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martes, 4 de junio de 2013

Capítulo decimocuarto: Un nuevo hogar


El viaje fue corto. Lo que a pie hubieran sido algo más de dos horas, en coche apenas fueron unos minutos. Después de dejar la ronda, nos metimos en la ciudad, bastante cambiada desde la última vez que estuve allí.  Gran Via 2 habia pasado de ser un centro comercial donde parejas alegres y familias paseaban y compraban cosas, a una fortaleza improvisada.
Las entradas y cristaleras del piso inferior que daban acceso a la calle habían sido sustituidas por ladrillos y hormigón para impedir el avance de los zombis. Un pequeño foso rodeaba buena parte del centro comercial y separaba el edificio del acceso a la calle. Multitud de trincheras hechas con alambre de espino y sacos de arena rodeaban la zona y hasta un par de andamios convertidos en torres de vigía preservaban el perímetro gracias a algunos militares apostados en ellos con rifles de precisión.
Lo realmente sorprendente de todo es que apenas había zombis deambulando. La mayoría de ellos estaban tendidos en el suelo, solos, o amontonados y calcinados en una glorieta cercana. Algún disparo ocasional se escuchaba aquí y allá, pero una extraña paz rodeaba esa zona de la ciudad. Nos dirigimos a una de las entradas del parking subterráneo fuertemente protegida por militares, hombres vestidos de calle y lo que a juzgar por lo que había visto en las noticias semanas antes, miembros de la B.H.S.U.
Al vernos acercarnos, un soldado levantó la mano permitiéndonos el paso.
-¿Nuevos, eh? –Preguntó fugazmente el soldado mientras pasábamos por su lado.
Aparcamos el coche salpicado de sangre en una plaza vacía del parking y bajamos del pick-up. Seguimos al grupo de milicianos aún asombrados, hasta la planta superior y acabamos en lo que antes del apocalipsis era una pequeña parafarmacia.
-Yo me quedo con los nuevos, vosotros podéis ir a descansar un rato, nos veremos luego. –Dijo el cabecilla al resto del grupo.
Definitivamente el centro comercial también había cambiado por dentro. Las tiendas se habían convertido en habitaciones y los escaparates de éstas habían sido tintados de negro para dar algo de intimidad a las salas, aunque a pesar de ello muchas tenían las puertas abiertas. Varios soldados caminaban de arriba abajo atareados en sus propios asuntos, algunos en ropa interior o toalla. El suelo permanecía relativamente limpio y en algunos locales, se habían colgado pancartas improvisadas identificando de qué se trataban. Al parecer nos habían llevado hasta lo que parecía ser la enfermería. Entramos y una chica se acercó a nosotros. Era la primera chica que había visto hasta el momento en toda la base.
-Me he percatado de que tienes una herida en la pierna, será mejor que te la curen para que no se te infecte, no vamos precisamente sobrados de antibióticos.
-Hola…umh ¿Héctor, no? –Dijo la chica pensativa.
-Sí. –Dijo él escuetamente con una sonrisa.
-¿Que querías?- Preguntó la chica.
-Necesitaría asistencia para este chico, parece que tiene una herida en la espinilla.
-¿Cómo te la has hecho? –Preguntó amablemente la chica.
-Me alcanzó un perdigón ayer, es una larga historia. ¿Alguien podría sacármelo?
-Claro, yo misma puedo hacerlo, el doctor está con otro paciente más grave. Ven, túmbate en esta camilla.
Seguí sus instrucciones y me tumbé en la camilla mientras ella se lavaba las manos, se colocaba unos guantes y cogía una bandeja de aluminio con instrumental quirúrgico. Héctor, al que había perdido de vista vino con una botella de vodka.
-¿Y esto es para desinfectar la herida?- Pregunté yo sonriente.
-No, te la desinfectará con alcohol, esto es para que bebas, no vamos bien de anestesia y para heridas poco graves como la tuya, nada como un buen trago.
-Gracias pero ahora no me apetece demasiado. –Rechacé yo cortésmente.
-Como quieras. –Respondió él sonriente, sabiendo algo que yo desconocía.
La chica se sentó en un pequeño taburete con ruedas y me hecho algo de alcohol en la herida. El líquido se convirtió casi inmediatamente en espuma. El escozor no era agradable pero podía soportarlo. La chica untó entonces un algodón con algo de yodo y lo puso sobre la pequeña  herida. Con un acto reflejo la retiré por el picor, pero inmediatamente volví a colocarla. Entonces, cogió unas pinzas de la bandeja y la aproximó a la espinilla. Antes de que pudiera meterlas más adentro retiré la pierna y esta vez no la volví a colocar.
