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martes, 4 de junio de 2013

Capítulo Decimotercero: Huyendo de nuevo


Cruzamos parte del fantasmagórico parque abandonado intentando buscar una salida, pero las verjas eran muy altas o la caída era prácticamente mortal. Además, de noche con las linternas nos encontrarían enseguida, y sin ellas seriamos presa fácil de algún zombi perdido por el bosque. Lo único que podíamos hacer era escondernos en algún lugar del parque y salir al amanecer. En la aterradora oscuridad, parecía haber cientos de ojos siguiendo nuestros pasos, y el crujido de las agarrotadas atracciones a causa del fuerte viento que soplaba, no ayudaba a calmar la situación.
-¿Y bien, donde quieres esconderte? –Preguntó Albert.
-En el castillo embrujado.
-¿No se te ocurre nada mejor?
-¡Serás marica! Elijo el castillo porque tiene escaleras y por lo que sabemos los zombis no pueden subirlas, es de los sitios más seguros del parque. Además, si esos capullos nos encuentran dentro podremos huir por detrás, era mi atracción favorita de niño y me la conozco bien.
-Bueno como quieras pero con cuidado.
Llegamos hasta los enormes peldaños que daban acceso al interior del castillo y comenzamos a subirlos. Cuando el parque estaba abierto al público, los escalones se movían de arriba abajo dificultando seriamente la subida, pero ahora, sin corriente eléctrica permanecían inmóviles como los de cualquier otra escalera. Teniendo en cuenta lo cargados que íbamos era cosa de agradecer. Llegamos hasta arriba pero la puerta estaba cerrada, como era de esperar.
-¿Y ahora, genio? –Preguntó Albert.
Di un par de pasos atrás para coger carrerilla, me impulsé y golpeé con el hombro la puerta echándola abajo.
-Son puertas de una atracción genio ¿no esperarías que se hicieran con madera maciza, verdad? –Le dije mientras me incorporaba del suelo.
Albert sonrojado no dijo nada y se coló dentro de la oscura atracción mientras yo colocaba improvisadamente la puerta. Si subían las escaleras se darían cuenta de que la puerta había sido forzada, pero desde abajo no podrían notar la diferencia. Encendimos las linternas y conmigo a la cabeza cruzamos buena parte del castillo.
-Lo recordaba más tétrico. –Dijo Albert.
-Tal vez es porque la última vez que vinimos teníamos once años.
Continuamos hasta un pequeño tobogán metálico que daba a la planta de abajo.
-¡Venga baja gallina! –Le dije mientras le propinaba un leve empujón para tirarlo rampa abajo.
Justo al llegar abajo, Albert produjo un grito de angustia seguido de un par de enérgicos improperios. Cuando iluminé el tobogán para ver lo que fuera que allí hubiera, pude observar rastros de lo que parecía ser sangre reseca sobre el frío metal de la rampa. Armándome de coraje y con sentimientos de culpabilidad bajé la rampa de un impulso. Justo antes de golpearme con Albert, me impulsé saltando torpemente por encima de él y tumbando a las dos sombrías criaturas que allí había. La linterna salió disparada y acabó iluminando una esquina de la sala. De repente, yo me encontraba intentando escapar de las dos bestias mientras Albert tiraba de la pierna de una de ellas sin demasiado éxito.
-¡La linterna! –Grité yo.
Albert dejó la pierna del zombi, cogió la linterna y enfocó la situación. Antes de que pudiera darme cuenta, uno de ellos estiró de mi brazo con fuerza y clavó sus dientes sobre mi chaqueta. Un dolor mucho más intenso que el provocado por el perdigón que ahora tenía alojado en la espinilla recorrió mi brazo hasta llegar al cerebro y le informó de que con casi toda seguridad había sido infectado. El pánico entonces se apoderó de todo mi ser y comencé a tirar con fuerza de mis miembros para zafarme de las garras de aquellos malditos infectados a la vez que les propinaba patadas y empujones. Después de unos más que angustiosos segundos, conseguí liberarme de uno de ellos. La linterna se movía de un lado para otro y no podía distinguir a Albert que se encontraba al otro lado de la luz. De repente un cañón apareció de la oscuridad y disparó iluminando la sala con un fugaz destello rojizo. Mi brazo quedó liberado al instante y retrocedí arrastrándome por el suelo hasta topar de nuevo con la rampa del tobogán. Al parecer Albert había conseguido volarle la tapa de los sesos a uno de ellos y el otro se incorporaba con dificultad en la otra punta de la pequeña estancia. Antes de que Albert pudiera disparar una segunda vez, me incorporé poniéndome entre él y el infectado, desenvainé la katana y la introduje con furia a través del ojo del maldito engendro mientras gritaba delirante y temeroso. Cuando cayó al suelo extraje la katana de su cuenca ocular, la limpié con sus raídas ropas y la envainé de nuevo.
-Alumbra aquí por favor. –Le dije a Albert estremecido y asustado.
-¿Te han mordido? –Preguntó él preocupado.
-Ahora lo sabremos, ¡alumbra de una puta vez! –Le dije mientras me sacaba la chaqueta y estiraba el brazo.
