. Tú puedes quedarte con el pacificador, este cuchillo ensangrentado que ya se ha cobrado su primera víctima, y esta escopeta.
-Bueno gracias, supongo.
-Espero que sepas que tenemos un gran problema ahí fuera, esos cabrones nos han localizado y no tardarán en darse cuenta de que hay mejores formas de entrar en mi jardín que golpear un muro de robusta piedra. Bueno, de todas formas ya no me quedaba comida así que llevaba un par de días urdiendo un plan de fuga.
-¿Y cuál es? –Preguntó él aliviado.
-Pues aún no lo sé. Lo cierto es que las cosas están tan mal que no sé si hay alguna forma viable de salir de aquí sin que nos acaben devorando vivos.
-Debemos intentarlo, si no moriremos de hambre.
-Lo sé.

jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo séptimo: Desorientación


Desperté mareado y con náuseas. Me incorporé a duras penas y bajé las escaleras desorientado. Allí estaba de nuevo. El mismo salón, el mismo televisor, el mismo sofá. Debería  haber tomado muchas más, pero mi subconsciente no tubo agallas. Abrí el grifo para tomar un sorbo de agua, pero tras un breve goteo dejó de fluir. Perfecto, más buenas noticias pensé. Caminé hasta el cuarto de baño e introduje la cabeza en la rebosante bañera provocando un pequeño desbordamiento. La zambullida me había hecho despejarme un poco, pero aún no sabía ni siquiera en qué día estaba. Me sequé la cabeza con la toalla y me dirigí al salón para encender el televisor. Un breve zapping me indicó que ya sólo dos de los tres canales que habían resistido hasta ahora, seguían en antena. Conecté uno de los teletextos, que aunque no tenía información de ninguna programación sí mantenía el calendario y la hora. Al parecer y si no estaba mal programado, habían pasado tres días desde que intentara suicidarme sin éxito. Las nauseas habían pasado y ahora un hambre atroz me indicaba que mi cuerpo necesitaba alimentarse. Preparé un detestable risoto de sobre y me senté en la mesa a ver qué había ocurrido en el mundo durante mi letargo.  Por lo visto, me había perdido una comparecencia del rey, aunque de todas formas ya imaginaba el mensaje principal.
-“Es para mí motivo de orgullo y satisfacción marcharme a un bunker que he construido con vuestros impuestos mientras vosotros os pudrís en vuestras casas y esperáis a morir de hambre y de sed.”
Bueno, pensé, al menos ha tenido el valor de resistir hasta ahora –en aquellos momentos no sabía que desde el primer día del apocalipsis, él y toda su familia se habían refugiado en un bunker de máxima seguridad, y la comparecencia de hacia días la había hecho ya desde allí-.
Además de la comparecencia no me había perdido gran cosa, salvo que como era de esperar, media docena de bases civiles habían caído ya en diferentes puntos del país. El maldito virus iba a acabar él solito con la raza humana. Cogí el teléfono que me quedaba después de que el otro se hubiera roto en el balcón de la segunda planta y llamé a Albert, que ahora era la única persona con la que podía hablar.
-Hola, ¿Albert? –Le pregunté con apatía
-¡Aleluya!, te he estado llamando estos últimos días pero no has cogido el teléfono.
Entonces le conté todo lo que me había sucedido en los tres últimos días.
-No sé qué decir, salvo que lo siento. Yo tampoco he recibido noticias de Carlota así que…
-¿Y qué tal están tu hermano y tu madre?
-Bien, bueno, dentro de lo que cabe…
-Las líneas no tardaran en caer, yo ya no tengo suministro de agua.
-Lo sé, yo tampoco, he puesto algunos cubos en el tejado para que recojan el agua cuando llueva, si es que llueve…
-Buena idea, voy a hacer lo mismo. Por cierto, en cuanto a lo del teléfono, ¿recuerdas aquellos walkie talkie que utilizábamos cuando íbamos a esquiar?
-Claro, podríamos utilizarlos, el mío debe estar aún en algún cajón de mi habitación, voy a ver…
Tras un par de minutos de escuchar ruidos y maldiciones, Albert volvió a ponerse el auricular en la oreja. Yo ya había recuperado el mío, recordaba haberlo puesto en la guantera del Jeep la última vez que habíamos salido y allí estaba aún. Apenas daba alcance para un par de kilómetros, suficiente para lo que lo necesitábamos. Lo encendí pero dentro del parking apenas había señal, subí al primer piso e intenté contactar con él.
