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martes, 4 de junio de 2013

Capítulo decimocuarto: Un nuevo hogar


El viaje fue corto. Lo que a pie hubieran sido algo más de dos horas, en coche apenas fueron unos minutos. Después de dejar la ronda, nos metimos en la ciudad, bastante cambiada desde la última vez que estuve allí.  Gran Via 2 habia pasado de ser un centro comercial donde parejas alegres y familias paseaban y compraban cosas, a una fortaleza improvisada.
Las entradas y cristaleras del piso inferior que daban acceso a la calle habían sido sustituidas por ladrillos y hormigón para impedir el avance de los zombis. Un pequeño foso rodeaba buena parte del centro comercial y separaba el edificio del acceso a la calle. Multitud de trincheras hechas con alambre de espino y sacos de arena rodeaban la zona y hasta un par de andamios convertidos en torres de vigía preservaban el perímetro gracias a algunos militares apostados en ellos con rifles de precisión.
Lo realmente sorprendente de todo es que apenas había zombis deambulando. La mayoría de ellos estaban tendidos en el suelo, solos, o amontonados y calcinados en una glorieta cercana. Algún disparo ocasional se escuchaba aquí y allá, pero una extraña paz rodeaba esa zona de la ciudad. Nos dirigimos a una de las entradas del parking subterráneo fuertemente protegida por militares, hombres vestidos de calle y lo que a juzgar por lo que había visto en las noticias semanas antes, miembros de la B.H.S.U.
Al vernos acercarnos, un soldado levantó la mano permitiéndonos el paso.
-¿Nuevos, eh? –Preguntó fugazmente el soldado mientras pasábamos por su lado.
Aparcamos el coche salpicado de sangre en una plaza vacía del parking y bajamos del pick-up. Seguimos al grupo de milicianos aún asombrados, hasta la planta superior y acabamos en lo que antes del apocalipsis era una pequeña parafarmacia.
-Yo me quedo con los nuevos, vosotros podéis ir a descansar un rato, nos veremos luego. –Dijo el cabecilla al resto del grupo.
Definitivamente el centro comercial también había cambiado por dentro. Las tiendas se habían convertido en habitaciones y los escaparates de éstas habían sido tintados de negro para dar algo de intimidad a las salas, aunque a pesar de ello muchas tenían las puertas abiertas. Varios soldados caminaban de arriba abajo atareados en sus propios asuntos, algunos en ropa interior o toalla. El suelo permanecía relativamente limpio y en algunos locales, se habían colgado pancartas improvisadas identificando de qué se trataban. Al parecer nos habían llevado hasta lo que parecía ser la enfermería. Entramos y una chica se acercó a nosotros. Era la primera chica que había visto hasta el momento en toda la base.
-Me he percatado de que tienes una herida en la pierna, será mejor que te la curen para que no se te infecte, no vamos precisamente sobrados de antibióticos.
-Hola…umh ¿Héctor, no? –Dijo la chica pensativa.
-Sí. –Dijo él escuetamente con una sonrisa.
-¿Que querías?- Preguntó la chica.
-Necesitaría asistencia para este chico, parece que tiene una herida en la espinilla.
-¿Cómo te la has hecho? –Preguntó amablemente la chica.
-Me alcanzó un perdigón ayer, es una larga historia. ¿Alguien podría sacármelo?
-Claro, yo misma puedo hacerlo, el doctor está con otro paciente más grave. Ven, túmbate en esta camilla.
Seguí sus instrucciones y me tumbé en la camilla mientras ella se lavaba las manos, se colocaba unos guantes y cogía una bandeja de aluminio con instrumental quirúrgico. Héctor, al que había perdido de vista vino con una botella de vodka.
-¿Y esto es para desinfectar la herida?- Pregunté yo sonriente.
-No, te la desinfectará con alcohol, esto es para que bebas, no vamos bien de anestesia y para heridas poco graves como la tuya, nada como un buen trago.
-Gracias pero ahora no me apetece demasiado. –Rechacé yo cortésmente.
-Como quieras. –Respondió él sonriente, sabiendo algo que yo desconocía.
La chica se sentó en un pequeño taburete con ruedas y me hecho algo de alcohol en la herida. El líquido se convirtió casi inmediatamente en espuma. El escozor no era agradable pero podía soportarlo. La chica untó entonces un algodón con algo de yodo y lo puso sobre la pequeña  herida. Con un acto reflejo la retiré por el picor, pero inmediatamente volví a colocarla. Entonces, cogió unas pinzas de la bandeja y la aproximó a la espinilla. Antes de que pudiera meterlas más adentro retiré la pierna y esta vez no la volví a colocar.
-Pásame el vodka, por favor. –Le dije al sonriente Héctor.
-Toma. –Dijo él.
Metí un profundo trago a la botella, que traspasó mi garganta como aceite hirviendo y me mentalicé para que me sacaran la pequeña bola de plomo alojada en la pierna. La chica volvió a introducir las pinzas y en pocos segundos consiguió extraer a mi invasor compañero de viaje y dejarlo sobre la bandeja con un sonoro clinck. En pocos minutos y tras unos cuantos tragos más la herida ya estaba cosida y vendada. Me incorporé de nuevo y bajé de la camilla mareado ya por el alcohol.
-Ya que estamos aquí pídele un poco de pomada para el mordisco del brazo. –Sugirió poco acertado Albert.
Al oír la palabra mordisco, Héctor desenfundó la pistola que llevaba colgada y me apuntó a la cabeza antes de que ni siquiera pudiera parpadear. La chica se echó atrás con un impulso y rodó con el taburete en dirección opuesta.