Había claras señales de un mordisco en mi brazo, pero por suerte los dientes del zombi no habían conseguido atravesar las protecciones de espuma del antebrazo y ahora un morado sustituía a una infección garantizada. Me senté en el suelo, respiré profundamente  y me sentí como si volviera a nacer.
El par de cadáveres descansaban a menos de un metro de nosotros, eran un chico joven y alto al que le faltaba medio cráneo gracias al disparo a bocajarro de Albert, y una chica rubia con el pelo alborotado y enmarañado, teñido en parte de rojo por la sangre ahora sin el ojo izquierdo.
-Joder que susto me has dado. –Dijo Albert intentando tranquilizar su pulso.
-Siento haberte asustado. –Le dije cínicamente.
-¿Quién coño eran estos y que cojones hacían aquí?
-Deja que te los presente. El chico zombi al que has disparado en el cráneo es Cristian, y la chica rubia guapa sin ojo es Marta.
-¿Como lo sabes?
 -Alguien los tiró por la rampa una vez infectados, seguramente fueron esos tarados. Los escondieron aquí, eso quiere decir que por aquí abajo la salida está bloqueada, tenemos que volver sobre nuestros pasos.
-¿Y cómo subimos de nuevo el tobogán?
-Lo que más me preocupa es cuándo llegaran aquellos cabrones, sin duda habrán oído el disparo y ahora vendrán hacia aquí.
-No creo que se arriesguen a salir de su refugio para matar a un par de chicos.
-Créeme, cuando volví a por el arco ya se disponían a saltar la valla para perseguirnos. Habrá que emboscarles.
Me tumbé sobre el tobogán y Albert escaló por encima de mí para colocar sus pies sobre mis hombros, pero justo antes de conseguirlo, varios sonidos se escucharon en la entrada de la atracción.
-No hay tiempo, escondámonos detrás del tobogán. –Dijo Albert mientras bajaba de nuevo.
A los pocos segundos las voces se hicieron más fuertes y por fin aparecieron los tres hombres sobre nuestras cabezas.
-Iluminad la zona, hay que encontrarlos. –dijo el cura encolerizado.
-¡Y matarlos, si alguien se entera de lo que ha pasado aquí se nos va a caer el pelo! –Respondió Carlos aún más perturbado.
-Parece ser que ahí están los dos chavales que tiramos aquí abajo, se los han debido cargar.-Señaló Alfredo.
-No pueden estar muy lejos, la salida está bloqueada con cadenas, tienen que estar un poco más adelante. –Argumentó el padre Isaac.
-Pues ves a buscarlos. –Le recriminó Alfredo.
-Yo soy el que se inventó toda esta farsa y no voy a mancharme ¿qué aspecto daría un cura con la sotana empapada de sangre?
-Tú no eres cura.
-Pero eso solo lo sabemos nosotros tres. –Respondió el recién descubierto farsante.
-¡Yo me quedo con el de la chaqueta de moto, me ha dejado la cara hecha un Cristo! –Respondió Carlos.
Los dos se tiraron por el tobogán a regañadientes mientras el falso cura se quedaba arriba. Antes de que dieran un paso más, les di el alto.
-Como os mováis un pelo os mato aquí mismo. –Dije yo dispuesto a cumplir mi amenaza.
Mientras yo apuntaba a Carlos, Albert apuntaba a Alfredo.
-No tendréis agallas. –Respondió Carlos amenazante.
-Si no quieres comprobarlo haz lo que te diga, deja la escopeta en el suelo y apártala de tu lado, y tú haz lo mismo.
Cuando los dos se dispusieron a dejar las armas en el suelo, Alfredo se giró bruscamente con la intención de encañonar a Albert. Con un acto reflejo, disparé la escopeta contra su pecho y lo envié con el impacto a la otra punta de la habitación. Cuando Carlos se percató de lo sucedido, intentó hacer lo mismo que su amigo, y esta vez Albert, le disparó en la cabeza.
El falso padre Isaac viendo lo ocurrido, se dio media vuelta y corrió como un poseso hacia la salida. Los dos hombres yacían tendidos en el suelo, y la habitación estaba completamente moteada de salpicaduras y cuajarones de sangre y sesos. Albert comenzó a vomitar y yo no tarde en seguirle. Después de unos segundos, conseguimos tranquilizarnos.
-Acabo de matar a un hombre, bueno a dos pero uno de ellos ya estaba muerto, el otro sin embargo… –Dijo Albert en shock.
-Sé a lo que te refieres, es mucho más duro matar a un hombre que a un zombi. –dije yo.
-Sí.
-No pienses mucho, no nos quedó otro remedio, tendremos que aprender a vivir con ello el resto de nuestras vidas que confío no será mucho tiempo si nos quedamos en esta montaña.
-¿Quien coño serian estos tíos realmente? –Preguntó Albert.
-No lo sé, pero si el tal Isaac era cura yo soy el mismísimo papa.
Recogimos la munición de las escopetas, y nos marchamos de allí después de conseguir remontar el tobogán. Salimos del parque con cuidado por si el padre impostor seguía por ahí fuera acechándonos, pero no dimos con él durante todo el camino de vuelta. Empezaba a amanecer y era más fácil buscar una salida del parque. Encontramos una pequeña soga y la atamos a una de las barandillas. Bajamos por ella torpemente y accedimos al exterior del parque, rodeado por cientos de metros de bosque y caminamos campo a través durante un buen rato. Después de todo lo sucedido, incluso en un mundo azotado por la muerte, ese tranquilo paseo a través de los árboles nos calmó un poco.
