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jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo octavo: Una nueva distracción



Me levanté y encendí el interruptor de la luz pero no funcionó, así que me decidí por levantar la persiana y dejar que los primeros rayos de sol entraran por la ventana. Bajé al salón y probé suerte pero ninguna de las luces funcionó, intente encender la tele pero nada. Bueno de todas formas el último canal había dejado de retransmitir semanas atrás con un desaliñado Matías Prats despidiéndose entre lágrimas de la audiencia tras varios días de noticias ininterrumpidas. Miré los contadores y todos estaban conectados. Como temía la luz se había ido y muy difícilmente iba a volver. Al menos habian aguantado hasta el último momento, ni de lejos pensaba que la energia duraria tanto.
Baje a la despensa, ya sólo quedaban un par de sobres de pasta precocinada y una lata de sopa. Según mis cálculos, la comida que había comprado en el supermercado dos meses atrás debería haberme durado por lo menos otros cuatro, pero iba a tener que racionar mucho los dos sobres y la lata si quería cumplir mis objetivos. Debía moverme, tenía que ir a buscar comida a algún sitio o moriría de hambre. La bebida también era un problema; aunque con los cubos en el tejado había conseguido algo de agua extra, hacia un par de semanas que no llovía y ya apenas me quedaban dos garrafas de las veinte que había comprado. La opción más sencilla era cruzar hasta alguna de las casas de los vecinos en busca de suministros. Iba a ser más fácil decirlo que hacerlo; desde que me había parapetado en mi casa no me había atrevido a salir ni al jardín por miedo a que esos engendros cruzaran el pequeño muro y los setos al oírme. La forma más sencilla era saltar alguno de los muros divisorios que separaban mi casa de las otras dos más cercanas, pero como he dicho, le tenía pavor al jardín y por si fuera poco, todo el primer piso estaba tapiado. Si hubiera sacado las maderas de alguna de las ventanas, no podría haberlas vuelto a colocar porque el ruido del martilleo hubiera alertado a todos los zombis de la zona. Debía ser precavido o lo arruinaría todo. Lo primero que hice fue bajar al garaje en busca de una escalera que sirviera como puente entre las dos casas. Encontré una escalera modular y la adapté hasta que quedó totalmente recta. Después subí hasta mi habitación y con algunas bridas até un par de los tablones que había utilizado para tapiar la planta inferior, a la escalera. Mi puente ya estaba listo. Cogí el arco y salí al balcón con cuidado. Disparé una flecha contra la pequeña ventana opaca de uno de los lavabos de la planta superior de la casa de al lado y volví a esconderme dentro de mi habitación. Esperé un par de horas mientras los zombis rastreaban el ruido y se percataban de que no había ninguna presa a la que poder hincarle el diente –tiempo era algo de lo que en esos momentos disponía en grandes cantidades- y saqué mi puente de asedio de fabricación casera. Lo tendí entre la barandilla de piedra de mi balcón y la cornisa del lavabo vecino y me cercioré de que no había zombis a la vista. Crucé con cuidado rogando por que la escalera no se partiese, si caía al primer piso, aunque no me hiciera daño, no iba a tener forma de volver a entrar en casa debido al tapiado de puertas y ventanas.
Después de unos tensos segundos, conseguí cruzar al otro lado. Entré con cuidado dentro del lavabo, y abrí la puerta que daba al pasillo. Un ligero pero claro olor a podredumbre me asaltó con la primera bocanada después de abrir la puerta. Antes de ir en busca de provisiones debía asegurarme de que allí no quedaba nadie. Registré las habitaciones de la planta superior con el pacificador en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra, por suerte todo estaba despejado. Opté por bajar a la primera planta y verifiqué que allí no había nadie tampoco. Abrí la puerta y bajé por unas extrañas escaleras de caracol metálicas hasta el garaje lo más en silencio que pude. La peste allí era casi insoportable, después de unos segundos entendí el porqué. En una de las esquinas del garaje yacían muertos un par de galgos que el padre de familia usaba cuando iba a cazar, rodeados por decenas de heces y orines resecos. Cerca de ellos había un par de enormes cuencos metálicos que posiblemente habían albergado comida y bebida tiempo atrás. Un gran saco de pienso rasgado a medio acabar en la otra punta de la estancia me hacía suponer que la causa de muerte había sido el agua y no la comida. Lo más probable era que hubieran dejado alimento y bebida sólo para los días que estuvieran fuera, después de todo, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana los hijos del mismisimo demonio se iban a poner a pasear por la tierra?