-¿Te han mordido? –Preguntó tenso Héctor mientras aparecían por las puertas un par de soldados uniformados alertados por el ruido.
-¡Sí, pero tranquilo, no estoy infectado, no traspasó la chaqueta!– Dije yo lo más rápido que pude, acojonado y sentado todavía en la camilla, con las manos en alto.
-Déjame ver el brazo. –Dijo la chica, visiblemente más tranquila.
Me quité la chaqueta con cuidado, le mostré el mordisco y esperé a ver cuál era el veredicto. La chica respiró aliviada y se dirigió al interior de la tienda.
-No pasa nada Héctor, no está infectado. –Dijo mientras se alejaba.
-Chico, casi te vuelo la cabeza. Decir mordisco en los tiempos que corren es como gritar ¡bomba! en el interior de un avión. –Dijo Héctor recobrándose del sobresalto y enfundando el arma.
-Albert, casi haces que me maten. ¡Otra vez! –Respondí aliviado.
-Lo siento. –Se disculpó él.
La enfermera volvió a aparecer con un pequeño tubo de pomada y me aplicó un poco del ungüento sobre el feo moratón.
-La inflamación remitirá mañana. Ya podéis iros. –Dijo ella.
Después del susto, dejamos la enfermería y seguimos a Héctor hacia un nuevo destino. No tardamos en llegar a otro de los comercios rehabilitados. En él había otro pequeño panel hecho a mano donde ponía “Despacho de la milicia”. Entramos y encontramos sentado en un improvisado despacho tan solo amueblado con una enorme mesa de caoba y una silla de ruedas negra, a un hombre de cuarenta y pocos que nos dio la bienvenida.
-Es un placer ver nuevas caras por aquí. Me llamo Antonio Aguilera. Soy el encargado de reclutamiento de la milicia.
-Están más perdidos que todo eso, Toni. A estos les encontramos en mitad de la ciudad, apenas tienen idea de que ha pasado estas últimas semanas. –Respondió Héctor.
-Vaya por Dios. Bueno, pues a grandes rasgos, esta es una de las pocas zonas que permanecen intactas tras la infección en todo el país… bueno, será mejor que os sentéis.
Albert y yo tomamos asiento rápidamente esperando que por fin alguien nos diera una buena explicación. Fuese la que fuese.
-Como os decía, somos de las pocas zonas que quedan ya en pie. ¿Dónde os quedasteis?
-Nos dejó de llegar información cuando las cadenas dejaron de emitir, de eso hace ya varias semanas. –Respondió Albert.
-Pues siento deciros que desde entonces no han habido demasiadas buenas noticias. Después del apocalipsis, la mayoría de gente se dirigió a las bases civiles a refugiarse, y en menor medida a las bases militares para tomar parte en la milicia. Ese fue el caso de Héctor y mío. Los dos éramos policías, y después de que… de perderlo todo, decidimos devolverles un poquito a esos malditos zombis.
Al principio había varios cientos de bases civiles y militares disgregadas por todo el país. Algunas en centros comerciales, otras en zonas seguras de la ciudad, etc. El plan de protección de las bases fue excelente. En solo un par de días se prepararon todas las bases como ésta para resistir un posible asedio zombi. El problema llegó con la masificación de personas en los refugios. Algunas de ellas estaban infectadas, aunque no presentaban síntomas ni heridas, de hecho, muchas de ellas seguramente ni lo sabían. Algunas se habían infectado por besar a su pareja infectada, otros se habían infectado con la saliva producida por un estornudo de alguien que ni tan siquiera sabía que estaba infectado, etc. Los brotes empezaron a sucederse, y aunque eran bastantes se erradicaban con bastante éxito. Pero ya sabéis, un solo brote fructífero es suficiente para terminar con una base entera. Eso es lo que le pasó a la mayoría de ellas.
-¿Y cuántas bases quedan en el país a estas alturas? –Pregunté yo incrédulo.
-Unas veinticinco, aunque muy de vez en cuando, aún cae alguna. En personas tal vez unas treinta o treinta y cinco mil.
-¿Dice que solo quedamos Treinta o treinta y cinco mil personas de sesenta millones en España?
-No, por suerte no. Otras muchas personas decidieron quedarse en sus casas, con provisiones…como vosotros, y aún resisten hasta el día en que podamos rescatarlos. También hubo muchos pequeños pueblos, miles de ellos, distribuidos por toda la península a los que el apocalipsis ni siquiera llegó, y ahora resisten alimentándose de las provisiones o cultivos de la zona. Les puedo garantizar que aun somos unos cuantos millones dando guerra.
-¿Y ahora qué?
-Ahora si lo desean pasaran a formar  parte de la milicia. Lo cierto es que no tienen muchas opciones entre las que elegir. Si quereis comer, tendreis que trabajar.
-¿Y cuando empezamos? –pregunté yo resignándome a mi destino, fuese cual fuese.
-Chicos valientes, sí señor.
-Más bien chicos sin opciones. –Corrigió Albert.
-En cualquier caso, bienvenidos. Relajaos un par de días, se os asignara una misión próximamente. Intentaremos que sea de lo más simple posible para que os adaptéis a luchar en grupo, aunque estoy seguro que no os costará demasiado.
-Será mejor que os acompañe a vuestras habitaciones, han quedado un par de huecos libres esta mañana en una de ellas. –Dijo Héctor.