Después de unas cuantas extenuantes horas caminando por el linde de la ciudad, sin toparnos con ninguna de esas criaturas, conseguimos llegar a las afueras. Allí los atascos parecían menos abundantes, y aunque había varios coches aparcados en los arcenes, se había formado un carril en medio de la carretera perfecto para viajar con coche.
-¿Qué te parece si cogemos un coche? –Me preguntó Albert.
-No sabemos cuándo se puede acabar el camino, posiblemente solo sea casualidad. No parece haber nadie controlando el tráfico, Además podría haber algunas de esas criaturas cerca, entre los coches.
-Por aquí tardaremos siglos en llegar a la base.
-Si es que todavía sigue en pie.
-Ya te lo dije, lo miré justo antes de que se perdiera la conexión a la red y los post decían que era un lugar seguro.
-Ya, pero ha pasado bastante desde entonces, esperemos que realmente esté en pie, porque no tenemos un plan B.
De pronto un murmullo lejano se escuchó detrás de nosotros. Era el sonido inconfundible de un motor de gasolina, junto con algunos disparos, que contrastaban con todo el apacible silencio que parecía haber en la zona. Era un pick-up de color azul oscuro que se acercaba en nuestra dirección por mitad del carril de la Ronda del litoral. Albert alzó la mano pero antes de que se fijaran en nosotros, me agazapé y tiré de él con fuerza para que hiciera lo mismo.
-¿Qué narices haces? –Me susurró enfadado.
-Por lo que sabemos están armados, y no sabemos si son buenos o malos. No sabemos cómo están las cosas por aquí, tal vez los supervivientes que queden se hayan convertido en asesinos potenciales.
-…Tal vez tengas razón…continuemos. –Respondió él pensándolo fríamente.
Proseguimos la marcha una hora más cuando de nuevo volvimos a escuchar un sonido acercándose. De nuevo era un vehículo, pero esta vez, paró a nuestra altura sin que apenas nos diera tiempo a agazaparnos.
-¡Para! creo que he visto a un par de ellos, deja que vaya a liquidarlos. –Dijo uno de ellos.
-Llévate a Julio contigo, tal vez haya más. –Dijo el que parecía el cabecilla.
Antes de que dijeran algo más salí de mi escondrijo envalentonado y apunté a uno de ellos, después de propinarle un golpe de tacón Albert salió también del escondite.
-Creo que no vais a liquidar a nadie, marchaos por donde habeis venido y todos continuaremos con nuestras vidas de mierda. –Dije yo alterado.
A pocos metros de nosotros pendiente abajo, había media docena de hombres mirándonos con cara de póker, montados sobre un pick-up de la misma marca y modelo que el que había pasado hacia un rato, pero éste de color blanco adornado con algunas salpicaduras de sangre reseca granate.
-¡Si son supervivientes! –Exclamó uno de ellos.
-Sí, ¿y vosotros quienes sois? –Preguntó Albert intentando mediar en el conflicto.
-¿Es que acaso no lo veis? –Dijo el que iba como copiloto golpeando con la mano un símbolo dibujado en la puerta.
-Pues lo cierto es que no. –Dije yo cada vez más cabreado y asustado.
-Chicos, no sé donde habéis estado estos últimos meses, pero desde luego no por aquí. Somos parte de la milicia.
Albert y yo nos miramos extrañados sin bajar las armas.
-¿Quién creéis que ha retirado todos los coches del carril principal?
-Bajad las armas y acercaros, parece que necesitáis que os lo expliquemos desde el principio. –Dijo de nuevo el que parecía estar al mando.
-¿Por qué queríais matarnos? –Pregunté yo aún escéptico.
-Pensábamos que erais zombis, no podíamos imaginar a dos supervivientes paseando tranquilamente por aquí, vaya par de chalados estáis hechos.
-¡Anda, montad! –Dijo otro.
Bajamos las armas reticentes y nos acercamos al vehículo con precaución. Cuando llegamos, un par de hombres nos ayudaron a subir a la parte trasera y proseguimos la marcha junto a ellos. Parecían gente amigable aunque la experiencia jugaba en nuestra contra. Después del suceso del cura y los feligreses no podíamos permitirnos meter la pata de nuevo.
-¿Y qué narices estáis haciendo por aquí? –Preguntó uno de ellos impaciente.
-Hemos… hemos escapado de nuestro refugio. –Respondí yo midiendo las palabras.
-No nos quedaba comida y estábamos sitiados dentro. –Prosiguió Albert más confiado.
-¿Dónde os dirigíais? –Preguntó el copiloto con un grito.
-A la base civil de Barcelona, si es que aún está en pie. –Respondí yo con otro grito para que me oyera.
Durante unos segundos, todo el mundo permaneció callado.
-Lo siento chico, esa base hace semanas que cayó. Nosotros nos dirigimos a la base militar de la B.H.S.U.
-¿Que la base a caído? –Preguntó Albert consternado. – ¿Cómo ha podido ser?