-¿Me recibes?- Le pregunté por el walkie.
-No te escucho muy bien –Me respondió él con la voz entrecortada.
-Espera le dije esta vez por el teléfono, voy a subir a la segunda planta… ¿ahora qué tal?
-Mucho mejor. Bueno pues así ya sabemos qué hacer para contactar en caso de pérdida de la línea.
Después de hablar un buen rato aprovechando los últimos momentos de las líneas telefónicas, colgamos y volví a la horrible monotonía en que se había convertido mi vida, solo amenizada por tragedias y fracasos personales.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo quinto: Escondido y asustado


Cuando volví a abrir los ojos ya eran más de las siete de la tarde. El alcohol y el estrés me habían jugado una mala pasada. Me incorporé, esta vez un poco más tranquilo y fui en busca del teléfono. Llamé y dio tono.
-Hola cariño…
-¿Aún no has salido? –Me preguntó ella sorprendida.
-Técnicamente sí. –Respondí sin saber muy bien por dónde empezar.
 -¿Quieres explicarte?
-Lo he intentado, pero todo está colapsado. No puedo llegar, salir fuera es un auténtico suicidio.
Le expliqué lo ocurrido durante las últimas horas. Cuando acabé ella se puso a llorar.
-No te preocupes estaré bien, tengo comida y bebida para varias semanas, no me pasará nada ya lo veras. –Dije intentando tranquilizarla.
-Más te vale.
-Te llamaré mañana, te lo prometo.
Nada más colgar el teléfono me senté en el sofá y encendí la televisión a la caza de novedades acerca de la infección. Lo primero que vi fueron videos de numerosos atascos en la mayoría de ciudades del país. Me felicité a mí mismo por no haber hecho eso antes de salir, y seguí haciendo zapping. Reportajes de cuarentena, debates de expertos acerca del virus, anuncios de una comparecencia del presidente de Estados Unidos… Uhm eso podría ser interesante, pensé. Sorprendentemente desde el comienzo del incidente aún no había comparecido en los medios. Esperé un buen rato y por fin apareció interrumpiendo la información que se estaba dando en ese momento. Lo cierto es que hubiera dado igual el canal que hubiera elegido, en todos aparecía la misma imagen del presidente Barack Obama acompañado del secretario general de la ONU Ban Ki-Moon. Primero habló el presidente.
-“Durante las últimas semanas, una plaga de caos y destrucción ha azotado nuestro mundo. A estas alturas, casi todos nosotros hemos tenido contacto con este azote y sabemos de lo que es capaz. Hoy me presento ante vosotros no como presidente de mi país, sino como representante de todos los líderes de los pueblos libres de la tierra para anunciarles la creación de un nuevo ejército global destinado a la lucha contra el virus. Desde hoy, la B.H.S.U. –siglas en inglés de Unidad Especial de Peligro Biológico- velará por la seguridad de todos nosotros gracias a una preparación más efectiva y unos mayores recursos. La B.H.S.U. ha sido creada con los mejores soldados de cada país para dar caza a todo rastro de infección. Me veo obligado a informarles dada la situación, que desde hoy se permite el uso de fuerza indiscriminada contra cualquier infectado tanto por parte del ejercito, como de cualquier civil.”
Justo cuando el presidente acabó de pronunciar la última palabra de su discurso, todos y cada uno de los periodistas de la sala se levantaron al unísono y entre flashes comenzaron a preguntar. Después de casi un minuto de berridos y chillidos confusos, no muy diferentes a los que profesaban esas criaturas que tanto temíamos, uno de los consejeros del presidente intervino poniendo algo de calma. Con el ambiente más relajado, una joven periodista hizo la primera pregunta.
-“¿Hay ya alguna vacuna del virus?”
-“Aunque el mundo entero está aunando esfuerzos por encontrarla, y se han destinado todos los recursos posibles a ello, no. Aún no tenemos la vacuna.”
La periodista se sentó y otra periodista más mayor ocupó su lugar en la ronda de preguntas.
-“¿Hay algún país que no se haya visto afectado por la plaga?” –Preguntó la periodista.