Nos levantamos después de despedirnos de Antonio Aguilera y seguimos a Héctor de nuevo, ahora hacia nuestros nuevos aposentos. Después de un par de minutos caminando llegamos a lo que antes había sido una pequeña tienda de animales ahora convertida en habitación, aun conservaba las jaulas de cristal, aunque ahora servian como almacenamiento. Estaba justo en frente del supermercado del centro comercial, pero éste estaba restringido por varios soldados custodiando la zona. Por suerte había habido una buena planificación y se había evitado que en los primeros días del apocalipsis se saqueara el centro entero.
Poco después de que ocupáramos nuestras literas aparecieron un par de chicos, un poco más jóvenes que nosotros, con solo una pequeña toalla cubriéndoles sus partes íntimas. Tenían un claro acento marcado de esos que solo se adquieren en barrios suburbiales de la ciudad.
-Vaya, tenemos compañía. Con lo bien que estábamos nosotros solos, joder ni un dia –Dijo uno de ellos.
-Más carne para esos putos zombis. –Dijo el otro, siguiendo al que claramente era el macho Alfa de su reducido grupo.
-Chicos, más vale que seáis amables con estos, tienen bastantes más huevos que vosotros así que merecen cierta consideración. –Dijo Héctor.
-Lo dudo mucho, pero bueno, eso ya se verá, ahora están en nuestro grupo.
-Estos son Jonathan y Dani. Tranquilos, parecen gilipollas, pero luego igual hasta les pilláis cariño.
-puf... –Dijo Dani con desdén.
-Bueno chicos, otros asuntos requieren mi atención, haced vida normal, cuando haya alguna novedad con los vuestro ya os informaran.
Héctor abandonó la estancia y nos quedamos solos con nuestros nuevos compañeros de habitación. No tuvieron que pasar ni dos minutos de charla hasta comprobar, que no solo parecían sino que además, eran gilipollas. Lo cierto es que después de lo ocurrido en los meses anteriores, hacer migas con un par de cretinos integrales era una de las cosas que menos ilusión me hacía. Sin prestar demasiada atención a sus fanfarronadas cogimos las toallas que había en nuestras literas y nos dirigimos a darnos una breve ducha de agua caliente. Las duchas estaban repletas de soldados y milicianos sucios y sudorosos, algunos incluso teñían el agua de rojo a causa de la sangre de sus compañeros caídos horas antes. Eran fáciles de identificar ya que además de la sangre, eran los únicos que miraban fijamente al suelo sin pronunciar una sola palabra, seguramente recordando la reciente, aunque nada sorprendente tragedia.
Separadas por un biombo se encontraban las duchas de las mujeres, sin duda mucho menos numerosas que las de los hombres. La mayoría eran militares, pero otras parecían haberse alistado en la milicia después del apocalipsis, seguramente al haber perdido todo lo que les quedaba como el resto de nosotros.
Terminada la ducha, volvimos de nuevo a la habitación, por suerte esta vez, los paletos se habían ido a dar una vuelta. El día había sido largo y desalentador, así que decidimos conciliar el sueño y dormir todo lo que pudiéramos.

lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo Duodécimo: Algo más que fe


Después de una semana de convivencia, aún no nos hacíamos a nuestros nuevos compañeros de refugio. Dedicaban casi la totalidad del día a rezar para que el apocalipsis se terminara, y aunque nos habían invitado varias veces a unirnos a ellos, nosotros habíamos rehusado. Si de algo estábamos seguros, era de que Dios no iba a bajar del cielo a purificar a los zombis y convertirlos de nuevo en personas. Me preocupaba seriamente tener que vivir allí el resto de los días que me quedaban, que según los cálculos del párroco eran más o menos un año si no encontrábamos más comida.
Desde que habíamos llegado aún no habíamos salido a fuera ni una sola vez, así que le propuse a Albert dar un paseo. El exterior de la iglesia daba acceso a un enorme patio de piedra rojiza cercado por una resistente verja de hierro. Las vistas eran realmente espectaculares, se podía ver Barcelona al completo. Por desgracia, no parecía tener el mismo aspecto de meses atrás. Varias columnas de humo negro se levantaban en distintos puntos de la ciudad. Seguimos caminando hasta acercarnos a algo que llamo nuestro interés. Un pequeño telescopio azul anclado al suelo ofrecía la posibilidad de poder disfrutar de una visión más cercana de la ciudad por el módico precio de un euro.
-Albert, dime que tienes una moneda. –Le dije mientras nos acercábamos al aparato con ganas de echar un ojo.
-Pues lo siento pero no, tal y como están las cosas no pensé que un euro nos sirviera de algo.
Por suerte, al parecer alguno de los feligreses había abierto el cajón donde iban las monedas y había dejado un euro para cuando alguien quisiera mirar. Cogí la moneda, la introduje en la ranura y la óptica se abrió. Aunque de lejos no se podía apreciar con claridad, kilómetros y kilómetros de coches abandonados atascaban las principales vías de la ciudad, y congregaciones de lo que parecían ser centenares de esos bichos deambulaban sin rumbo allí abajo. El telescopio también daba una visión nítida y cercana del parque de atracciones que se encontraba a nuestros pies. Por allí no parecía haber ni rastro de infección, seguramente como había predicho, se había cerrado varios días antes del apocalipsis, lo que no llegaba a entender era porque el cura nos había asegurado que allí había “impíos” como él los llamaba. Después de que los dos echáramos un vistazo por el aparato, continuamos caminando. Nuestra visita termino en una pequeña construcción de piedra adaptada como tienda de souvenirs. Nos acercamos y miramos al oscuro interior cuando de pronto, David, un muchacho de unos ocho años que vivía con su madre nos sorprendió por la espalda.