Hasta ese momento no me había percatado de que los ruidos de las mascotas habían desaparecido semanas atrás, y no pude dejar de preguntarme cuantos animales indefensos habrían perecido también encerrados en sus hogares a la espera de un amo que nunca regresó.
Tan solo quedaba una pequeña bodega separada del garaje por una puerta, saqué la linterna que llevaba en el bolsillo y entré poco decidido y muy asustado, las piernas parecian de gelatina y apenas podian sostenerme. Enfoqué en todas direcciones pero allí tampoco parecía haber ningún infectado, y mejor que eso, acababa de dar  con un pequeño botín de comida y bebida. Parecía que después de todo, la incursión iba a resultar una buena idea. Subí a las plantas superiores y rebusqué algo más que pudiera saquear, de todas formas dudaba mucho que sus anteriores inquilinos fueran a volver. Entré en la cocina y rebusqué en los armarios. Encontré bastante comida entre galletas, cereales y pasta aún sin empezar. Abrí la nevera pero no resultó tan fructífera como había supuesto, un hedor a carne podrida infestó aún más la habitación. Cerré de nuevo y continué con la búsqueda. De repente caí en la cuenta de que si el padre iba a cazar, seguramente tuviera alguna escopeta escondida por casa. Subí a la habitación suponiendo que era el lugar más probable y comencé a rebuscar en los armarios. Cuando estaba a punto de rendirme y probar suerte por otro lado, un sonido hueco me alerto de que detrás del armario empotrado había algo. Saqué las baldas de la ropa con cuidado y empujé suavemente el tope del armario hasta oír un ligero “click”. Al parecer el armario daba a una pequeña habitación de un par de metros cuadrados con una gran caja fuerte en su interior. Medía cerca de metro y medio  y estaba hecha de grueso acero. Una combinación numérica de cuatro dígitos y una llave me separaban de lo que fuese que hubiera dentro. En realidad lo que menos me importara ya era lo que se escondía en su interior, después de varios días sin nada que hacer este nuevo reto me suponía un alivio. Me olvidé de las provisiones y me puse a buscar la dichosa llave, los números ya los descifraría tarde o temprano –como he dicho antes, tenía tiempo de sobra-.
Busqué durante horas pero nada, se hacía de noche y era hora de volver a mi segura morada. Encontré un viejo monopatín y até un par de mochilas de deporte repletas de comida a él, crucé con todo por mi puente improvisado y almacené lo que pude antes de preparar la cena. Como suponía la electricidad no había vuelto, así que saqué el camping gas que había comprado y me preparé una  sopa bastante pésima.
Me levanté al día siguiente ansioso por continuar con la búsqueda de la llave que abriría la caja fuerte, de hecho apenas había podido pegar ojo en toda la noche imaginando que podría contener el preciado cajón blindado. Crucé por el puente y me puse manos a la obra. Registré en todos los armarios y cajones de la casa, en los jarrones decorativos e incluso en la cisterna del retrete pero nada de nada. Cuando llegó la hora encendí el walkie y me dispuse a hablar con Albert como todos los días para informarle de lo que había encontrado.
-Ojalá y pudiera estar allí, echo de menos cualquier tipo de diversión. Mi madre y mi hermano se están haciendo insoportables y cada dos por tres tengo que llamarles la atención a los dos para que discutan un poco más bajo.
-¿Como vais de comida? – Le pregunté preocupado.
-Mi hermano y mi madre trajeron comida de sus respectivas casas pero no voy a mentirte, empieza a escasear. Hemos decidido hacer una incursión como tú a la casa de al lado. Espero tener la misma suerte.

Hacía cinco días desde que comenzara la búsqueda de la llave y mis esfuerzos aun no habían obtenido resultados satisfactorios. Antes de volver a cruzar a la casa de los vecinos decidí prepararme un buen desayuno. Cogí el bote de Cola-Cao que había recuperado de la casa de al lado y me dispuse a hacerme un más que probable repugnante batido con agua. Abrí la tapa y descubrí una bolsita de plástico dentro. La saqué y la limpié con un poco de agua que había en el vaso. No me lo podía creer pero allí estaba, después de tanto buscar por toda la otra casa resultaba que la tenia conmigo desde el primer día. Me olvidé de la idea del batido y atravesé el puente que unía las dos casas a toda velocidad. Introduje la llave dentro de la caja fuerte y me aseguré de que era la correcta. Perfecto, ahora ya solo quedaba intentar descifrar el código. Había nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades, aunque lo más probable era que lo descifrara en menos intentos. Empecé con el 0001 y proseguí durante todo el día. Tan sólo me moví de allí para alimentarme e ir al baño. Cuando oscureció volví a casa con dolor de cabeza y me eché a dormir. La mañana siguiente decidí levantarme tarde. Sabía que en cuanto encontrara el maldito número el mundo se me volvería a echar encima.
