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martes, 4 de junio de 2013

Capitulo Decimoquinto: Una nueva misión


Como nos había prometido Antonio Aguilera, al amanecer del tercer día un par de soldados vinieron a buscarnos para encomendarnos nuestra primera misión como soldados de la milicia. Íbamos en el mismo grupo que Jonathan y Dani, por lo que ellos también eran parte de la misión. Fuimos a desayunar y nos reunimos en el parking subterráneo junto con un grupo de ocho soldados, y salvo Héctor, que era uno de ellos, no conocíamos a ninguno más. Después de una más que escueta presentación, sin demasiado entusiasmo, un par de hombres subieron a dos pick-up que estaban aparcadas esperando nuestra marcha. El resto, subimos a ellas seguidamente, y salimos del garaje. Después de dos días de relativa seguridad, el olor a muerto volvió a sumergirnos en la realidad.
-Bueno chicos. Sé que volver a la acción no es lo que más os apetecería en este momento, pero no tenemos muchas más opciones. –Dijo Héctor dirigiéndose a nosotros. – El resto, ya sabéis como va esto. Hay un par de supermercados que no han sido saqueados. Nuestra misión es ayudar a un camión del ejército que ya se encuentra allí. Nuestra única tarea hoy es esperar a que despejen los dos locales, y ayudarles a cargar las cajas en el camión. Solo eso, hoy, estamos de suerte.
-Vaya lástima. Yo quería cargarme a algunos de esos bichos antes de la cena. –Dijo el idiota de Jonathan.
-Estoy seguro de ello. –Dijo Héctor sin hacerle mucho caso.
Poco después de que Héctor acabara de explicar la misión, los primeros zombis empezaron a hacer acto de presencia.
-Tranquilos. En pequeños grupos no son un problema. A menos que nos quedemos sin gasolina, claro está. -Dijo Héctor despreocupado.
-Vale, estamos llegando. -Dijo el hombre encargado del mapa.
Menos de diez segundos después de que el hombre pronunciara las palabras, un par de ráfagas de disparos se escucharon en la distancia. Los dos pilotos de las camionetas aceleraron el paso y se dirigieron al origen de los disturbios, que como era de esperar, estaban en el mismo lugar que nuestra misión.
 Aparcado sobre la acera se encontraba un enorme camión militar de color verde, con una lona a juego que tapaba la parte trasera del vehículo. Subidos en ella resistían un par de soldados muertos de miedo evitando con sus armas que los zombis subieran al camión. Antes de que pudiéramos acercarnos más, uno de los zombis se desmarco del resto de la muchedumbre, agarrando a uno de los soldados por el tobillo, haciéndole perder el equilibrio y caer al duro asfalto. Antes de que pudiera levantarse, y ante la atónita mirada de su compañero, que había dejado ya de disparar, un grupo de zombis se abalanzó sobre el muchacho mordiendo cualquier pedazo de carne al que pudieran acceder.
-Joder, como de costumbre, hay problemas. –Dijo uno de los hombres más mayores del grupo.
Continuamos la marcha hasta estar a menos de quince metros de los zombis. El conductor tocó el claxon levemente, para alertar a los sujetos que se encontraban asediando al camión. El plan surgió efecto, y como si les hubiéramos llamado por el nombre, los que no estaban devorando al pobre muchacho se giraron en nuestra dirección.
Sus cuerpos putrefactos y rojizos comenzaron a tambalearse hacia nosotros al tiempo que Héctor ordenaba a todos los milicianos desplegarse y atacar cuerpo a cuerpo. Después de todo, necesitábamos sacar las provisiones del lugar y más disparos iban a hacernos un flaco favor. Albert y yo nos mantuvimos en la retaguardia, por orden expresa de Héctor. Los demás milicianos comenzaron a golpear a los zombis con los pacificadores y algún que otro cuchillo largo, mientras nosotros, desenvainábamos solo por si acaso. Los golpes huecos resonaban en la calle junto con los guturales sonidos de los zombis y los resoplidos de cansancio de nuestros compañeros. Cuando apenas quedaban media docena de zombis, Héctor nos toco en el hombro y nos dio la señal para demostrar de lo que estábamos hechos mientras algunos de los milicianos se dispersaban, recorriendo la calle de arriba abajo y terminando con los pocos zombis que se acercaban alertados por los disparos. Con bastante miedo, nos aproximamos a un par de hombres de mediana edad. Uno de ellos aun tenía un trozo de carne en la boca, que masticaba casi mecánicamente. Sin pensarlo mucho lancé la katana contra su cuello, dejando buena parte de éste seccionado. Definitivamente me faltaba práctica. Un hombre experimentado hubiera decapitado al hombre sin problemas. De nuevo y tras dar un par de pasos hacia atrás, volví a lanzar otro estoque, solo que éste directamente en el cráneo, acabando al fin con el sufrimiento de aquel pobre engendro. Albert por su parte bateó con todas sus fuerzas al otro hombre, fulminándolo sin más dificultad. Continuamos con los dos más cercanos mientras la mitad del grupo entraba a despejar y saquear el supermercado.  La misión hasta el momento parecía bajo control, al menos por nuestra parte. El muchacho superviviente de la masacre del camión permanecía agazapado cerca de una de las ruedas traseras mientras uno de los milicianos le examinaba en profundidad comprobando que no tuviera ninguna pequeña herida provocada por los zombis. Después de apenas un par de minutos de espera, varios milicianos arrastrando carritos de la compra empezaron a salir del supermercado. Los carros estaban llenos hasta arriba de alimentos, y de algunos elementos necesarios como jabón, papel higiénico, etc.