-Es peligroso estar cerca –Nos advirtió el niño.
-¿Cerca de donde David? –Pregunté yo.
-De esa tienda, el padre Isaac no nos deja acercarnos.
-Vaya, no nos había dicho nada ¿Qué hay? –Proseguí intentando socavar algo de información.
-Mi papá. –Respondió él contundente.
-¿Dices que tu papá está aquí? –preguntó Albert atónito.
-Sí, se puso malo un día porque uno de esos impíos le mordió y…
-¡David, deberías estar rezando con tu madre! –Interrumpió bruscamente el Padre Isaac.
-Lo siento Padre.
El niño se alejo de nosotros como alma que lleva el diablo y desapareció de la escena. Sin pelos en la lengua Albert se dirigió al párroco.
-¿Es cierto que tienen a un infectado ahí dentro?
-Así que el muchacho se ha ido de la lengua. Bueno tarde o temprano debíais saberlo.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y rebuscó en él mientras se acercaba a nosotros. Metió una de las llaves en la cerradura,  giró el pomo y nos invitó a pasar. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la penumbra, pudimos ver una imagen espeluznante acompañada de un olor cuanto menos repulsivo. En medio de la tienda, atado y amordazado a una silla de madera, permanecía sentado un infectado.
-¿Se puede saber que cojones hace este infectado encerrado? –Gritó Albert aterrado.
-¡Vigila esa lengua en la casa del señor, joven! –Le recriminó el cura.
-¡Precisamente porque es la casa del señor no debería haber ninguna de estas criaturas! –Exclamé yo incrédulo.
-Antes de convertirse en un impío era uno de nuestros feligreses. Estoy intentando curarle desde entonces, no puedo abandonarle, era un buen hombre y algún día Dios me dará la razón. Estoy haciendo grandes progresos con él.
 -¿Y cómo supuestamente piensa curarlo? –Dijo Albert más tranquilo.
-Con agua bendita por supuesto, y rezando por su alma, llevamos semanas haciéndolo constantemente. Si vosotros dos os unierais a nosotros tal vez los progresos serian más palpables.
-¿Así que por eso rezan todo el día?, Padre Isaac, no creo que Dios tenga nada que ver en todo esto. –Dije yo intentando que entrara en razón.
 -¡Dios está en todas partes muchacho!–Gritó él enfurecido.
-Está bien Padre no se altere, ¿podría explicarnos como se infectó? –Preguntó Albert intentando apaciguar la situación.
-¡Defendiendo a su mujer, a su hijo y al resto de nosotros como un buen cristiano!
-¿De qué manera? –Pregunté yo.
-La segunda semana del apocalipsis, llegaron un par de docenas de pecadores a nuestras puertas, tal vez Dios nos puso a prueba para que pudiéramos ver de primera mano de lo que era capaz. Jaime aquí presente, junto a Carlos y Alfredo nos defendieron al resto de esas criaturas, pero por desgracia una de ellas le alcanzó con un bocado en el brazo. Poco después cogió fiebre, entró en coma y falleció, hasta que como Cristo, resucitó. Debía ser una señal, la maldad que corría en sus venas no era suya, sino del demonio. Lo encerramos para que en su locura transitoria no pudiera hacer daño a nadie, ese es el porqué de que esté aquí.
-Está bien padre, lo comprendemos. –Dije dándole la razón a la vez que hacia un gesto a Albert para que me siguiera el juego.
-Si padre, es lo único que podía hacer. –Respondió Albert respaldándome.
-Gracias hijos míos, es un gran alivio que lo comprendáis. No parecéis ser como esos necios de Cristian y Marta.
-¿Quiénes son esos dos? Nunca he oído hablar de ellos. –Pregunté yo intentando sonsacar más información de nuevo.
-Ni lo haréis, prometí no volver a hablar del tema.
-Tranquilo padre, no hace falta que diga nada. –Dijo Albert.
-Ahora hijos salgamos de aquí, es hora de mi misa diurna.
Dejamos al infectado en la pequeña tienda y volvimos a dentro. La cosa no podía quedar así, Todo aquello resultaba cada vez más extraño y aterrador. Como una maldita peli mala de terror. Esa misma tarde fuimos a preguntar al pequeño David si sabía algo de aquellos nombres. No hizo falta tirarle demasiado de la lengua para que hablara.
-Eran una pareja que llegó más o menos hará un mes. Cristian era simpático, estaba casado con una chica pero ella se había convertido en una impía. Vino con Marta, una amiga suya escapando de los “impíos” que les perseguian. El padre Isaac los invitó a quedarse hasta que un buen día les cogieron haciendo cosas.
-¿Qué cosas? –Preguntó Albert intrigado.
El niño esbozo una sonrisa traviesa y siguió hablando.
-¡Cosas de mayores!
-¿Y qué les paso? –Pregunté expectante.
-El padre Isaac se enfadó mucho, decía que esas cosas no se podían hacer en la casa del señor, que por cosas como estas había llegado el apocalipsis. Ellos se disculparon pero el padre Isaac quería que pasaran la prueba de Dios.
-¿Y cuál era la prueba? – Volví a preguntar absorto.
-Los llevaron con mi padre, decían que él tenía poderes para juzgar a los pecadores. Después no los volví a ver.
El relato del niño nos dejó a los dos sobrecogidos, sin saber que pensar. Si bien era cierto que el relato parecía imposible, el niño lo había contado como si tal cosa. Pasamos el resto del día disimulando después de hacerle prometer al pequeño que no hablaría de nuestra conversación con nadie. Una vez en el cobijo de nuestra habitación, y vigilando de que nadie nos sorprendiera, pusimos las cartas sobre la mesa.