A media tarde me colé de nuevo en la casa de los vecinos y continué probando combinaciones. Casi cuando el sol se ocultaba por completo, una breve melodía electrónica me indicó que había dado con el número correcto. Era el 9111, estaba claro que con mi suerte tenía que ser uno de los últimos. Quería esperar hasta el día siguiente para ver el contenido de la caja, pero mi impaciencia se apoderó de mí. Giré una pequeña palanca metálica y abrí con expectación la robusta puerta. Como suponía, allí había un par de armas largas y algunas cajas de munición. Además de eso, había también varias joyas y un montón de grandes fajos de billetes que ahora sólo me servirían para limpiarme el culo. Dejé las joyas y el dinero por el momento, saqué las armas y volví a dejarlo todo tal y como estaba antes de mí allanamiento. Escondí la llave en un lugar seguro y bajé al salón a inspeccionar los dos rifles. Una era una carabina de poco calibre seguramente usada para tiro deportivo. En una de las cajas ponía calibre .22, cargué el arma y la dejé a un lado. La otra era una escopeta de doble cañón que usaba cartuchos de calibre .12 seguramente muy similar a la que había usado Ana para defenderse de su familia infectada, sin éxito. Después de tanto tiempo, todos los recuerdos volvieron a mí llenándome los ojos de lágrimas.

Capítulo séptimo: Desorientación


Desperté mareado y con náuseas. Me incorporé a duras penas y bajé las escaleras desorientado. Allí estaba de nuevo. El mismo salón, el mismo televisor, el mismo sofá. Debería  haber tomado muchas más, pero mi subconsciente no tubo agallas. Abrí el grifo para tomar un sorbo de agua, pero tras un breve goteo dejó de fluir. Perfecto, más buenas noticias pensé. Caminé hasta el cuarto de baño e introduje la cabeza en la rebosante bañera provocando un pequeño desbordamiento. La zambullida me había hecho despejarme un poco, pero aún no sabía ni siquiera en qué día estaba. Me sequé la cabeza con la toalla y me dirigí al salón para encender el televisor. Un breve zapping me indicó que ya sólo dos de los tres canales que habían resistido hasta ahora, seguían en antena. Conecté uno de los teletextos, que aunque no tenía información de ninguna programación sí mantenía el calendario y la hora. Al parecer y si no estaba mal programado, habían pasado tres días desde que intentara suicidarme sin éxito. Las nauseas habían pasado y ahora un hambre atroz me indicaba que mi cuerpo necesitaba alimentarse. Preparé un detestable risoto de sobre y me senté en la mesa a ver qué había ocurrido en el mundo durante mi letargo.  Por lo visto, me había perdido una comparecencia del rey, aunque de todas formas ya imaginaba el mensaje principal.
-“Es para mí motivo de orgullo y satisfacción marcharme a un bunker que he construido con vuestros impuestos mientras vosotros os pudrís en vuestras casas y esperáis a morir de hambre y de sed.”
Bueno, pensé, al menos ha tenido el valor de resistir hasta ahora –en aquellos momentos no sabía que desde el primer día del apocalipsis, él y toda su familia se habían refugiado en un bunker de máxima seguridad, y la comparecencia de hacia días la había hecho ya desde allí-.
Además de la comparecencia no me había perdido gran cosa, salvo que como era de esperar, media docena de bases civiles habían caído ya en diferentes puntos del país. El maldito virus iba a acabar él solito con la raza humana. Cogí el teléfono que me quedaba después de que el otro se hubiera roto en el balcón de la segunda planta y llamé a Albert, que ahora era la única persona con la que podía hablar.
-Hola, ¿Albert? –Le pregunté con apatía
-¡Aleluya!, te he estado llamando estos últimos días pero no has cogido el teléfono.
Entonces le conté todo lo que me había sucedido en los tres últimos días.
-No sé qué decir, salvo que lo siento. Yo tampoco he recibido noticias de Carlota así que…
-¿Y qué tal están tu hermano y tu madre?