-“Desgraciadamente no. Según nuestros informes, todos los países en mayor o menor medida se han visto afectados por el virus.” –Respondió el presidente con una gota de sudor resbalando por su sien.
Ahora un reportero trajeado se puso en pie.
-“¿Qué recomendaciones darían a cualquiera que se encuentre parapetado en sus casas?”
-“Si no le importa, dejaré que esa pregunta la responda el señor Ban Ki-Moon” –Respondió Obama nervioso.
-“Se han creado bases civiles en casi todas las ciudades del mundo para acoger a cualquier superviviente que lo desee. En ellas encontraran alimentos, bebida y un refugio seguro para protegerse de esos seres. En caso de que no puedan llegar de forma segura a esas bases, se recomienda permanecer en sus casas intentando hacer el menor ruido posible, llenar cubos y  bañeras con agua por si hay esporádicos cortes de suministro –Con esporádicos quería decir permanentes- y administrar de forma eficaz los alimentos de que dispongan. En pocos días, unidades de soldados peinarán las ciudades para ayudar a la población a mudarse a esos centros.”
El trajeado reportero tomo asiento y cedió el turno a otra compañera.
- “¿De verdad no se procesará a nadie por acabar con uno de esos seres?”
-“Todos los estudios realizados demuestran que los individuos infectados por el virus están completa y definitivamente muertos. Aunque consiguiéramos dar con la vacuna, no serviría como cura una vez transformados. Esas personas ya no son padres, madres, abuelos ni hijos. Lo único que hace mover sus cuerpos es el virus. Por lo tanto, dado que están muertos, no puede ser considerado un asesinato y por lo tanto no habrá juicio ni investigación al respecto.” –Respondió el secretario de la ONU que había cogido el testigo de las preguntas de su acalorado compañero de comparecencia.
-“¿Hay alguna manera eficaz de acabar con esos seres?” –preguntó fríamente otro reportero.
-“Solo hay una forma eficaz de acabar con ellos. Dado que el virus opera desde el cerebro de su huésped, éste debe ser destruido por cualquier medio. Por muy escalofriante que suene, la mejor forma es alcanzar el bulbo raquídeo a través de cualquiera de las dos cuencas oculares. La decapitación no es un buen método, dado que aunque facilita que el cuerpo deje de ser un problema, la cabeza sigue operativa, cumpliendo la misión principal de infectar a su víctima.”
Antes de que el reportero pudiera tomar asiento y ceder el turno al siguiente compañero, la reportera que había hecho la pregunta anterior se puso en pie y volvió a preguntar saltándose el protocolo.
- “¿Realmente cree usted que un ama de casa será capaz de ensartarle el ojo a su marido con el que lleva treinta años casada con un cuchillo para trinchar el pavo?” -dijo la periodista, cínica y escéptica.
-“Nnnnno creo que…entiendo las dificultades que conllevaría… se acabo la rueda de prensa”. –Dijo el secretario general de la ONU ahora más nervioso incluso que el presidente.
De nuevo, una oleada de flashes y preguntas inundó la habitación mientras los dos miembros del pulpito abandonaban la sala seguidos de sus múltiples escoltas.
Bueno, si algo había sacado de todo aquello era que podía estar tranquilo, ningún policía iba a llamar a mi puerta para arrestarme por haber atropellado a la vieja zombi. Me levanté del sofá y fui a la cocina a por una cerveza, bastante relajado dada la situación. Caí en la cuenta, que con todo el alboroto no había hablado con Roger desde hacía varios días. Cogí el teléfono y llame a su móvil. Después de siete tonos desistí. Probé más suerte en su casa, nada…
-Posiblemente habrán ido al apartamento de la costa. –Me dije a mí mismo.
Quería hablar con alguien ahora que las líneas aún funcionaban. Lo intenté con Albert. Éste si descolgó el teléfono.
-Hey, ¿cómo va todo? –le pregunté
-¿Eric?
-Sí Albert, soy yo.
-¿No te ibas?- Me preguntó extrañado.
-Digamos que las cosas no salieron exactamente como las había planeado.
-Lo lamento.
-Y carlota ¿Ha llegado ya?
-Aún no. No sé nada de ella ni de ninguna de sus amigas.
-Seguro que han tenido que refugiarse en algún sitio y ya no tienen batería, igual han conseguido llegar a una de esas bases civiles. –Dije yo optimista.