-Como pasa siempre, un infectado se coló y el caos se apoderó de la base en pocas horas. Los pocos supervivientes que quedaron, y con pocos quiero decir menos de los que se pueden contar con los dedos de una mano, se escondieron en la base de la B.H.S.U.
-Eso es terrible, ¿cuántos sois en la base? –Pregunté.
-Entre quinientos y seiscientos. –Respondió uno de ellos. –Pero cada día ese número decrece.
-¿Por qué?- Preguntó Albert.
-¿Por qué? Pues porque cada misión es una ruleta, estas misiones suicidas casi siempre terminan con varias bajas. Pero no hay más remedio. Hay que conseguir comida, hay que facilitar las cosas a los posibles supervivientes como vosotros para que lleguen, hay que luchar. –Voceó el tipo sentado en el asiento del copiloto.
-No lo tengáis en cuenta, está cabreado, como todos nosotros, hoy hemos perdido a un par de compañeros. Aunque al final lo superas, nunca te acabas de acostumbrar. Cuando lleguemos a la base os responderán a todas las preguntas, no os preocupéis. –Dijo uno de los chicos sentados detrás con nosotros.

lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo Duodécimo: Algo más que fe


Después de una semana de convivencia, aún no nos hacíamos a nuestros nuevos compañeros de refugio. Dedicaban casi la totalidad del día a rezar para que el apocalipsis se terminara, y aunque nos habían invitado varias veces a unirnos a ellos, nosotros habíamos rehusado. Si de algo estábamos seguros, era de que Dios no iba a bajar del cielo a purificar a los zombis y convertirlos de nuevo en personas. Me preocupaba seriamente tener que vivir allí el resto de los días que me quedaban, que según los cálculos del párroco eran más o menos un año si no encontrábamos más comida.
Desde que habíamos llegado aún no habíamos salido a fuera ni una sola vez, así que le propuse a Albert dar un paseo. El exterior de la iglesia daba acceso a un enorme patio de piedra rojiza cercado por una resistente verja de hierro. Las vistas eran realmente espectaculares, se podía ver Barcelona al completo. Por desgracia, no parecía tener el mismo aspecto de meses atrás. Varias columnas de humo negro se levantaban en distintos puntos de la ciudad. Seguimos caminando hasta acercarnos a algo que llamo nuestro interés. Un pequeño telescopio azul anclado al suelo ofrecía la posibilidad de poder disfrutar de una visión más cercana de la ciudad por el módico precio de un euro.
-Albert, dime que tienes una moneda. –Le dije mientras nos acercábamos al aparato con ganas de echar un ojo.
-Pues lo siento pero no, tal y como están las cosas no pensé que un euro nos sirviera de algo.
Por suerte, al parecer alguno de los feligreses había abierto el cajón donde iban las monedas y había dejado un euro para cuando alguien quisiera mirar. Cogí la moneda, la introduje en la ranura y la óptica se abrió. Aunque de lejos no se podía apreciar con claridad, kilómetros y kilómetros de coches abandonados atascaban las principales vías de la ciudad, y congregaciones de lo que parecían ser centenares de esos bichos deambulaban sin rumbo allí abajo. El telescopio también daba una visión nítida y cercana del parque de atracciones que se encontraba a nuestros pies. Por allí no parecía haber ni rastro de infección, seguramente como había predicho, se había cerrado varios días antes del apocalipsis, lo que no llegaba a entender era porque el cura nos había asegurado que allí había “impíos” como él los llamaba. Después de que los dos echáramos un vistazo por el aparato, continuamos caminando. Nuestra visita termino en una pequeña construcción de piedra adaptada como tienda de souvenirs. Nos acercamos y miramos al oscuro interior cuando de pronto, David, un muchacho de unos ocho años que vivía con su madre nos sorprendió por la espalda.
-Es peligroso estar cerca –Nos advirtió el niño.
-¿Cerca de donde David? –Pregunté yo.
-De esa tienda, el padre Isaac no nos deja acercarnos.
-Vaya, no nos había dicho nada ¿Qué hay? –Proseguí intentando socavar algo de información.
-Mi papá. –Respondió él contundente.
-¿Dices que tu papá está aquí? –preguntó Albert atónito.
-Sí, se puso malo un día porque uno de esos impíos le mordió y…
-¡David, deberías estar rezando con tu madre! –Interrumpió bruscamente el Padre Isaac.
-Lo siento Padre.
El niño se alejo de nosotros como alma que lleva el diablo y desapareció de la escena. Sin pelos en la lengua Albert se dirigió al párroco.
-¿Es cierto que tienen a un infectado ahí dentro?
-Así que el muchacho se ha ido de la lengua. Bueno tarde o temprano debíais saberlo.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y rebuscó en él mientras se acercaba a nosotros. Metió una de las llaves en la cerradura,  giró el pomo y nos invitó a pasar. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la penumbra, pudimos ver una imagen espeluznante acompañada de un olor cuanto menos repulsivo. En medio de la tienda, atado y amordazado a una silla de madera, permanecía sentado un infectado.
-¿Se puede saber que cojones hace este infectado encerrado? –Gritó Albert aterrado.
-¡Vigila esa lengua en la casa del señor, joven! –Le recriminó el cura.
-¡Precisamente porque es la casa del señor no debería haber ninguna de estas criaturas! –Exclamé yo incrédulo.