-Bien, bueno, dentro de lo que cabe…
-Las líneas no tardaran en caer, yo ya no tengo suministro de agua.
-Lo sé, yo tampoco, he puesto algunos cubos en el tejado para que recojan el agua cuando llueva, si es que llueve…
-Buena idea, voy a hacer lo mismo. Por cierto, en cuanto a lo del teléfono, ¿recuerdas aquellos walkie talkie que utilizábamos cuando íbamos a esquiar?
-Claro, podríamos utilizarlos, el mío debe estar aún en algún cajón de mi habitación, voy a ver…
Tras un par de minutos de escuchar ruidos y maldiciones, Albert volvió a ponerse el auricular en la oreja. Yo ya había recuperado el mío, recordaba haberlo puesto en la guantera del Jeep la última vez que habíamos salido y allí estaba aún. Apenas daba alcance para un par de kilómetros, suficiente para lo que lo necesitábamos. Lo encendí pero dentro del parking apenas había señal, subí al primer piso e intenté contactar con él.
-¿Me recibes?- Le pregunté por el walkie.
-No te escucho muy bien –Me respondió él con la voz entrecortada.
-Espera le dije esta vez por el teléfono, voy a subir a la segunda planta… ¿ahora qué tal?
-Mucho mejor. Bueno pues así ya sabemos qué hacer para contactar en caso de pérdida de la línea.
Después de hablar un buen rato aprovechando los últimos momentos de las líneas telefónicas, colgamos y volví a la horrible monotonía en que se había convertido mi vida, solo amenizada por tragedias y fracasos personales.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo cuarto: Provisiones y armas


En el supermercado, el ambiente de tensión se podía notar en el aire. Todos estábamos preocupados, pero algunos más que otros. Yo lo tenía claro, debíamos comprar productos lo más imperecederos posibles y de sencilla preparación. Llenamos uno de los carros con garrafas de agua mineral y otro con comida enlatada, sobres deshidratados y barritas energéticas, y salimos de la tienda lo más rápido que pudimos. No nos hacía gracia vernos expuestos sobre todo después de lo que acabábamos de presenciar. Cargamos las provisiones en mi Jeep, pero antes de volver a la seguridad de nuestras casas decidí pasar por un par de sitios más a pesar de la negativa de Albert.
Nuestra primera parada después del supermercado fue una macro tienda de deportes. En aquellos momentos la paranoia me invadía y era completamente presa del pánico, cada treinta segundos daba una vuelta de trescientos sesenta grados para asegurarme que no había ninguna de esas cosas pululando a nuestro alrededor. Quería seguir el consejo de Albert y marcharnos para casa, pero sabía que tal vez fuera la última oportunidad de aprovisionarnos antes de que las cosas se pusieran aún peor. Compré varios artículos de supervivencia como linternas, un par de mochilas, un buen puñado de pilas, cerillas impermeables y hasta un camping gas con unos cuantos cartuchos extras, si la cosa pasaba, me vería obligado a irme de camping para amortizar la inversión. De camino a las cajas pasamos por la sección de tiro y no pude resistirme a comprar un arco de competición y varias flechas. Hubiera preferido poder comprar un rifle automático o un par de Pistolas Beretta 9 mm., pero esto por desgracia no era Estados Unidos y no te regalaban un arma con tu Happy Meal. Albert siguió mi ejemplo y cogió otro, después de todo no sabíamos si la cosa se iba a poner peor. No sólo me preocupaban los infectados, también los amigos de lo ajeno tan característicos de las situaciones de necesidad.
Pasamos por caja ante la mirada atónita de la cajera y nos dirigimos hacia la última parada, la ferretería. No quería dejar mi casa desprotegida mientras yo estaba en la otra punta del país. Compré varios listones para tapiar puertas y ventanas de la planta de abajo y salimos de la tienda.
Una vez en Alella, dejé a Albert en su casa con su parte de las provisiones y conduje hasta la mía. Por suerte no había señales de infección por la zona. Guardé el coche en el parking y subí al salón para poner el noticiario -que ya se había convertido casi en una droga-. El suceso de la madre y la hija ni siquiera apareció. Había tantos casos en todo el país que ya era imposible reportarlos todos.
Cogí el teléfono y llamé a Ana.
-Hola cariño, al final he decidido que vendré a Galicia. También he invitado a Albert y a Carlota si tus padres están de acuerdo.