-Pásame el vodka, por favor. –Le dije al sonriente Héctor.
-Toma. –Dijo él.
Metí un profundo trago a la botella, que traspasó mi garganta como aceite hirviendo y me mentalicé para que me sacaran la pequeña bola de plomo alojada en la pierna. La chica volvió a introducir las pinzas y en pocos segundos consiguió extraer a mi invasor compañero de viaje y dejarlo sobre la bandeja con un sonoro clinck. En pocos minutos y tras unos cuantos tragos más la herida ya estaba cosida y vendada. Me incorporé de nuevo y bajé de la camilla mareado ya por el alcohol.
-Ya que estamos aquí pídele un poco de pomada para el mordisco del brazo. –Sugirió poco acertado Albert.
Al oír la palabra mordisco, Héctor desenfundó la pistola que llevaba colgada y me apuntó a la cabeza antes de que ni siquiera pudiera parpadear. La chica se echó atrás con un impulso y rodó con el taburete en dirección opuesta.
-¿Te han mordido? –Preguntó tenso Héctor mientras aparecían por las puertas un par de soldados uniformados alertados por el ruido.
-¡Sí, pero tranquilo, no estoy infectado, no traspasó la chaqueta!– Dije yo lo más rápido que pude, acojonado y sentado todavía en la camilla, con las manos en alto.
-Déjame ver el brazo. –Dijo la chica, visiblemente más tranquila.
Me quité la chaqueta con cuidado, le mostré el mordisco y esperé a ver cuál era el veredicto. La chica respiró aliviada y se dirigió al interior de la tienda.
-No pasa nada Héctor, no está infectado. –Dijo mientras se alejaba.
-Chico, casi te vuelo la cabeza. Decir mordisco en los tiempos que corren es como gritar ¡bomba! en el interior de un avión. –Dijo Héctor recobrándose del sobresalto y enfundando el arma.
-Albert, casi haces que me maten. ¡Otra vez! –Respondí aliviado.
-Lo siento. –Se disculpó él.
La enfermera volvió a aparecer con un pequeño tubo de pomada y me aplicó un poco del ungüento sobre el feo moratón.
-La inflamación remitirá mañana. Ya podéis iros. –Dijo ella.
Después del susto, dejamos la enfermería y seguimos a Héctor hacia un nuevo destino. No tardamos en llegar a otro de los comercios rehabilitados. En él había otro pequeño panel hecho a mano donde ponía “Despacho de la milicia”. Entramos y encontramos sentado en un improvisado despacho tan solo amueblado con una enorme mesa de caoba y una silla de ruedas negra, a un hombre de cuarenta y pocos que nos dio la bienvenida.
-Es un placer ver nuevas caras por aquí. Me llamo Antonio Aguilera. Soy el encargado de reclutamiento de la milicia.
-Están más perdidos que todo eso, Toni. A estos les encontramos en mitad de la ciudad, apenas tienen idea de que ha pasado estas últimas semanas. –Respondió Héctor.
-Vaya por Dios. Bueno, pues a grandes rasgos, esta es una de las pocas zonas que permanecen intactas tras la infección en todo el país… bueno, será mejor que os sentéis.
Albert y yo tomamos asiento rápidamente esperando que por fin alguien nos diera una buena explicación. Fuese la que fuese.
-Como os decía, somos de las pocas zonas que quedan ya en pie. ¿Dónde os quedasteis?
-Nos dejó de llegar información cuando las cadenas dejaron de emitir, de eso hace ya varias semanas. –Respondió Albert.
-Pues siento deciros que desde entonces no han habido demasiadas buenas noticias. Después del apocalipsis, la mayoría de gente se dirigió a las bases civiles a refugiarse, y en menor medida a las bases militares para tomar parte en la milicia. Ese fue el caso de Héctor y mío. Los dos éramos policías, y después de que… de perderlo todo, decidimos devolverles un poquito a esos malditos zombis.