-Antes de convertirse en un impío era uno de nuestros feligreses. Estoy intentando curarle desde entonces, no puedo abandonarle, era un buen hombre y algún día Dios me dará la razón. Estoy haciendo grandes progresos con él.
 -¿Y cómo supuestamente piensa curarlo? –Dijo Albert más tranquilo.
-Con agua bendita por supuesto, y rezando por su alma, llevamos semanas haciéndolo constantemente. Si vosotros dos os unierais a nosotros tal vez los progresos serian más palpables.
-¿Así que por eso rezan todo el día?, Padre Isaac, no creo que Dios tenga nada que ver en todo esto. –Dije yo intentando que entrara en razón.
 -¡Dios está en todas partes muchacho!–Gritó él enfurecido.
-Está bien Padre no se altere, ¿podría explicarnos como se infectó? –Preguntó Albert intentando apaciguar la situación.
-¡Defendiendo a su mujer, a su hijo y al resto de nosotros como un buen cristiano!
-¿De qué manera? –Pregunté yo.
-La segunda semana del apocalipsis, llegaron un par de docenas de pecadores a nuestras puertas, tal vez Dios nos puso a prueba para que pudiéramos ver de primera mano de lo que era capaz. Jaime aquí presente, junto a Carlos y Alfredo nos defendieron al resto de esas criaturas, pero por desgracia una de ellas le alcanzó con un bocado en el brazo. Poco después cogió fiebre, entró en coma y falleció, hasta que como Cristo, resucitó. Debía ser una señal, la maldad que corría en sus venas no era suya, sino del demonio. Lo encerramos para que en su locura transitoria no pudiera hacer daño a nadie, ese es el porqué de que esté aquí.
-Está bien padre, lo comprendemos. –Dije dándole la razón a la vez que hacia un gesto a Albert para que me siguiera el juego.
-Si padre, es lo único que podía hacer. –Respondió Albert respaldándome.
-Gracias hijos míos, es un gran alivio que lo comprendáis. No parecéis ser como esos necios de Cristian y Marta.
-¿Quiénes son esos dos? Nunca he oído hablar de ellos. –Pregunté yo intentando sonsacar más información de nuevo.
-Ni lo haréis, prometí no volver a hablar del tema.
-Tranquilo padre, no hace falta que diga nada. –Dijo Albert.
-Ahora hijos salgamos de aquí, es hora de mi misa diurna.
Dejamos al infectado en la pequeña tienda y volvimos a dentro. La cosa no podía quedar así, Todo aquello resultaba cada vez más extraño y aterrador. Como una maldita peli mala de terror. Esa misma tarde fuimos a preguntar al pequeño David si sabía algo de aquellos nombres. No hizo falta tirarle demasiado de la lengua para que hablara.
-Eran una pareja que llegó más o menos hará un mes. Cristian era simpático, estaba casado con una chica pero ella se había convertido en una impía. Vino con Marta, una amiga suya escapando de los “impíos” que les perseguian. El padre Isaac los invitó a quedarse hasta que un buen día les cogieron haciendo cosas.
-¿Qué cosas? –Preguntó Albert intrigado.
El niño esbozo una sonrisa traviesa y siguió hablando.
-¡Cosas de mayores!
-¿Y qué les paso? –Pregunté expectante.
-El padre Isaac se enfadó mucho, decía que esas cosas no se podían hacer en la casa del señor, que por cosas como estas había llegado el apocalipsis. Ellos se disculparon pero el padre Isaac quería que pasaran la prueba de Dios.
-¿Y cuál era la prueba? – Volví a preguntar absorto.
-Los llevaron con mi padre, decían que él tenía poderes para juzgar a los pecadores. Después no los volví a ver.
El relato del niño nos dejó a los dos sobrecogidos, sin saber que pensar. Si bien era cierto que el relato parecía imposible, el niño lo había contado como si tal cosa. Pasamos el resto del día disimulando después de hacerle prometer al pequeño que no hablaría de nuestra conversación con nadie. Una vez en el cobijo de nuestra habitación, y vigilando de que nadie nos sorprendiera, pusimos las cartas sobre la mesa.
-Albert, debemos salir de aquí.
-Lo sé, pero tienen todas nuestras armas, y sin ellas no llegaremos muy lejos.
-Eso déjamelo a mí, creo que sé donde las tienen, necesito que tú te ocupes de coger algunas latas de comida y un poco de agua, no llegaremos muy lejos sin ellas.
-¿Cuando quieres salir? –Preguntó Albert convencido.
-Saldremos ahora mismo. No he aguantado tres meses después de haberlo perdido todo para que ahora venga un cura chiflado a arruinarlo, seguiremos buscando refugio, este es demasiado peligroso, una semana más y acabaran por lavarnos el cerebro. Este padre se ha aprovechado del miedo de la gente para domarlos a placer, no voy a permitir que me pase lo mismo.
-Supongo que da igual hoy que mañana. –Respondió Albert tolerante.
-Saldremos en una hora, cuando todos se duerman. Ten cuidado, temo que si nos descubren acabemos como los famosos Cristian y Marta.