-Claro, no habrá problemas, me alegra oírlo, y ¿cuando vienes?
-Mañana prepararemos el viaje, y en cuanto Carlota llegué de Formentera saldremos hacia allí.
Omití la parte del incidente con la madre y la hija y nos despedimos. Preparé algo de comer y me mantuve en el televisor hasta bien entrada la madrugada. Por lo visto era bastante probable que, dada la situación se impusiera el estado de excepción y los toques de queda en todo el territorio en los próximos días –varios países como Estados Unidos y Canadá ya se habían acogido a esos estatutos-.
Me levanté temprano. No había podido pegar ojo repitiendo una y otra vez la escena vivida el día anterior, en cuanto cerraba los ojos la imagen de la pequeña con su vestido empapado de rojo carmesí venia a mi mente sin remedio. Desayuné algo y me puse a tapiar las ventanas. Con tanto alboroto me había olvidado llamar a Verónica para que no fuera a trabajar a la oficina. La llamé al móvil pero no lo cogió, probé suerte en el despacho y en su casa, pero tampoco descolgó. Tragué saliva y continué tapiando.
Después de un trabajo bien hecho, encendí el televisor. A las tres de la tarde se esperaba una comparecencia del mismísimo Rey Juan Carlos. Me mantuve pegado al televisor hasta la hora del comunicado y escuche lo que tenía que decir.
-“Queridos ciudadanos, nos encontramos en un momento de crispación y temor, y por ello he decidido instaurar el estado de excepción. Durante la tarde de ayer y todo el día de hoy, se me ha informado de numerosos saqueos en varias ciudades de nuestro país. Por el bien de los ciudadanos me veo obligado a imponer el toque de queda en todo el territorio español, incluidas las islas. Todo aquel que sea visto a partir de las nueve de la tarde, será arrestado inmediatamente…”
Allí estaba, como habían presagiado los medios. Si el rey se había visto obligado a instaurar el estado de excepción, es que las cosas se estaban desmoronando muy rápidamente. Cambié de canal.  Disturbios en la mitad de los países del mundo, el ejército ya había salido a la calle en otros tantos. Había llegado el caos total, el principio del Apocalipsis. Ahora solo cabía esperar que todo acabara cuanto antes.
Llegó el día de partir hacia Galicia, después de un par de llamadas infructuosas –las líneas empezaban a estar saturadas- conseguí contactar con Albert.
-Y bien, ¿ya ha llegado? – Le pregunté inquieto y nervioso.
-No, y ayer tampoco conseguí hablar con ella. Me tiene bastante preocupado. Mi hermano se ha mudado a mi casa, ha decidido quedarse aquí, dice que su apartamento es muy pequeño.
-¿Seguro que no quiere venirse con nosotros?, la casa es grande.
-No, esperará a mi madre y se quedaran aquí, dicen que es más seguro. De hecho creo que me  quedaré con ellos. No puedo irme sin Carlota.
-Claro, lo entiendo.
-Tal vez esta sea la última vez que hablamos.
-No digas eso, capullo, ya verás como en un par de semanas los del ejercito se ponen las pilas y podemos volver a nuestra antigua vida. –Dije sin creerme mis propias palabras.
-Buena suerte entonces. –Dijo él con resignación.
-Igualmente y...raciona la comida. Descuida, la humanidad saldrá de ésta.
Era hora de ponerme en camino, no podía esperar mucho más o las carreteras se colapsarían. Era ahora o nunca. Subí a mi habitación y metí varias mudas de ropa al azar dentro de la mochila. También me agencié el viejo bate de béisbol que decoraba una de las pareces de mi cuarto. Bajé a la cocina y escogí los dos cuchillos más largos y afilados que tenia, por si surgía el caso. Continué escaleras abajo y llegué al garaje. Accedí a un pequeño trastero y me hice con mi viejo equipamiento de moto. Unos guantes de neopreno, un casco integral negro y una chaqueta que me había salvado la vida de un par de caídas serias gracias a sus protecciones en hombros y antebrazos. Me monté en el cargado Jeep y salí de mi fortificado refugio.