Al principio había varios cientos de bases civiles y militares disgregadas por todo el país. Algunas en centros comerciales, otras en zonas seguras de la ciudad, etc. El plan de protección de las bases fue excelente. En solo un par de días se prepararon todas las bases como ésta para resistir un posible asedio zombi. El problema llegó con la masificación de personas en los refugios. Algunas de ellas estaban infectadas, aunque no presentaban síntomas ni heridas, de hecho, muchas de ellas seguramente ni lo sabían. Algunas se habían infectado por besar a su pareja infectada, otros se habían infectado con la saliva producida por un estornudo de alguien que ni tan siquiera sabía que estaba infectado, etc. Los brotes empezaron a sucederse, y aunque eran bastantes se erradicaban con bastante éxito. Pero ya sabéis, un solo brote fructífero es suficiente para terminar con una base entera. Eso es lo que le pasó a la mayoría de ellas.
-¿Y cuántas bases quedan en el país a estas alturas? –Pregunté yo incrédulo.
-Unas veinticinco, aunque muy de vez en cuando, aún cae alguna. En personas tal vez unas treinta o treinta y cinco mil.
-¿Dice que solo quedamos Treinta o treinta y cinco mil personas de sesenta millones en España?
-No, por suerte no. Otras muchas personas decidieron quedarse en sus casas, con provisiones…como vosotros, y aún resisten hasta el día en que podamos rescatarlos. También hubo muchos pequeños pueblos, miles de ellos, distribuidos por toda la península a los que el apocalipsis ni siquiera llegó, y ahora resisten alimentándose de las provisiones o cultivos de la zona. Les puedo garantizar que aun somos unos cuantos millones dando guerra.
-¿Y ahora qué?
-Ahora si lo desean pasaran a formar  parte de la milicia. Lo cierto es que no tienen muchas opciones entre las que elegir. Si quereis comer, tendreis que trabajar.
-¿Y cuando empezamos? –pregunté yo resignándome a mi destino, fuese cual fuese.
-Chicos valientes, sí señor.
-Más bien chicos sin opciones. –Corrigió Albert.
-En cualquier caso, bienvenidos. Relajaos un par de días, se os asignara una misión próximamente. Intentaremos que sea de lo más simple posible para que os adaptéis a luchar en grupo, aunque estoy seguro que no os costará demasiado.
-Será mejor que os acompañe a vuestras habitaciones, han quedado un par de huecos libres esta mañana en una de ellas. –Dijo Héctor.
Nos levantamos después de despedirnos de Antonio Aguilera y seguimos a Héctor de nuevo, ahora hacia nuestros nuevos aposentos. Después de un par de minutos caminando llegamos a lo que antes había sido una pequeña tienda de animales ahora convertida en habitación, aun conservaba las jaulas de cristal, aunque ahora servian como almacenamiento. Estaba justo en frente del supermercado del centro comercial, pero éste estaba restringido por varios soldados custodiando la zona. Por suerte había habido una buena planificación y se había evitado que en los primeros días del apocalipsis se saqueara el centro entero.
Poco después de que ocupáramos nuestras literas aparecieron un par de chicos, un poco más jóvenes que nosotros, con solo una pequeña toalla cubriéndoles sus partes íntimas. Tenían un claro acento marcado de esos que solo se adquieren en barrios suburbiales de la ciudad.
-Vaya, tenemos compañía. Con lo bien que estábamos nosotros solos, joder ni un dia –Dijo uno de ellos.
-Más carne para esos putos zombis. –Dijo el otro, siguiendo al que claramente era el macho Alfa de su reducido grupo.
-Chicos, más vale que seáis amables con estos, tienen bastantes más huevos que vosotros así que merecen cierta consideración. –Dijo Héctor.
-Lo dudo mucho, pero bueno, eso ya se verá, ahora están en nuestro grupo.
-Estos son Jonathan y Dani. Tranquilos, parecen gilipollas, pero luego igual hasta les pilláis cariño.
-puf... –Dijo Dani con desdén.
-Bueno chicos, otros asuntos requieren mi atención, haced vida normal, cuando haya alguna novedad con los vuestro ya os informaran.
Héctor abandonó la estancia y nos quedamos solos con nuestros nuevos compañeros de habitación. No tuvieron que pasar ni dos minutos de charla hasta comprobar, que no solo parecían sino que además, eran gilipollas. Lo cierto es que después de lo ocurrido en los meses anteriores, hacer migas con un par de cretinos integrales era una de las cosas que menos ilusión me hacía. Sin prestar demasiada atención a sus fanfarronadas cogimos las toallas que había en nuestras literas y nos dirigimos a darnos una breve ducha de agua caliente. Las duchas estaban repletas de soldados y milicianos sucios y sudorosos, algunos incluso teñían el agua de rojo a causa de la sangre de sus compañeros caídos horas antes. Eran fáciles de identificar ya que además de la sangre, eran los únicos que miraban fijamente al suelo sin pronunciar una sola palabra, seguramente recordando la reciente, aunque nada sorprendente tragedia.