-… Las malas noticias continúan. No iba a decírtelo hasta que llegaras a Galicia pero hablé ayer con la familia de Roger.
-¿Con la familia? –Pregunté extrañado y asustado.
-Sí, parece ser que se ha infectado.
-¿Qué, estás de coña?
-No, no lo estoy… por lo que pude entender de los sollozos de su hermana la ambulancia había volcado y la sangre de un infectado había entrado en contacto con sus ojos y su boca. Al parecer se encontraba en una sala de cuarentena esperando resultados.
-Esperemos que encuentren la vacuna pronto, sino… ¡Joder, que puta mierda! –Dije cabreado.
Mis peores sospechas se habían confirmado. Era lógico que los primeros en infectarse fueran los que tuvieran más contacto con los infectados como el personal médico y ATS. Ahora, y si nadie lo remediaba, Roger se iba a convertir en uno de ellos.
-¿Sigues ahí? –Preguntó Albert.
-Sí, sí… sigo aquí. ¿Y tu madre y tu hermano han llegado ya? –Le pregunté intentando buscar una buena noticia en toda aquella mierda que nos estaba rodeando.
-Sí, están aquí conmigo. ¿Crees que deberíamos trasladarnos a una de esas bases civiles?
-¿Sabes dónde está la base más cercana?
-Lo he mirado en Internet. Hay dos, han habilitado  una en el Hospital de Mataró y otra en la zona Franca.
-Olvídalo, están demasiado lejos. La autopista en dirección Barcelona está repleta de esos monstruos y la otra dirección de la autopista no puede estar mucho mejor. Nuestra única opción es quedarnos aquí y esperar a que esto pase, tenemos la ventaja de las provisiones. Además, desconfío de la seguridad de las bases. Es tan fácil que un infectado no tenga señales evidentes de mordedura que probablemente ya se les haya colado alguno. Seguro que no es tan bonito como lo pintan, con tanta gente allí en caso de querer escapar seria una ratonera.
-Tal vez tengas razón, quedémonos aquí y esperemos.
Después de acabar la conversación me preparé algo de cena y me fui directamente a la cama, después de todo, ese había sido el día más largo de toda mi vida.
Me levanté a media mañana. Bajé y como de costumbre puse la televisión. Ya tan solo las cadenas más grandes emitían. Sorprendentemente, muchos reporteros de éstas habían decidido atrincherarse en los canales de noticias para seguir dando información. Comencé el barrido de canales hasta encontrar novedades del virus, con esto como en todo, la información es poder. En Telecinco emitían un reportaje sobre la recién creada B.H.S.U. A juzgar por las instalaciones, el presidente de Estados Unidos tenía razón y se había destinado bastante presupuesto al asunto. Por lo que pude sacar en claro, esta nueva unidad disponía de varias divisiones, cada una especializada en una disciplina. Los soldados de campo se encargaban de la lucha directa contra los infectados. Los ingenieros y cientificos eran los encargados de estudiar tanto aspectos defensivos en la lucha contra el virus, como la vacuna, como ofensivos como bombas bacteriológicas para acabar con la infección o armas caseras para que la gente pudiera defenderse de los zombis. También estaban los agentes especiales, que se encargaban de tácticas y seguimientos de las masas de zombis que asolaban las ciudades para poder actuar en consonancia. De repente, el televisor se llenó con un fondo negro. Pasados unos segundos, una conexión de última hora apareció en la pantalla en sustitución del reportaje de la B.H.S.U.
-“Interrumpimos nuestro reportaje para ofrecerles una noticia de última hora. Al parecer, China habría lanzado una de sus bombas nucleares sobre Pekín para evitar el avance del virus. Conectamos con nuestra enviada especial en China para que nos dé más datos.” –Dijo Pedro Piqueras con visible asombro y preocupación.
Una chica joven, que nunca antes había visto haciendo una conexión, apareció en una pantalla paralela a la del plató del informativo.
-“Cuéntanos patricia, ¿qué es lo que ha pasado?” –Le preguntó Pedro piqueras.