Por lo visto, no era el único que se iba a mudar una temporada. Varios vecinos cargaban sus maletas con presteza dentro de sus coches. Ni preguntas ni saludos, nadie parecía estar para banales cortesías ese día. Salí de la urbanización y me dirigí como otros tantos vehículos a la autopista. Suponía que el peaje de acceso estaría colapsado, pero ese no fue ese el caso. Todas las barreras estaban levantadas. Eso me preocupó aún más. En los casi veinte años que llevaba viviendo allí, no recordaba que se hubiera dado esa situación ni una sola vez. El carril de acceso era lento, pero aún más lenta era la autopista, a pesar de que los más listos habían creado un cuarto carril aprovechando el arcén. Debería haber salido antes, me repetía una y otra vez. A juzgar por el denso tráfico, ya eran pocos los que aún permanecían en sus casas. Tardé casi tres horas en recorrer media docena de kilómetros. Mucha gente abandonaba la psicológica seguridad del interior de sus vehículos y se subía sobre ellos para ver hasta donde llegaban las retenciones. Al bajar, todos soltaban unos cuantos tacos e improperios y volvían a meterse en el interior del coche.
Después de otros interminables cuarenta minutos, algo sucedió. Primero era un goteo controlado, pero al poco tiempo se convirtió en una avalancha de personas. Varios hombres, mujeres y niños corrían en dirección contraria a la autopista con visible pánico arrastrando las pocas pertenencias que podían cargar. Abrí el techo solar y me subí sobre el asiento para ver lo que sucedía. A lo lejos pude ver como una fina columna de humo negro se levantaba pasada una curva, y una marabunta aún más grande de personas se aproximaban corriendo por delante de diez o doce individuos deambulantes que supuse eran infectados. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. No tenía ni idea de que hacer. Si dejaba mi vehículo abandonado podría salvarme, pero dentro iban todas las provisiones de las que disponía. Sin ellas no duraría más de una semana. Estaba seguro de que ningún desconocido me ofrecería su casa como refugio ni compartiría la escasa comida de la que dispusiera conmigo.
Cerré los ojos con fuerza, inhale profundamente y volví a abrirlos. Cuando las coloridas centellas provocadas por la presión al cerrar los ojos desaparecieron, la primera visión que tuve fue la de un pequeño cartel blanco que indicaba una próxima salida. Sin pensarlo dos veces, me introduje de nuevo en el coche y aceleré, golpeando al coche de delante, ahora abandonado, para que me diera espacio de maniobra. Puse marcha atrás pero el coche que iba detrás había conseguido pegarse a mí impidiendo de nuevo que pudiera maniobrar. Cabreado y asustado, puse reductora, y empujé al impaciente conductor varios centímetros. Antes de que se bajara a darme dos ostias, aceleré y me dirigí hacia la desviación por el medio de dos carriles. Los laterales del coche crujían cuando rozaban con los vehículos o se llevaban por delante algún que otro retrovisor, y algunos de los pocos propietarios que aún permanecían en los coches tocaban el claxon y dirigían agravios hacia mi persona. Después de unos inquietantes segundos, alcancé el desvío. Según las indicaciones de éste, me llevaría a un pueblo vecino. Por suerte me conocía suficientemente bien la zona y pude salir de ahí sin problemas. El espectáculo no era mucho mejor allí. Algunos zombis caminaban despreocupados por las aceras, y varios transeúntes corrían de un lado a otro intentando preservar sus vidas. Uno de ellos, un hombre con calvicie avanzada y gafas de pasta defendía a su familia de uno de esos muertos a base de maletazos en la cabeza.
No podía dejar de pensar como solo en cuestión de un par de días las cosas se habían podido descontrolar de esa manera. Las manos me temblaban y el corazón se me aceleraba cada vez más. Debía volver a la seguridad de mi hogar. Hacer mil doscientos kilómetros con ese panorama iba a ser completamente imposible.
Esquivé a la gran mayoría, pero con ése no pude reaccionar a tiempo. Era una anciana vestida con bata y zapatillas de estar por casa. Acababa de sortear a un joven que se dirigía de frente hacia mí cuando la vieja apareció. El impacto fue irremediable. La mujer estaba tendida en el suelo, a juzgar por su aspecto y color de piel, era uno de ellos. No esperé a que se levantara, aceleré y esquivé su cuerpo malherido dejándola atrás. Después de eso, la taquicardia aumentó hasta tal punto, que creía que me iba a dar un infarto allí mismo. Después de unos eternos treinta minutos, logré llegar a casa y aparcar de nuevo el ahora destrozado coche en el garaje. Bajé de él, subí al salón y cogí uno de los cigarros que guardábamos para las visitas ya que yo fumaba en raras ocasiones. Cogí el Zippo que me había guardado en el bolsillo antes de salir y abrí la tapa. Después de intentar encenderlo hasta en cuatro infructuosas ocasiones partí el cigarrillo por la mitad y lo lancé al suelo. Me dirigí a la cocina y probé más suerte con una copa rebosante de Vodka. Aunque la mitad del licor terminó derramado en la encimera, conseguí servirme una copa. Dirigí la temblorosa mano hasta mi boca, y lo tomé de un largo trago. Caminé de nuevo hasta el salón, me senté en el sofá y cerré los ojos.