Todos parecían haberse dormido y en el pasillo no se escuchaba un alma, era hora de movernos. Mientras Albert se quedaba en la cocina a coger provisiones, yo me dirigí al despacho del padre Isaac. Durante toda nuestra estancia, era el único sitio en el que no habíamos estado y por tanto, el único en el que podían estar guardadas las armas. Empujé la puerta de madera pero estaba cerrada, como era de esperar. Respiré hondo y pensé en las posibilidades. Debía revisar la puerta y encontrar los puntos débiles. Con unas ganzúas y algo de experiencia no me hubiera costado ni medio minuto abrirla, pero en ese momento no disponía ni de una cosa ni de la otra. La única solución era desanclarla de los pernos que la sujetaban a la pared. Utilicé una pequeña navaja que llevaba en uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a desenroscar los tornillos. El proceso fue bastante lento, pero después de casi diez minutos y un par de cortes superficiales en los dedos, conseguí desencajar la puerta sin despertar a nadie. Entré  por el pequeño hueco que había quedado y revisé rápidamente la estancia con una linterna. Escondidas en un armario, encontré las dos armas y además un revolver de cañón corto cargado con seis balas. Me cargué las dos armas a la espalda, me metí el revólver en la chaqueta y salí de la sala nuevamente. Fuera, tres sombras esperaban bloqueando mi único camino de huida, era el padre Isaac acompañado de sus dos perros guardianes armados con escopetas.
-Parece ser que Dios nos ha vuelto a poner a prueba… será mejor que sueltes las arma, muchacho. –Dijo el cura.
Antes de que ninguno de los otros dos se pronunciara encendí la linterna y les enfoqué a la cara.
-Es usted padre, siento haberle despertado es que no podía dormir.
-Y has decidido asaltar mi despacho para relajarte, ¿verdad?
-¡Apaga esa linterna o lo lamentarás! –Dijo Carlos.
-¡No en la casa del señor a menos que sea totalmente necesario!- Le recriminó el cura.
-Oh, lo siento enseguida la apago.
-¡No has oído, deja la armas y apaga la linterna! –Gritó furioso Alfredo.
Con ese grito con toda seguridad había conseguido despertar a la mayoría de feligreses y alertar a Albert de que algo no iba bien.
-Está bien ya las dejo.
Me agaché y depuse el fusil y la escopeta en el suelo mientras continuaba enfocándoles con la linterna.
-Veis, ya está.
Al tiempo que me levantaba de nuevo, saqué el revólver del bolsillo de la chaqueta y apunté a la cabeza del padre sin que ninguno de los tres se diera cuenta aún cegados por la luz. Entonces apagué la linterna. Mientras ellos volvían a acostumbrarse a la oscuridad, aproveché para coger al cura del brazo, darle la vuelta, y apuntarle con la pistola en la sien. Cuando las retinas de los dos individuos se acostumbraron a la penumbra, se dieron cuenta de lo que acababa de suceder. El primero en pronunciar palabra fue el cura.
-¿Hijo mío, supongo que no querrás matar a un siervo del señor en su propia casa?
-Yo también lo supongo padre, pero así son las cosas, es usted o yo por lo que parece.
-No íbamos a hacerte daño muchacho, no somos esa clase de hombres. –Dijo Alfredo.
-No, sois del tipo de hombres que matan a dos personas por haber hechado un polvo en una iglesia.
-¿Co…como sabes eso? –Preguntó el padre Isaac.
-Eso no importa, y ahora vosotros dos descargad las armas y dejadlas en el suelo.
-¡Obedeced! –Dijo el cura muerto de miedo.
-Vaya padre, parece que no tiene prisa por encontrarse con el Creador, ¿eh?
-No a manos de un cabrón como tú. –Respondió él.
-Lo que usted diga, ahora coja mis armas muy lentamente y pásemelas.
El párroco obedeció sin rechistar mientras mi nuevo revolver le apuntaba a la cabeza. Me cargué de nuevo las armas a la espalda y salí de allí dejando atrás a los dos hombres con el cura como rehén. Algunos de los feligreses comenzaron a asomarse por la habitación, pero al encontrarse de frente con el cañón de mi nuevo revolver volvieron atrás. No quería hacerles daño, pero tampoco quería que ellos me lo hicieran a mí. Después de un par de minutos conseguí dar con Albert en la cripta.
-¿Qué coño haces Eric? –Me preguntó Albert alarmado al ver la escena.
-Improviso.
-Pues haber como improvisas esto, las puertas están cerradas y no tenemos llaves para abrirlas. –Dijo Albert visiblemente asustado.
-Padre, las llaves.
-Hijo mío no las tengo, están en el despacho.
-Albert regístrale, no me fío.
Albert empezó a registrar el cuerpo del cura con cierto pudor hasta que llegaron sus dos escoltas armados con las escopetas acompañados de buena parte de los feligreses.
-Vaya, no pensaba estar aquí cuando aparecieran; Albert, colócate detrás de mí. -El pecho me estaba a punto de estallar y estaba seguro que hasta el cura notaria mis latidos en su espalda.
-Chico, suelta al padre Isaac o lo lamentarás. –Dijo Carlos hecho una bestia.
-Suéltalo, vais a meteros en un problema muy serio. –Gritaba uno de los feligreses.
-Chavales del demonio, no sois bien recibidos en la casa del señor. –Decía una anciana.