-“Pues bien, al parecer una bomba nuclear de gran poder, desconocemos aún de que tipo, ha hecho explosión en el centro de Pekín arrasando la ciudad por completo. Varios medios del actual presidente de China, Hu Jintao habrían obligado en el día de ayer a desalojar por completo la ciudad, pero en ningún caso se tenía constancia de que sus intenciones eran detonar una bomba en medio de ésta. Se calcula que tan solo entre el veinte y el treinta por ciento de la población ha conseguido refugiarse y ponerse a salvo en pueblos cercanos como en el que nos encontramos. En números redondos habrían perdido la vida con la explosión más de quince millones de personas.” –Decía la chica con voz entrecortada y con los ojos a punto de llenarse de lágrimas.
Sentí un escalofrío como ninguno que hubiera tenido hasta la fecha que me puso los pelos de punta y la carne de gallina. No podía dar crédito a una barbaridad así hacia su propio pueblo. Pedro Piqueras se mantenía firme aunque visiblemente preocupado mientras continuaba hablando con la joven reportera.
-“Podemos ver a lo lejos lo que parece ser un gran columna de humo formada por varias más pequeñas”.
-“En efecto. Aunque nos encontramos a varios quilómetros de la explosión, los restos de la onda expansiva son claramente apreciables. Se prevé que nadie de los que…” –La chica no pudo aguantar más y comenzó a llorar.
Dejé la tele encendida, me levanté del sofá y me preparé un buen trago. Esta vez no tenía miedo, no me temblaban las manos ni tenía taquicardia. Lo único que notaba era un leve cosquilleo en la nariz y en los ojos. Cogí un buen pedo y me quede dormido en el sofá.
Me levanté por la mañana. Era el segundo día que pasaba encerrado en casa y ya empezaba a sentir claustrofobia. Cogí el teléfono y hable con Ana. Por suerte en su pueblo solo había habido un par de casos de infección y ya estaban erradicados. Hablamos largo y tendido del suceso de China y nos despedimos con la esperanza de volver a hablar al día siguiente. Llamé a Albert y comentamos el suceso. Intentaba no hacerle pensar mucho en Carlota, pero no siempre lo conseguía. Mientras hablaba con él por el inalámbrico –las líneas de telefonía móvil estaban prácticamente saturadas– encontré fuerzas y subí a la pequeña terraza del piso de arriba para echarle un ojo a la situación. No tuve que esperar demasiado para ver al primero de ellos deambulando por la zona. Me agazapé con la esperanza de que no lograra verme y lo observé mientras pasaba de largo.
-¿sigues ahí?
-¡Shhhhhh!… Vale ya se ha ido, estaba echando un ojo.
-¿Cuantos has visto? –Me preguntó Albert expectante ya que él aún no se había atrevido a asomarse por miedo a que lo detectaran.
-De momento sólo a uno pero acabo de sub… –Antes de que pudiera acabar la frase un par de zombis aparecieron en sentido contrario al otro.
-¿Hola? –Repitió de nuevo el impaciente Albert.
Dejé que pasaran de largo y continué hablando.
-¡Hola capullo, hola! –Le susurré molesto-. Sigo aquí cretino, solo que permanezco en silencio para que no me descubran.
-¡Ahh vale!
-Será mejor que vuelva dentro. – Le comenté a Albert bastante acojonado.
Antes de entrar vi a un último zombi. Este no caminaba, se arrastraba. No sabía si era paralítico antes de convertirse o simplemente algo le había pasado por encima después de su transformación. Fuera cual fuera su caso me importaba bien poco, lo único que quería era que no me viera y alertara al resto de sus pútridos camaradas. Volví de nuevo a mi acogedor refugio y cerré la gran ventana para evitar que los ruidos me delatasen.
-Joder, esos bichos me acojonan cada vez que los veo. –Proseguí agitado.
-Yo desde el día de la madre y la hija no me he atrevido a ver a ninguno más en directo.
-Pues ojalá y puedas continuar haciéndolo mucho más tiempo. Bueno, creo que voy a practicar un poco con el arco. Desde aquel campamento hace más de diez años no había cogido uno.
-Tienes razón, yo también debería practicar, hablaremos luego.