Capítulo primero: Flash forward


Empecé a correr sin saber hacia dónde me dirigía. Esos malditos bastardos estaban por todas partes y solo tenían ojos para mí. Claro que era comprensible, al fin y al cabo yo era especial, yo era el único de todos ellos que aún respiraba.
Aunque yo era más rápido, ellos eran más, muchos más. Escapar no iba a resultarme fácil. Todos los portales estaban cerrados, tal vez, mejor que lo estuvieran, lo más probable era que esos edificios estuvieran plagados de monstruos también.
De repente fijé mi vista en un enorme Hummer al final de la calle con las siglas de la B.H.S.U. impresas en la puerta, que por si fuera poco, estaba abierta. Sin pensarlo dos veces, desenfundé el arco y me preparé para lo que pudiera surgir. Cuando llegué, un par de agentes especiales de la B.H.S.U. estaban esperándome. A mí o a cualquier ser humano al que aún le latiera el corazón. Rápidamente, tensé el arco y le disparé al más cercano en la cara. Estaba a menos de dos metros, era un tiro seguro.
Con el siguiente no me resultaría tan fácil. Lo tenía casi encima y no tenía tiempo para disparar el arco una segunda vez, así que antes de que el primero se desplomara en el suelo, le arranqué la flecha de la cara y la usé para ensartarle un ojo al que aún estaba en pie.
Miré en todas direcciones y no vi nada. Perfecto, así tendría tiempo de saquear los cuerpos. Los agentes especiales eran los únicos de toda la B.H.S.U. que llevaban Mágnum Desert Eagles. Eran tan potentes que con un poco de suerte podían eliminar a tres zombis de un solo disparo. Rebusqué en el primer cuerpo pero solo encontré la placa de identificación del agente y un par de cargadores sin usar. Hubiera preferido encontrar la pistola pero los cargadores también podrían serme útiles. En el caso de conseguir la pistola, claro. Me dirigí al segundo cuerpo esperando tener más suerte. De nuevo, su funda estaba vacía. Tenía tres cargadores en los bolsillos y su placa de identificación correspondiente, pero ni rastro de la dichosa pistola.
De repente, cuando me disponía a incorporarme, escuché un gorgoteo oclusivo detrás de mí. Era uno de ellos, no había duda. Desenvainé la katana y me levanté al mismo tiempo que daba un giro brusco, sin saber aún a qué distancia se encontraba el engendro exactamente. Antes de que tuviera tiempo de abalanzarse sobre mí, le asesté un golpe en el cráneo fulminándolo al instante. La katana se quedó atascada, así que tuve que poner el pie en el pecho del zombi para hacer palanca. Como si de una grotesca adaptación del rey Arturo se tratara, extraje la katana del cráneo del no muerto mientras borbotones de sangre coagulada salían de su frente corrupta. Ese cabrón había aparecido de la nada. Debía ser más cuidadoso en el futuro si no quería convertirme en una de esas cosas. Justo cuando iba a montarme en el coche, recordé que con el susto había olvidado cachear al último zombi…
-¿Llevas una pistola o es que te alegras de verme? – Le pregunté retóricamente.
En la cintura, bajo la chaqueta se podía distinguir un bulto. Probablemente era lo que andaba buscando. Abrí los botones de la chaqueta resistiendo las arcadas. Me resultaba difícil no mirar su cabeza, partida en dos como un melón. De pronto, algo llamó mi atención más que su cráneo. Ahí estaba, una magnífica Desert Eagle calibre .50 de color negro enfundada en su cinturón.
-¡Hoy es mi día de suerte! … si no fuera porque el planeta está lleno de zombis y yo estoy solo, rodeado de ellos.