Separadas por un biombo se encontraban las duchas de las mujeres, sin duda mucho menos numerosas que las de los hombres. La mayoría eran militares, pero otras parecían haberse alistado en la milicia después del apocalipsis, seguramente al haber perdido todo lo que les quedaba como el resto de nosotros.
Terminada la ducha, volvimos de nuevo a la habitación, por suerte esta vez, los paletos se habían ido a dar una vuelta. El día había sido largo y desalentador, así que decidimos conciliar el sueño y dormir todo lo que pudiéramos.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo cuarto: Provisiones y armas


En el supermercado, el ambiente de tensión se podía notar en el aire. Todos estábamos preocupados, pero algunos más que otros. Yo lo tenía claro, debíamos comprar productos lo más imperecederos posibles y de sencilla preparación. Llenamos uno de los carros con garrafas de agua mineral y otro con comida enlatada, sobres deshidratados y barritas energéticas, y salimos de la tienda lo más rápido que pudimos. No nos hacía gracia vernos expuestos sobre todo después de lo que acabábamos de presenciar. Cargamos las provisiones en mi Jeep, pero antes de volver a la seguridad de nuestras casas decidí pasar por un par de sitios más a pesar de la negativa de Albert.
Nuestra primera parada después del supermercado fue una macro tienda de deportes. En aquellos momentos la paranoia me invadía y era completamente presa del pánico, cada treinta segundos daba una vuelta de trescientos sesenta grados para asegurarme que no había ninguna de esas cosas pululando a nuestro alrededor. Quería seguir el consejo de Albert y marcharnos para casa, pero sabía que tal vez fuera la última oportunidad de aprovisionarnos antes de que las cosas se pusieran aún peor. Compré varios artículos de supervivencia como linternas, un par de mochilas, un buen puñado de pilas, cerillas impermeables y hasta un camping gas con unos cuantos cartuchos extras, si la cosa pasaba, me vería obligado a irme de camping para amortizar la inversión. De camino a las cajas pasamos por la sección de tiro y no pude resistirme a comprar un arco de competición y varias flechas. Hubiera preferido poder comprar un rifle automático o un par de Pistolas Beretta 9 mm., pero esto por desgracia no era Estados Unidos y no te regalaban un arma con tu Happy Meal. Albert siguió mi ejemplo y cogió otro, después de todo no sabíamos si la cosa se iba a poner peor. No sólo me preocupaban los infectados, también los amigos de lo ajeno tan característicos de las situaciones de necesidad.
Pasamos por caja ante la mirada atónita de la cajera y nos dirigimos hacia la última parada, la ferretería. No quería dejar mi casa desprotegida mientras yo estaba en la otra punta del país. Compré varios listones para tapiar puertas y ventanas de la planta de abajo y salimos de la tienda.
Una vez en Alella, dejé a Albert en su casa con su parte de las provisiones y conduje hasta la mía. Por suerte no había señales de infección por la zona. Guardé el coche en el parking y subí al salón para poner el noticiario -que ya se había convertido casi en una droga-. El suceso de la madre y la hija ni siquiera apareció. Había tantos casos en todo el país que ya era imposible reportarlos todos.
Cogí el teléfono y llamé a Ana.
-Hola cariño, al final he decidido que vendré a Galicia. También he invitado a Albert y a Carlota si tus padres están de acuerdo.
-Claro, no habrá problemas, me alegra oírlo, y ¿cuando vienes?
-Mañana prepararemos el viaje, y en cuanto Carlota llegué de Formentera saldremos hacia allí.
Omití la parte del incidente con la madre y la hija y nos despedimos. Preparé algo de comer y me mantuve en el televisor hasta bien entrada la madrugada. Por lo visto era bastante probable que, dada la situación se impusiera el estado de excepción y los toques de queda en todo el territorio en los próximos días –varios países como Estados Unidos y Canadá ya se habían acogido a esos estatutos-.