Sin mayor dilación empezaron a cargarlos al camión, mientras otros milicianos se adentraban en el interior. Después de la tercera entrada, nos toco el turno a Albert y a mí, acompañados de nuestros encantadores compañeros de habitación. Cogimos los carros y cruzamos el umbral de la puerta perdiendo la visión durante un par de segundos por el cambio de luz. Una vez adaptados, seguimos a Jonathan y Dani hasta uno de los pasillos iluminados con linternas de pie y empezamos a cargar. Apenas tardamos un par de minutos en llenar el carro hasta los topes, y seguimos hasta la salida. De momento todo parecía extremadamente fácil teniendo en cuenta que nos enfrentábamos a la mayor amenaza que la raza humana había conocido. Una vez en el camión descargamos el contenido del carrito como los otros milicianos habían hecho antes que nosotros, y nos quedamos nuevamente fuera esperando más intrusos. Apenas unos segundos después de que los últimos milicianos se adentraran en el supermercado, uno de los nuestros apareció de una calle paralela. Llegó hasta Héctor, y le susurró algo al oído. De repente la cara de éste cambio.
-Chicos, me informan de que una horda de casi doscientos zombis se acerca hacia aquí, hora de irnos.
Al escuchar esto, la cara de sorprendente tranquilidad de la mayoría de milicianos desapareció, dejando paso a una histeria colectiva. Jonathan y Dani nos apartaron de un empujón y volcaron el carro en el interior del camión sin demasiado cuidado. Inmediatamente, los milicianos que se habían adentrado en el supermercado, salieron como alma que lleva el diablo del local, con el carro apenas a un cuarto de su capacidad. Antes de llegar al camión, uno de ellos tropezó haciendo caer el carro con él y esparciendo los pocos alimentos que habían podido conseguir por el oscuro asfalto teñido de sangre. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, el resto de milicianos subió a las furgonetas y al camión dispuestos a salir de allí pitando. Después de un buen grito de Héctor llamando nuestra atención, nosotros también nos pusimos en marcha y subimos a una de las furgonetas. Todos estábamos ya subidos cuando los primeros zombis empezaron a aparecer de la calle de al lado. Todos menos el miliciano que había tropezado y caído con el carro. Éste, seguramente avergonzado por haber tirado algo tan esencial, se apresuraba a cargar lo que podía coger entre sus brazos y a lanzarlo dentro del camión, mientras el resto del grupo le gritaba para que subiera a alguno de los vehículos. Para cuando hubo acabado de recogerlo todo, los zombis estaban casi a su lado, Héctor hizo un gesto, y a su orden, todos empezaron a disparar hacia la masa de cadáveres andantes. Las balas hicieron mella en la primera fila, pero no tardaron en quedarse cortas ante tal avalancha. El hombre por fin recapacitó y esprintó hacia el camión, que ya se movía hacia el resto de furgonetas para salir del lugar. Pero ya era tarde. Uno de los zombis consiguió agarrar al hombre por la camiseta, y adentrarlo en la masa cadavérica para devorarlo junto a sus compañeros. Cuando los primeros gritos de desesperación y dolor salieron de aquella masa de cadáveres, Héctor hizo un nuevo gesto y los vehículos comenzaron a moverse ordenadamente para abandonar el lugar.
-Primera lección chicos. La seguridad por encima de todo. –Dijo Héctor abatido.
-¡Y la próxima vez, cuando oigáis la frase horda de zombis, no os quedéis parados como si nada de eso fuera con vosotros! –Dijo un sabiondo Dani.

Capítulo Decimotercero: Huyendo de nuevo


Cruzamos parte del fantasmagórico parque abandonado intentando buscar una salida, pero las verjas eran muy altas o la caída era prácticamente mortal. Además, de noche con las linternas nos encontrarían enseguida, y sin ellas seriamos presa fácil de algún zombi perdido por el bosque. Lo único que podíamos hacer era escondernos en algún lugar del parque y salir al amanecer. En la aterradora oscuridad, parecía haber cientos de ojos siguiendo nuestros pasos, y el crujido de las agarrotadas atracciones a causa del fuerte viento que soplaba, no ayudaba a calmar la situación.
-¿Y bien, donde quieres esconderte? –Preguntó Albert.
-En el castillo embrujado.
-¿No se te ocurre nada mejor?
-¡Serás marica! Elijo el castillo porque tiene escaleras y por lo que sabemos los zombis no pueden subirlas, es de los sitios más seguros del parque. Además, si esos capullos nos encuentran dentro podremos huir por detrás, era mi atracción favorita de niño y me la conozco bien.