-Albert, debemos salir de aquí.
-Lo sé, pero tienen todas nuestras armas, y sin ellas no llegaremos muy lejos.
-Eso déjamelo a mí, creo que sé donde las tienen, necesito que tú te ocupes de coger algunas latas de comida y un poco de agua, no llegaremos muy lejos sin ellas.
-¿Cuando quieres salir? –Preguntó Albert convencido.
-Saldremos ahora mismo. No he aguantado tres meses después de haberlo perdido todo para que ahora venga un cura chiflado a arruinarlo, seguiremos buscando refugio, este es demasiado peligroso, una semana más y acabaran por lavarnos el cerebro. Este padre se ha aprovechado del miedo de la gente para domarlos a placer, no voy a permitir que me pase lo mismo.
-Supongo que da igual hoy que mañana. –Respondió Albert tolerante.
-Saldremos en una hora, cuando todos se duerman. Ten cuidado, temo que si nos descubren acabemos como los famosos Cristian y Marta.
Todos parecían haberse dormido y en el pasillo no se escuchaba un alma, era hora de movernos. Mientras Albert se quedaba en la cocina a coger provisiones, yo me dirigí al despacho del padre Isaac. Durante toda nuestra estancia, era el único sitio en el que no habíamos estado y por tanto, el único en el que podían estar guardadas las armas. Empujé la puerta de madera pero estaba cerrada, como era de esperar. Respiré hondo y pensé en las posibilidades. Debía revisar la puerta y encontrar los puntos débiles. Con unas ganzúas y algo de experiencia no me hubiera costado ni medio minuto abrirla, pero en ese momento no disponía ni de una cosa ni de la otra. La única solución era desanclarla de los pernos que la sujetaban a la pared. Utilicé una pequeña navaja que llevaba en uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a desenroscar los tornillos. El proceso fue bastante lento, pero después de casi diez minutos y un par de cortes superficiales en los dedos, conseguí desencajar la puerta sin despertar a nadie. Entré  por el pequeño hueco que había quedado y revisé rápidamente la estancia con una linterna. Escondidas en un armario, encontré las dos armas y además un revolver de cañón corto cargado con seis balas. Me cargué las dos armas a la espalda, me metí el revólver en la chaqueta y salí de la sala nuevamente. Fuera, tres sombras esperaban bloqueando mi único camino de huida, era el padre Isaac acompañado de sus dos perros guardianes armados con escopetas.
-Parece ser que Dios nos ha vuelto a poner a prueba… será mejor que sueltes las arma, muchacho. –Dijo el cura.
Antes de que ninguno de los otros dos se pronunciara encendí la linterna y les enfoqué a la cara.
-Es usted padre, siento haberle despertado es que no podía dormir.
-Y has decidido asaltar mi despacho para relajarte, ¿verdad?
-¡Apaga esa linterna o lo lamentarás! –Dijo Carlos.
-¡No en la casa del señor a menos que sea totalmente necesario!- Le recriminó el cura.
-Oh, lo siento enseguida la apago.
-¡No has oído, deja la armas y apaga la linterna! –Gritó furioso Alfredo.
Con ese grito con toda seguridad había conseguido despertar a la mayoría de feligreses y alertar a Albert de que algo no iba bien.
-Está bien ya las dejo.
Me agaché y depuse el fusil y la escopeta en el suelo mientras continuaba enfocándoles con la linterna.
-Veis, ya está.
Al tiempo que me levantaba de nuevo, saqué el revólver del bolsillo de la chaqueta y apunté a la cabeza del padre sin que ninguno de los tres se diera cuenta aún cegados por la luz. Entonces apagué la linterna. Mientras ellos volvían a acostumbrarse a la oscuridad, aproveché para coger al cura del brazo, darle la vuelta, y apuntarle con la pistola en la sien. Cuando las retinas de los dos individuos se acostumbraron a la penumbra, se dieron cuenta de lo que acababa de suceder. El primero en pronunciar palabra fue el cura.
-¿Hijo mío, supongo que no querrás matar a un siervo del señor en su propia casa?
-Yo también lo supongo padre, pero así son las cosas, es usted o yo por lo que parece.
-No íbamos a hacerte daño muchacho, no somos esa clase de hombres. –Dijo Alfredo.
-No, sois del tipo de hombres que matan a dos personas por haber hechado un polvo en una iglesia.
-¿Co…como sabes eso? –Preguntó el padre Isaac.
-Eso no importa, y ahora vosotros dos descargad las armas y dejadlas en el suelo.
-¡Obedeced! –Dijo el cura muerto de miedo.
-Vaya padre, parece que no tiene prisa por encontrarse con el Creador, ¿eh?
-No a manos de un cabrón como tú. –Respondió él.
-Lo que usted diga, ahora coja mis armas muy lentamente y pásemelas.
El párroco obedeció sin rechistar mientras mi nuevo revolver le apuntaba a la cabeza. Me cargué de nuevo las armas a la espalda y salí de allí dejando atrás a los dos hombres con el cura como rehén. Algunos de los feligreses comenzaron a asomarse por la habitación, pero al encontrarse de frente con el cañón de mi nuevo revolver volvieron atrás. No quería hacerles daño, pero tampoco quería que ellos me lo hicieran a mí. Después de un par de minutos conseguí dar con Albert en la cripta.
-¿Qué coño haces Eric? –Me preguntó Albert alarmado al ver la escena.