Me levanté temprano. No había podido pegar ojo repitiendo una y otra vez la escena vivida el día anterior, en cuanto cerraba los ojos la imagen de la pequeña con su vestido empapado de rojo carmesí venia a mi mente sin remedio. Desayuné algo y me puse a tapiar las ventanas. Con tanto alboroto me había olvidado llamar a Verónica para que no fuera a trabajar a la oficina. La llamé al móvil pero no lo cogió, probé suerte en el despacho y en su casa, pero tampoco descolgó. Tragué saliva y continué tapiando.
Después de un trabajo bien hecho, encendí el televisor. A las tres de la tarde se esperaba una comparecencia del mismísimo Rey Juan Carlos. Me mantuve pegado al televisor hasta la hora del comunicado y escuche lo que tenía que decir.
-“Queridos ciudadanos, nos encontramos en un momento de crispación y temor, y por ello he decidido instaurar el estado de excepción. Durante la tarde de ayer y todo el día de hoy, se me ha informado de numerosos saqueos en varias ciudades de nuestro país. Por el bien de los ciudadanos me veo obligado a imponer el toque de queda en todo el territorio español, incluidas las islas. Todo aquel que sea visto a partir de las nueve de la tarde, será arrestado inmediatamente…”
Allí estaba, como habían presagiado los medios. Si el rey se había visto obligado a instaurar el estado de excepción, es que las cosas se estaban desmoronando muy rápidamente. Cambié de canal.  Disturbios en la mitad de los países del mundo, el ejército ya había salido a la calle en otros tantos. Había llegado el caos total, el principio del Apocalipsis. Ahora solo cabía esperar que todo acabara cuanto antes.
Llegó el día de partir hacia Galicia, después de un par de llamadas infructuosas –las líneas empezaban a estar saturadas- conseguí contactar con Albert.
-Y bien, ¿ya ha llegado? – Le pregunté inquieto y nervioso.
-No, y ayer tampoco conseguí hablar con ella. Me tiene bastante preocupado. Mi hermano se ha mudado a mi casa, ha decidido quedarse aquí, dice que su apartamento es muy pequeño.
-¿Seguro que no quiere venirse con nosotros?, la casa es grande.
-No, esperará a mi madre y se quedaran aquí, dicen que es más seguro. De hecho creo que me  quedaré con ellos. No puedo irme sin Carlota.
-Claro, lo entiendo.
-Tal vez esta sea la última vez que hablamos.
-No digas eso, capullo, ya verás como en un par de semanas los del ejercito se ponen las pilas y podemos volver a nuestra antigua vida. –Dije sin creerme mis propias palabras.
-Buena suerte entonces. –Dijo él con resignación.
-Igualmente y...raciona la comida. Descuida, la humanidad saldrá de ésta.
Era hora de ponerme en camino, no podía esperar mucho más o las carreteras se colapsarían. Era ahora o nunca. Subí a mi habitación y metí varias mudas de ropa al azar dentro de la mochila. También me agencié el viejo bate de béisbol que decoraba una de las pareces de mi cuarto. Bajé a la cocina y escogí los dos cuchillos más largos y afilados que tenia, por si surgía el caso. Continué escaleras abajo y llegué al garaje. Accedí a un pequeño trastero y me hice con mi viejo equipamiento de moto. Unos guantes de neopreno, un casco integral negro y una chaqueta que me había salvado la vida de un par de caídas serias gracias a sus protecciones en hombros y antebrazos. Me monté en el cargado Jeep y salí de mi fortificado refugio.
Por lo visto, no era el único que se iba a mudar una temporada. Varios vecinos cargaban sus maletas con presteza dentro de sus coches. Ni preguntas ni saludos, nadie parecía estar para banales cortesías ese día. Salí de la urbanización y me dirigí como otros tantos vehículos a la autopista. Suponía que el peaje de acceso estaría colapsado, pero ese no fue ese el caso. Todas las barreras estaban levantadas. Eso me preocupó aún más. En los casi veinte años que llevaba viviendo allí, no recordaba que se hubiera dado esa situación ni una sola vez. El carril de acceso era lento, pero aún más lenta era la autopista, a pesar de que los más listos habían creado un cuarto carril aprovechando el arcén. Debería haber salido antes, me repetía una y otra vez. A juzgar por el denso tráfico, ya eran pocos los que aún permanecían en sus casas. Tardé casi tres horas en recorrer media docena de kilómetros. Mucha gente abandonaba la psicológica seguridad del interior de sus vehículos y se subía sobre ellos para ver hasta donde llegaban las retenciones. Al bajar, todos soltaban unos cuantos tacos e improperios y volvían a meterse en el interior del coche.