-Dejad que el pastor vuelva con su rebaño. –Gritaba otra.
-Este rebaño se va a quedar sin pastor a menos que nos deis la llave de la puerta, nos marcharemos y os dejaremos en paz.
-Alfredo hijo mío, ve a buscar la llave a mi despacho. –Dijo el cura temiendo lo que pudiera pasar.
Alfredo se marchó corriendo y volvió al cabo de un par de minutos con el gran manojo de llaves en las manos.
-Déjalas en el suelo y empújalas con el pie hacia aquí.
El hombre obedeció y Albert recogió las llaves. Se acercó a la cerradura y después de unos cuantos intentos dio con la correcta.
-Os arrepentiréis de ésta, cabrones. –Me susurró el cura al oído justo antes de lanzarlo contra sus feligreses de un empujón para facilitar nuestra huida.
Después de que los dos cruzáramos al otro lado, cerré la puerta con llave y lancé el manojo por encima de la cripta hasta las escaleras de la iglesia. No podía dejarlos encerrados allí para siempre, pero tampoco iba a arriesgarme a que vinieran detrás nuestro. Tarde o temprano encontrarían las llaves, pero para entonces ya estaríamos muy lejos, o eso pensaba.
Corrimos hacia el coche lo más rápido que pudimos, por suerte seguía aparcado en el mismo sitio donde lo habíamos dejado una semana atrás. Busqué las llaves en la chaqueta y apreté el mando desbloqueando todas las cerraduras del coche. Albert abrió la puerta, pero justo antes de introducir su mochila dentro, un disparo destrozó en mil pedazos el cristal del maletero. Inmediatamente los dos nos dimos la vuelta y comprobamos de donde procedía. Era Alfredo, que había conseguido salir y estaba disparándonos. Otro nuevo disparo, que esta vez destrozó uno de los retrovisores, nos alerto de que Carlos había empezado a disparar también. Detrás de él se encontraba el padre Isaac. Sin duda habían logrado salir gracias a otra llave, posiblemente escondida en el atuendo del cura.
-¡Pensaba que habías registrado bien al cura! –Le dije mientras nos escondíamos detrás del coche.
-¡Y yo pensaba que habías desarmado a esos capullos! –Me recriminó Albert.
-¡Touché!
-¿Cómo vamos a salir con el coche por ahí?
-No lo haremos, el coche está destrozado. Te voy a cubrir con el revólver, quiero que cojas todo y pases al otro lado de la valla, y que sea rápido solo tengo seis balas.
-¿Y tú?
-Iré después de ti, tranquilo, no voy a hacerme el héroe muriendo acribillado. ¿Listo?
-¡Sí!
-¡Ahora!
Mientras yo salía de mi cobertura, Albert se subió al coche y lanzó todas nuestras pertenencias por encima de la valla. Cuando consiguió cruzar al otro lado, a mí tan solo me quedaba una bala. Subí al capó a toda prisa, apunté hacia su dirección y disparé. Justo después de escuchar mi último disparo, los dos tipejos salieron de su protección y dispararon con todo lo que les quedaba hacia el coche. De repente, mientras saltaba la valla para descender al otro lado, sentí un pinchazo en la espinilla. Caí al suelo y me miré la pierna mientras Albert sostenía el rifle sobre el capó del coche y comenzaba a disparar.
-¿Estás bien? –Me preguntó él preocupado.
-¡Joder, me ha alcanzado un perdigón!
-¿Puedes caminar?
-Más me vale o estoy muerto.
Me puse en pie lo más rápido que pude, me colgué la mochila de la espalda y toqué el hombro de Albert para indicarle que estaba listo para marcharnos. Se cargó el arma y la mochila a la espalda también y salimos de la escena adentrándonos en el parque.
-Es la primera vez que disparo un arma. –Dijo Albert.
-Pues bienvenido al club. Tranquilo con nuestra puntería no creo que hayamos matado a nadie… ¡joder!
-¿Qué? –Preguntó alarmado.
-Espera aquí.
Volví sobre mis pasos, desenfundé la escopeta y la apoyé en el coche como había hecho Albert anteriormente. Metí la mano a través de la reja dentro del coche. Entre los cristales rotos alcancé el arco que había olvidado allí el primer día y las flechas, y los cargué a mi espalda. Para entonces los dos toscos hombres corrían hacia el coche sin percatarse de que había vuelto a buscar algo. Cuando Carlos se dio cuenta, alzó su arma y comenzó a disparar. Con un acto reflejo apreté el gatillo y disparé los dos cartuchos hacia aquellos tipos. Alfredo que aún estaba cargando su escopeta, cayó al suelo. No podía esperar a ver si lo había liquidado, sólo cogí la escopeta y volví de nuevo a marcharme del lugar.
-¿Que hacías? –Preguntó Albert expectante.
-Si no queremos llamar la atención, el arco será mucho más práctico.
-Vale y ahora salgamos de aquí.

jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo noveno: Una sorpresa inesperada


Habían pasado tan solo tres semanas desde que me colara en casa de los vecinos, y ya apenas me quedaba comida de nuevo. Era hora de saquear otra casa, de todas formas estar siempre encerrado iba a acabar por consumirme, necesitaba un cambio de aires. No sabía cuánto tiempo iba a durar el dichoso apocalipsis, pero desde luego pensaba resistir hasta que las fuerzas me abandonasen. Lo quería hacer por Ana, por Roger y por todo el maldito mundo muerto o convertido en uno de aquellos seres. Cualquiera de ellos hubiera dado lo que fuera por encontrarse en mi situación y yo no iba a desperdiciarla. Recogí la escalerilla del balcón y la llevé hasta una de las ventanas traseras de la casa. Repetí el proceso y me colé en la nueva vivienda. Ésta pertenecía a una familia de japoneses bastante reservados, habia intentado comenzar un dialogo con ellos para conocernos mejor, pero no habia habido mucho feeling. Al parecer el progenitor trabajaba como representante de una conocida marca japonesa de coches y habían venido a vivir aquí hacia solamente un año, vivia con su mujer y su hijo adolescente. Como de costumbre revisé la casa, solo que esta vez, la suerte no me sonrió.
Entré directamente por la habitación de matrimonio, decorada sin duda para que recordara a su antiguo país. Continué por el pasillo y abrí otra puerta, ésta daba a una habitación bastante más moderna, con posters de grupos de música asiáticos que no conocía de nada y una guitarra eléctrica Fender Telecaster de color turquesa con algunos signos de desgaste en la pintura colgada de la pared. Caminé hacia dentro de la sala y la puerta se cerró lentamente tras de mí. Me giré alarmado aunque suponiendo que sólo habría sido un golpe de viento, pero me equivoqué. Un chico joven que reconocí como el hijo de la pareja se interponía ahora entre la puerta y yo. No tendría más de quince años, iba vestido con unos pantalones tejanos anchos y una camiseta negra con la imagen de otro de esos grupos de música. Antes de que pudiera reaccionar, el muchacho comenzó a caminar hacia mí. Retrocedí un par de pasos y tropecé con la cama rodando por encima de ésta. El muchacho continuó caminando hacia mí a mayor velocidad y cayó sobre el colchón torpemente al intentar alcanzarme. Lo tenía claro era él o yo, y después de que la infección me hubiera arrebatado al gran amor de mi vida, estaba más motivado que nunca. No llevaba conmigo ninguna de las dos armas de fuego porque sabía que si las disparaba, esa zona se llenaría de miles zombis en pocos minutos, una cosa era un sonido de cristales rotos y otra muy distinta el estruendo de una escopeta en el interior de una habitación. Agarré el pacificador con fuerza e intenté golpear al muchacho, que con una asombrosa agilidad probablemente fruto del azar, esquivó el golpe haciendo que el bate se clavara en el cabecero de la cama. Antes de poder sacarlo haciendo palanca, el chico intentó morderme, así que lo dejé donde estaba y retrocedí un par de pasos más. El muchacho consiguió atravesar el colchón y cayó al suelo. Antes de que se pusiera en pie lancé el cuchillo de carnicero contra su cuello varias veces y logré partirle la espina dorsal consiguiendo que se desplomara sobre el suelo nuevamente. Aunque el cuerpo ya no se movía, su mandíbula dibujaba espasmosos y silenciosos bocados al aire. Cogí la guitarra que colgaba de la pared, y destrocé su cráneo consiguiendo por fin matar a la criatura definitivamente. En el brazo ahora inmóvil, tenía un vendaje provisional hecho probablemente por él mismo. Seguramente había logrado el voto de confianza de sus padres para quedarse solo en casa y por desgracia alguien le había mordido. De todas formas seguramente sus padres permanecerían en el mismo estado allá donde estuvieran. Me senté en la cama y vomité el desayuno. Ya era repugnante verlos o matarlos desde la distancia, pero mutilar a un chico con un cuchillo de carnicero sin duda era muchísimo peor. Después de casi veinte minutos de malestar incontrolable arranqué el bate de la cama y continué escaleras abajo con un inusual temblor de piernas.
No había duda, los miembros más adultos de la familia habían decorado la casa con un carácter puramente tradicional. Parte del suelo estaba cubierto por tatami, había una mesita del té en una de las esquinas, muebles coloniales, un pequeño bonsái en flor marchito expuesto en un cubículo adyacente a la habitación e incluso una katana colgada de una de las paredes. Descolgué la katana suponiendo que sería una de esas vulgares imitaciones baratas que vendían en los bazares, pero el sonido al desenvainarla me sacó de mi error. El filo de la espada era de acero completamente negro con ondulaciones provocadas por el proceso de forja, la empuñadura era negra con una diminuta pieza de lo que parecía ser un dragón representado en oro y un característico cordaje morado en zigzag que rodeaba la empuñadura y sujetaba la pieza a ésta. Lancé un par de cortes al aire y la volví a envainar, definitivamente este instrumento tenía más glamour que mi pacificador casero. La até a mi cinturón y contento hice una pequeña reverencia en señal de agradecimiento a quien fuera que la hubiera puesto en ese lugar y continué mi búsqueda. El resultado de alimento no fue todo lo satisfactorio que hubiera querido pero podría sacarme del apuro. Conseguí varias chocolatinas, algunas salsas, fideos de sobre, algunas algas para hacer sushi y unos cuantos paquetes de arroz. Volví de nuevo a mi casa con el saqueo del día y continué mi amarga existencia.