-Improviso.
-Pues haber como improvisas esto, las puertas están cerradas y no tenemos llaves para abrirlas. –Dijo Albert visiblemente asustado.
-Padre, las llaves.
-Hijo mío no las tengo, están en el despacho.
-Albert regístrale, no me fío.
Albert empezó a registrar el cuerpo del cura con cierto pudor hasta que llegaron sus dos escoltas armados con las escopetas acompañados de buena parte de los feligreses.
-Vaya, no pensaba estar aquí cuando aparecieran; Albert, colócate detrás de mí. -El pecho me estaba a punto de estallar y estaba seguro que hasta el cura notaria mis latidos en su espalda.
-Chico, suelta al padre Isaac o lo lamentarás. –Dijo Carlos hecho una bestia.
-Suéltalo, vais a meteros en un problema muy serio. –Gritaba uno de los feligreses.
-Chavales del demonio, no sois bien recibidos en la casa del señor. –Decía una anciana.
-Dejad que el pastor vuelva con su rebaño. –Gritaba otra.
-Este rebaño se va a quedar sin pastor a menos que nos deis la llave de la puerta, nos marcharemos y os dejaremos en paz.
-Alfredo hijo mío, ve a buscar la llave a mi despacho. –Dijo el cura temiendo lo que pudiera pasar.
Alfredo se marchó corriendo y volvió al cabo de un par de minutos con el gran manojo de llaves en las manos.
-Déjalas en el suelo y empújalas con el pie hacia aquí.
El hombre obedeció y Albert recogió las llaves. Se acercó a la cerradura y después de unos cuantos intentos dio con la correcta.
-Os arrepentiréis de ésta, cabrones. –Me susurró el cura al oído justo antes de lanzarlo contra sus feligreses de un empujón para facilitar nuestra huida.
Después de que los dos cruzáramos al otro lado, cerré la puerta con llave y lancé el manojo por encima de la cripta hasta las escaleras de la iglesia. No podía dejarlos encerrados allí para siempre, pero tampoco iba a arriesgarme a que vinieran detrás nuestro. Tarde o temprano encontrarían las llaves, pero para entonces ya estaríamos muy lejos, o eso pensaba.
Corrimos hacia el coche lo más rápido que pudimos, por suerte seguía aparcado en el mismo sitio donde lo habíamos dejado una semana atrás. Busqué las llaves en la chaqueta y apreté el mando desbloqueando todas las cerraduras del coche. Albert abrió la puerta, pero justo antes de introducir su mochila dentro, un disparo destrozó en mil pedazos el cristal del maletero. Inmediatamente los dos nos dimos la vuelta y comprobamos de donde procedía. Era Alfredo, que había conseguido salir y estaba disparándonos. Otro nuevo disparo, que esta vez destrozó uno de los retrovisores, nos alerto de que Carlos había empezado a disparar también. Detrás de él se encontraba el padre Isaac. Sin duda habían logrado salir gracias a otra llave, posiblemente escondida en el atuendo del cura.
-¡Pensaba que habías registrado bien al cura! –Le dije mientras nos escondíamos detrás del coche.
-¡Y yo pensaba que habías desarmado a esos capullos! –Me recriminó Albert.
-¡Touché!
-¿Cómo vamos a salir con el coche por ahí?
-No lo haremos, el coche está destrozado. Te voy a cubrir con el revólver, quiero que cojas todo y pases al otro lado de la valla, y que sea rápido solo tengo seis balas.
-¿Y tú?
-Iré después de ti, tranquilo, no voy a hacerme el héroe muriendo acribillado. ¿Listo?
-¡Sí!
-¡Ahora!
Mientras yo salía de mi cobertura, Albert se subió al coche y lanzó todas nuestras pertenencias por encima de la valla. Cuando consiguió cruzar al otro lado, a mí tan solo me quedaba una bala. Subí al capó a toda prisa, apunté hacia su dirección y disparé. Justo después de escuchar mi último disparo, los dos tipejos salieron de su protección y dispararon con todo lo que les quedaba hacia el coche. De repente, mientras saltaba la valla para descender al otro lado, sentí un pinchazo en la espinilla. Caí al suelo y me miré la pierna mientras Albert sostenía el rifle sobre el capó del coche y comenzaba a disparar.
-¿Estás bien? –Me preguntó él preocupado.
-¡Joder, me ha alcanzado un perdigón!
-¿Puedes caminar?
-Más me vale o estoy muerto.
Me puse en pie lo más rápido que pude, me colgué la mochila de la espalda y toqué el hombro de Albert para indicarle que estaba listo para marcharnos. Se cargó el arma y la mochila a la espalda también y salimos de la escena adentrándonos en el parque.
-Es la primera vez que disparo un arma. –Dijo Albert.
-Pues bienvenido al club. Tranquilo con nuestra puntería no creo que hayamos matado a nadie… ¡joder!
-¿Qué? –Preguntó alarmado.
-Espera aquí.
Volví sobre mis pasos, desenfundé la escopeta y la apoyé en el coche como había hecho Albert anteriormente. Metí la mano a través de la reja dentro del coche. Entre los cristales rotos alcancé el arco que había olvidado allí el primer día y las flechas, y los cargué a mi espalda. Para entonces los dos toscos hombres corrían hacia el coche sin percatarse de que había vuelto a buscar algo. Cuando Carlos se dio cuenta, alzó su arma y comenzó a disparar. Con un acto reflejo apreté el gatillo y disparé los dos cartuchos hacia aquellos tipos. Alfredo que aún estaba cargando su escopeta, cayó al suelo. No podía esperar a ver si lo había liquidado, sólo cogí la escopeta y volví de nuevo a marcharme del lugar.