Cogí la pistola con su funda, otros dos cargadores y su placa de identificación. Esta vez sí, limpié la hoja con el traje del agente, envainé la espada y me dirigí al coche contento por mi nueva adquisición. Me eché la pistola al cinto y me subí en el coche con mucho cuidado. Lo que menos me apetecía era encontrarme con otro zombi escondido en el asiento trasero preparado para darme una sorpresa. Por suerte el Humvee estaba vacío, en los asientos traseros tan solo quedaban algunos restos de sangre reseca. El vehículo tenía montada una torreta con una ametralladora pesada M-2 y una pala parecida a la de las máquinas quitanieves para apartar a los coches o a los zombis que se cruzaran en su camino, por cortesía de la unidad de desarrollo de la B.H.S.U.
Era hora de salir de ahí, ya había perdido bastante tiempo saqueando cadáveres y estaba seguro de que los infectados que me perseguían no tardarían en volver a encontrar el rastro.
-¿Cómo estos agentes habían podido transformarse? – No paraba de repetirme a mí mismo.
Pertenecían a una unidad especial con formación de combate, estaban montados en un vehículo blindado y tenían varias armas a su alcance. Además, no había ni rastro de refriega en el exterior del coche. Solo podía suponer que alguno de los tres contrajo la infección y no informó a sus compañeros. Se transformó en el interior del coche y atacó a los dos acompañantes.
Las llaves estaban puestas, las giré pero el coche no arrancó. Probablemente al salir corriendo del vehículo, se habían dejado el motor encendido y el tiempo había acabado con la gasolina del depósito. ¡Maldito idiota!, estaba perdiendo un tiempo precioso inspeccionando el coche y ni siquiera había comprobado si funcionaba. Bajé del vehículo como una bala. Sabía que el coche llevaba latas de gasolina para estos casos. Vi un par de ellas adosadas al maletero junto a una rueda de repuesto.  Probé suerte pero estaban completamente vacías. Estaba empezando a quedarme sin ideas.
De repente, apareció en mi mente la idea de que tal vez en el techo junto a la ametralladora podría quedar algo de gasolina. Me apoyé sobre la rueda de repuesto, subí con un impulso y… ¡Bingo! Ahí había otras dos latas de gasolina junto a un par de cajas de munición y por suerte éstas estaban llenas. Cogí una de ellas y la baje a toda prisa, abrí el tapón del depósito y vertí el contenido lo más rápido que pude. Volví a subir al coche y probé suerte. Un petardeo fugaz salió del Humvee. Puse la llave de nuevo en la posición original y volví a intentarlo. Esta vez el petardeo fue más prolongado, pero no conseguí encenderlo.
Antes de que pudiera intentarlo una tercera vez, vi asomar a uno de esos engendros al final de la calle. Al fin me habían encontrado.
Empezó a caminar torpemente hacia el coche y pronto le siguieron un par de docenas más. O me movía rápido o iba a servir de aperitivo a aquellos repugnantes bichos. Lo intenté por tercera vez pero fue en vano. Si no lo conseguía pronto, el motor se ahogaría y ya no habría nada que hacer. Si eso pasaba, no tendría más opción que subirme a la torreta y cargarme a tantos de esos zombis como pudiera.
Por suerte al cuarto intento y con el corazón a punto de salírseme por la boca, un enorme estruendo me indicó que el coche estaba listo para marcharse. Apreté el acelerador hasta el fondo y me dirigí directamente hacia ellos. La pala hizo su trabajo y los lanzó por los aires sin problemas. Miré hacia atrás por el retrovisor y vi que sólo un infectado había quedado en pie. Era una chica rubia de unos veinticinco años, con la boca llena de sangre fresca y uno de los brazos sosteniéndose únicamente por un par de tendones. Di marcha atrás y le pasé por encima sin miramientos. Después de todo, ese grupo acababa de matar a todos mis compañeros y creí conveniente darle las gracias de algún modo.
Cuando me disponía a salir al fin de ese maldito lugar, observé que uno de los zombis a los que había atropellado y lanzado por los aires estaba intentando levantarse con torpeza apoyándose sobre la pared. No pude evitarlo, la adrenalina y la furia me consumían por dentro. Bajé la ventanilla, desenfundé la Desert Eagle y disparé al cráneo de esa aberración mientras ésta clavaba sus ojos amenazantes sobre mí. Una bola de fuego salió del cañón y una explosión inundó la calle. La bala impactó en el cráneo, salpicando la pared con su masa encefálica. La mancha que dejó recordaba a uno de esos cuadros abstractos que antaño se exponían en los museos.
Subí la ventanilla y apreté el acelerador, aún tenía un largo camino por delante y no sabía si llegaría a mi destino.