Después de otros interminables cuarenta minutos, algo sucedió. Primero era un goteo controlado, pero al poco tiempo se convirtió en una avalancha de personas. Varios hombres, mujeres y niños corrían en dirección contraria a la autopista con visible pánico arrastrando las pocas pertenencias que podían cargar. Abrí el techo solar y me subí sobre el asiento para ver lo que sucedía. A lo lejos pude ver como una fina columna de humo negro se levantaba pasada una curva, y una marabunta aún más grande de personas se aproximaban corriendo por delante de diez o doce individuos deambulantes que supuse eran infectados. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. No tenía ni idea de que hacer. Si dejaba mi vehículo abandonado podría salvarme, pero dentro iban todas las provisiones de las que disponía. Sin ellas no duraría más de una semana. Estaba seguro de que ningún desconocido me ofrecería su casa como refugio ni compartiría la escasa comida de la que dispusiera conmigo.
Cerré los ojos con fuerza, inhale profundamente y volví a abrirlos. Cuando las coloridas centellas provocadas por la presión al cerrar los ojos desaparecieron, la primera visión que tuve fue la de un pequeño cartel blanco que indicaba una próxima salida. Sin pensarlo dos veces, me introduje de nuevo en el coche y aceleré, golpeando al coche de delante, ahora abandonado, para que me diera espacio de maniobra. Puse marcha atrás pero el coche que iba detrás había conseguido pegarse a mí impidiendo de nuevo que pudiera maniobrar. Cabreado y asustado, puse reductora, y empujé al impaciente conductor varios centímetros. Antes de que se bajara a darme dos ostias, aceleré y me dirigí hacia la desviación por el medio de dos carriles. Los laterales del coche crujían cuando rozaban con los vehículos o se llevaban por delante algún que otro retrovisor, y algunos de los pocos propietarios que aún permanecían en los coches tocaban el claxon y dirigían agravios hacia mi persona. Después de unos inquietantes segundos, alcancé el desvío. Según las indicaciones de éste, me llevaría a un pueblo vecino. Por suerte me conocía suficientemente bien la zona y pude salir de ahí sin problemas. El espectáculo no era mucho mejor allí. Algunos zombis caminaban despreocupados por las aceras, y varios transeúntes corrían de un lado a otro intentando preservar sus vidas. Uno de ellos, un hombre con calvicie avanzada y gafas de pasta defendía a su familia de uno de esos muertos a base de maletazos en la cabeza.
No podía dejar de pensar como solo en cuestión de un par de días las cosas se habían podido descontrolar de esa manera. Las manos me temblaban y el corazón se me aceleraba cada vez más. Debía volver a la seguridad de mi hogar. Hacer mil doscientos kilómetros con ese panorama iba a ser completamente imposible.
Esquivé a la gran mayoría, pero con ése no pude reaccionar a tiempo. Era una anciana vestida con bata y zapatillas de estar por casa. Acababa de sortear a un joven que se dirigía de frente hacia mí cuando la vieja apareció. El impacto fue irremediable. La mujer estaba tendida en el suelo, a juzgar por su aspecto y color de piel, era uno de ellos. No esperé a que se levantara, aceleré y esquivé su cuerpo malherido dejándola atrás. Después de eso, la taquicardia aumentó hasta tal punto, que creía que me iba a dar un infarto allí mismo. Después de unos eternos treinta minutos, logré llegar a casa y aparcar de nuevo el ahora destrozado coche en el garaje. Bajé de él, subí al salón y cogí uno de los cigarros que guardábamos para las visitas ya que yo fumaba en raras ocasiones. Cogí el Zippo que me había guardado en el bolsillo antes de salir y abrí la tapa. Después de intentar encenderlo hasta en cuatro infructuosas ocasiones partí el cigarrillo por la mitad y lo lancé al suelo. Me dirigí a la cocina y probé más suerte con una copa rebosante de Vodka. Aunque la mitad del licor terminó derramado en la encimera, conseguí servirme una copa. Dirigí la temblorosa mano hasta mi boca, y lo tomé de un largo trago. Caminé de nuevo hasta el salón, me senté en el sofá y cerré los ojos.