-¿Que hacías? –Preguntó Albert expectante.
-Si no queremos llamar la atención, el arco será mucho más práctico.
-Vale y ahora salgamos de aquí.

jueves, 30 de mayo de 2013

Capítulo octavo: Una nueva distracción



Me levanté y encendí el interruptor de la luz pero no funcionó, así que me decidí por levantar la persiana y dejar que los primeros rayos de sol entraran por la ventana. Bajé al salón y probé suerte pero ninguna de las luces funcionó, intente encender la tele pero nada. Bueno de todas formas el último canal había dejado de retransmitir semanas atrás con un desaliñado Matías Prats despidiéndose entre lágrimas de la audiencia tras varios días de noticias ininterrumpidas. Miré los contadores y todos estaban conectados. Como temía la luz se había ido y muy difícilmente iba a volver. Al menos habian aguantado hasta el último momento, ni de lejos pensaba que la energia duraria tanto.
Baje a la despensa, ya sólo quedaban un par de sobres de pasta precocinada y una lata de sopa. Según mis cálculos, la comida que había comprado en el supermercado dos meses atrás debería haberme durado por lo menos otros cuatro, pero iba a tener que racionar mucho los dos sobres y la lata si quería cumplir mis objetivos. Debía moverme, tenía que ir a buscar comida a algún sitio o moriría de hambre. La bebida también era un problema; aunque con los cubos en el tejado había conseguido algo de agua extra, hacia un par de semanas que no llovía y ya apenas me quedaban dos garrafas de las veinte que había comprado. La opción más sencilla era cruzar hasta alguna de las casas de los vecinos en busca de suministros. Iba a ser más fácil decirlo que hacerlo; desde que me había parapetado en mi casa no me había atrevido a salir ni al jardín por miedo a que esos engendros cruzaran el pequeño muro y los setos al oírme. La forma más sencilla era saltar alguno de los muros divisorios que separaban mi casa de las otras dos más cercanas, pero como he dicho, le tenía pavor al jardín y por si fuera poco, todo el primer piso estaba tapiado. Si hubiera sacado las maderas de alguna de las ventanas, no podría haberlas vuelto a colocar porque el ruido del martilleo hubiera alertado a todos los zombis de la zona. Debía ser precavido o lo arruinaría todo. Lo primero que hice fue bajar al garaje en busca de una escalera que sirviera como puente entre las dos casas. Encontré una escalera modular y la adapté hasta que quedó totalmente recta. Después subí hasta mi habitación y con algunas bridas até un par de los tablones que había utilizado para tapiar la planta inferior, a la escalera. Mi puente ya estaba listo. Cogí el arco y salí al balcón con cuidado. Disparé una flecha contra la pequeña ventana opaca de uno de los lavabos de la planta superior de la casa de al lado y volví a esconderme dentro de mi habitación. Esperé un par de horas mientras los zombis rastreaban el ruido y se percataban de que no había ninguna presa a la que poder hincarle el diente –tiempo era algo de lo que en esos momentos disponía en grandes cantidades- y saqué mi puente de asedio de fabricación casera. Lo tendí entre la barandilla de piedra de mi balcón y la cornisa del lavabo vecino y me cercioré de que no había zombis a la vista. Crucé con cuidado rogando por que la escalera no se partiese, si caía al primer piso, aunque no me hiciera daño, no iba a tener forma de volver a entrar en casa debido al tapiado de puertas y ventanas.
Después de unos tensos segundos, conseguí cruzar al otro lado. Entré con cuidado dentro del lavabo, y abrí la puerta que daba al pasillo. Un ligero pero claro olor a podredumbre me asaltó con la primera bocanada después de abrir la puerta. Antes de ir en busca de provisiones debía asegurarme de que allí no quedaba nadie. Registré las habitaciones de la planta superior con el pacificador en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra, por suerte todo estaba despejado. Opté por bajar a la primera planta y verifiqué que allí no había nadie tampoco. Abrí la puerta y bajé por unas extrañas escaleras de caracol metálicas hasta el garaje lo más en silencio que pude. La peste allí era casi insoportable, después de unos segundos entendí el porqué. En una de las esquinas del garaje yacían muertos un par de galgos que el padre de familia usaba cuando iba a cazar, rodeados por decenas de heces y orines resecos. Cerca de ellos había un par de enormes cuencos metálicos que posiblemente habían albergado comida y bebida tiempo atrás. Un gran saco de pienso rasgado a medio acabar en la otra punta de la estancia me hacía suponer que la causa de muerte había sido el agua y no la comida. Lo más probable era que hubieran dejado alimento y bebida sólo para los días que estuvieran fuera, después de todo, ¿quién iba a imaginar que de la noche a la mañana los hijos del mismisimo demonio se iban a poner a pasear por la tierra?
Hasta ese momento no me había percatado de que los ruidos de las mascotas habían desaparecido semanas atrás, y no pude dejar de preguntarme cuantos animales indefensos habrían perecido también encerrados en sus hogares a la espera de un amo que nunca regresó.