Después de despedirnos bajé al garaje. No me atrevía a salir al jardín por si aquellos monstruos me escuchaban. Por suerte por aquellas fechas las mascotas abandonadas no paraban de ladrar y maullar en busca de sus amos, ahora probablemente convertidos en zombis y no hacía falta guardar tanto silencio. Improvisé una diana con un cojín naranja al que le pinté varios círculos. Los primeros lanzamientos eran torpes y ni siquiera penetraban en el cojín, pero después de casi una hora de práctica mi puntería mejoró notablemente. De repente, y cuando ya iba a dar por finalizada la práctica del día, un derrape seguido de una colisión me hicieron despertar de mi apacible calma. Dejé el arco en el suelo y subí las escaleras a toda velocidad. Llegué hasta mi habitación y abrí la ventana que daba a la terraza. No imaginaba cómo pero los vecinos de enfrente habían conseguido regresar. Aunque por desgracia la cosa no había salido exactamente como ellos esperaban. El pequeño utilitario azul se había empotrado contra el muro de la casa, eliminando de la ecuación las dos únicas formas de salvarse que tenían. El padre intentaba abrir la puerta pero ésta se había dañado con el impacto y ahora su única opción era salir arrastras por la ventanilla. La mujer salía por su propio pie del vehículo por la puerta del copiloto, pero antes de que pudiera reaccionar, un par de zombis se la estaban rifando para ver quién era el primero en probar bocado. Los dos niños de apenas diez años, salían por las puertas traseras aterrorizados en dirección a la casa entre gimoteos y lamentos, y una anciana que nunca había visto antes y que supuse era la abuela, permanecía inconsciente y abandonada a su suerte todavía dentro del vehículo. Posiblemente a alguno de los dos adultos se le había ocurrido la genial idea de ir en buscar a su madre poniendo en peligro a todos los otros miembros de la familia. Lo irónico de la situación era que después de tanto trajín, hubieran abandonado a la anciana dentro del vehículo. Esos eran los pocos momentos en los que me alegraba por no tener a ningún familiar vivo.
Por azar o por fortuna, el propio impacto del vehículo había conseguido crear una barricada que impedía el paso de los zombis. Fue un golpe de suerte que no tardaría en esfumarse. El padre rebuscó en uno de los bolsillos en busca de las llaves de casa. Después de unos interminables segundos, cayó en la cuenta de que se habrían caído dentro del vehículo por culpa de la acrobacia que había realizado momentos antes. Volvió cojeando hasta el automóvil y metió medio cuerpo dentro para dar con ellas. Por desgracia los zombis ya se arrastraban hacia el interior del coche gracias a la puerta abierta del copiloto y conseguían probar un poco de la carne del cabeza de familia. El hombre salió escopeteado fuera del vehículo con el brazo chorreando sangre y un amasijo de llaves en la mano. Cuando llegó a la puerta de entrada, un par de zombis ya habían conseguido colarse en el jardín a través del coche. Miré a mi alrededor en busca del arco pero caí en la cuenta de que lo había dejado en el garaje con el susto. No sabía lo útil que podía resultar mi ayuda, pero valía la pena intentarlo. Bajé de nuevo con el corazón en un puño, recogí el arco, y volví a subir las tres plantas exhausto. Cuando me asome nuevamente por la ventana el hombre parecía no haber tenido demasiado éxito en su búsqueda, ya que ahora forcejeaba con las dos criaturas que se habían colado dentro del jardín, recibiendo pequeños mordiscos y arañazos de cada uno de ellos. Tensé el arco y disparé. La primera flecha por poco dio a uno de los niños agazapados en la puerta. Cargué el arco con otra flecha y disparé de nuevo. Esta vez la flecha se clavó en una de las pantorrillas de uno de los zombis, pero éste ni siquiera se inmutó. Cuando iba a disparar una tercera flecha me di cuenta de que el padre conseguía zafarse de sus dos putrefactos agresores y lograba introducir la llave dentro de la cerradura. La puerta se abrió y los dos muchachos entraron esperando que el padre les siguiera. Justo cuando este último iba a empujar a sus hijos dentro y a cerrar con llave, uno de los dos zombis consiguió echársele al cuello y morderle sin piedad. Ante tan amarga escena, los dos niños se quedaron estupefactos. Cuando al fin reaccionaron, otro de los zombis ya tenía la mano en el marco de la puerta. Aunque con el impacto seguro que consiguieron romperle varios dedos, el zombi consiguió entrar en la casa y devorar a uno de ellos antes siquiera de cruzar el recibidor. El aire me faltaba. Esas crudas imágenes me habían destrozado por dentro. Me metí en mi habitación de nuevo, cerré la ventana, y me eché sobre la cama.