Tan solo quedaba una pequeña bodega separada del garaje por una puerta, saqué la linterna que llevaba en el bolsillo y entré poco decidido y muy asustado, las piernas parecian de gelatina y apenas podian sostenerme. Enfoqué en todas direcciones pero allí tampoco parecía haber ningún infectado, y mejor que eso, acababa de dar  con un pequeño botín de comida y bebida. Parecía que después de todo, la incursión iba a resultar una buena idea. Subí a las plantas superiores y rebusqué algo más que pudiera saquear, de todas formas dudaba mucho que sus anteriores inquilinos fueran a volver. Entré en la cocina y rebusqué en los armarios. Encontré bastante comida entre galletas, cereales y pasta aún sin empezar. Abrí la nevera pero no resultó tan fructífera como había supuesto, un hedor a carne podrida infestó aún más la habitación. Cerré de nuevo y continué con la búsqueda. De repente caí en la cuenta de que si el padre iba a cazar, seguramente tuviera alguna escopeta escondida por casa. Subí a la habitación suponiendo que era el lugar más probable y comencé a rebuscar en los armarios. Cuando estaba a punto de rendirme y probar suerte por otro lado, un sonido hueco me alerto de que detrás del armario empotrado había algo. Saqué las baldas de la ropa con cuidado y empujé suavemente el tope del armario hasta oír un ligero “click”. Al parecer el armario daba a una pequeña habitación de un par de metros cuadrados con una gran caja fuerte en su interior. Medía cerca de metro y medio  y estaba hecha de grueso acero. Una combinación numérica de cuatro dígitos y una llave me separaban de lo que fuese que hubiera dentro. En realidad lo que menos me importara ya era lo que se escondía en su interior, después de varios días sin nada que hacer este nuevo reto me suponía un alivio. Me olvidé de las provisiones y me puse a buscar la dichosa llave, los números ya los descifraría tarde o temprano –como he dicho antes, tenía tiempo de sobra-.
Busqué durante horas pero nada, se hacía de noche y era hora de volver a mi segura morada. Encontré un viejo monopatín y até un par de mochilas de deporte repletas de comida a él, crucé con todo por mi puente improvisado y almacené lo que pude antes de preparar la cena. Como suponía la electricidad no había vuelto, así que saqué el camping gas que había comprado y me preparé una  sopa bastante pésima.
Me levanté al día siguiente ansioso por continuar con la búsqueda de la llave que abriría la caja fuerte, de hecho apenas había podido pegar ojo en toda la noche imaginando que podría contener el preciado cajón blindado. Crucé por el puente y me puse manos a la obra. Registré en todos los armarios y cajones de la casa, en los jarrones decorativos e incluso en la cisterna del retrete pero nada de nada. Cuando llegó la hora encendí el walkie y me dispuse a hablar con Albert como todos los días para informarle de lo que había encontrado.
-Ojalá y pudiera estar allí, echo de menos cualquier tipo de diversión. Mi madre y mi hermano se están haciendo insoportables y cada dos por tres tengo que llamarles la atención a los dos para que discutan un poco más bajo.
-¿Como vais de comida? – Le pregunté preocupado.
-Mi hermano y mi madre trajeron comida de sus respectivas casas pero no voy a mentirte, empieza a escasear. Hemos decidido hacer una incursión como tú a la casa de al lado. Espero tener la misma suerte.

Hacía cinco días desde que comenzara la búsqueda de la llave y mis esfuerzos aun no habían obtenido resultados satisfactorios. Antes de volver a cruzar a la casa de los vecinos decidí prepararme un buen desayuno. Cogí el bote de Cola-Cao que había recuperado de la casa de al lado y me dispuse a hacerme un más que probable repugnante batido con agua. Abrí la tapa y descubrí una bolsita de plástico dentro. La saqué y la limpié con un poco de agua que había en el vaso. No me lo podía creer pero allí estaba, después de tanto buscar por toda la otra casa resultaba que la tenia conmigo desde el primer día. Me olvidé de la idea del batido y atravesé el puente que unía las dos casas a toda velocidad. Introduje la llave dentro de la caja fuerte y me aseguré de que era la correcta. Perfecto, ahora ya solo quedaba intentar descifrar el código. Había nueve mil novecientas noventa y nueve posibilidades, aunque lo más probable era que lo descifrara en menos intentos. Empecé con el 0001 y proseguí durante todo el día. Tan sólo me moví de allí para alimentarme e ir al baño. Cuando oscureció volví a casa con dolor de cabeza y me eché a dormir. La mañana siguiente decidí levantarme tarde. Sabía que en cuanto encontrara el maldito número el mundo se me volvería a echar encima.
A media tarde me colé de nuevo en la casa de los vecinos y continué probando combinaciones. Casi cuando el sol se ocultaba por completo, una breve melodía electrónica me indicó que había dado con el número correcto. Era el 9111, estaba claro que con mi suerte tenía que ser uno de los últimos. Quería esperar hasta el día siguiente para ver el contenido de la caja, pero mi impaciencia se apoderó de mí. Giré una pequeña palanca metálica y abrí con expectación la robusta puerta. Como suponía, allí había un par de armas largas y algunas cajas de munición. Además de eso, había también varias joyas y un montón de grandes fajos de billetes que ahora sólo me servirían para limpiarme el culo. Dejé las joyas y el dinero por el momento, saqué las armas y volví a dejarlo todo tal y como estaba antes de mí allanamiento. Escondí la llave en un lugar seguro y bajé al salón a inspeccionar los dos rifles. Una era una carabina de poco calibre seguramente usada para tiro deportivo. En una de las cajas ponía calibre .22, cargué el arma y la dejé a un lado. La otra era una escopeta de doble cañón que usaba cartuchos de calibre .12 seguramente muy similar a la que había usado Ana para defenderse de su familia infectada, sin éxito. Después de tanto tiempo, todos los recuerdos volvieron a mí llenándome los ojos de lágrimas.