-Bueno como quieras pero con cuidado.
Llegamos hasta los enormes peldaños que daban acceso al interior del castillo y comenzamos a subirlos. Cuando el parque estaba abierto al público, los escalones se movían de arriba abajo dificultando seriamente la subida, pero ahora, sin corriente eléctrica permanecían inmóviles como los de cualquier otra escalera. Teniendo en cuenta lo cargados que íbamos era cosa de agradecer. Llegamos hasta arriba pero la puerta estaba cerrada, como era de esperar.
-¿Y ahora, genio? –Preguntó Albert.
Di un par de pasos atrás para coger carrerilla, me impulsé y golpeé con el hombro la puerta echándola abajo.
-Son puertas de una atracción genio ¿no esperarías que se hicieran con madera maciza, verdad? –Le dije mientras me incorporaba del suelo.
Albert sonrojado no dijo nada y se coló dentro de la oscura atracción mientras yo colocaba improvisadamente la puerta. Si subían las escaleras se darían cuenta de que la puerta había sido forzada, pero desde abajo no podrían notar la diferencia. Encendimos las linternas y conmigo a la cabeza cruzamos buena parte del castillo.
-Lo recordaba más tétrico. –Dijo Albert.
-Tal vez es porque la última vez que vinimos teníamos once años.
Continuamos hasta un pequeño tobogán metálico que daba a la planta de abajo.
-¡Venga baja gallina! –Le dije mientras le propinaba un leve empujón para tirarlo rampa abajo.
Justo al llegar abajo, Albert produjo un grito de angustia seguido de un par de enérgicos improperios. Cuando iluminé el tobogán para ver lo que fuera que allí hubiera, pude observar rastros de lo que parecía ser sangre reseca sobre el frío metal de la rampa. Armándome de coraje y con sentimientos de culpabilidad bajé la rampa de un impulso. Justo antes de golpearme con Albert, me impulsé saltando torpemente por encima de él y tumbando a las dos sombrías criaturas que allí había. La linterna salió disparada y acabó iluminando una esquina de la sala. De repente, yo me encontraba intentando escapar de las dos bestias mientras Albert tiraba de la pierna de una de ellas sin demasiado éxito.
-¡La linterna! –Grité yo.
Albert dejó la pierna del zombi, cogió la linterna y enfocó la situación. Antes de que pudiera darme cuenta, uno de ellos estiró de mi brazo con fuerza y clavó sus dientes sobre mi chaqueta. Un dolor mucho más intenso que el provocado por el perdigón que ahora tenía alojado en la espinilla recorrió mi brazo hasta llegar al cerebro y le informó de que con casi toda seguridad había sido infectado. El pánico entonces se apoderó de todo mi ser y comencé a tirar con fuerza de mis miembros para zafarme de las garras de aquellos malditos infectados a la vez que les propinaba patadas y empujones. Después de unos más que angustiosos segundos, conseguí liberarme de uno de ellos. La linterna se movía de un lado para otro y no podía distinguir a Albert que se encontraba al otro lado de la luz. De repente un cañón apareció de la oscuridad y disparó iluminando la sala con un fugaz destello rojizo. Mi brazo quedó liberado al instante y retrocedí arrastrándome por el suelo hasta topar de nuevo con la rampa del tobogán. Al parecer Albert había conseguido volarle la tapa de los sesos a uno de ellos y el otro se incorporaba con dificultad en la otra punta de la pequeña estancia. Antes de que Albert pudiera disparar una segunda vez, me incorporé poniéndome entre él y el infectado, desenvainé la katana y la introduje con furia a través del ojo del maldito engendro mientras gritaba delirante y temeroso. Cuando cayó al suelo extraje la katana de su cuenca ocular, la limpié con sus raídas ropas y la envainé de nuevo.
-Alumbra aquí por favor. –Le dije a Albert estremecido y asustado.
-¿Te han mordido? –Preguntó él preocupado.
-Ahora lo sabremos, ¡alumbra de una puta vez! –Le dije mientras me sacaba la chaqueta y estiraba el brazo.
Había claras señales de un mordisco en mi brazo, pero por suerte los dientes del zombi no habían conseguido atravesar las protecciones de espuma del antebrazo y ahora un morado sustituía a una infección garantizada. Me senté en el suelo, respiré profundamente  y me sentí como si volviera a nacer.
El par de cadáveres descansaban a menos de un metro de nosotros, eran un chico joven y alto al que le faltaba medio cráneo gracias al disparo a bocajarro de Albert, y una chica rubia con el pelo alborotado y enmarañado, teñido en parte de rojo por la sangre ahora sin el ojo izquierdo.
-Joder que susto me has dado. –Dijo Albert intentando tranquilizar su pulso.
-Siento haberte asustado. –Le dije cínicamente.
-¿Quién coño eran estos y que cojones hacían aquí?
-Deja que te los presente. El chico zombi al que has disparado en el cráneo es Cristian, y la chica rubia guapa sin ojo es Marta.
-¿Como lo sabes?
 -Alguien los tiró por la rampa una vez infectados, seguramente fueron esos tarados. Los escondieron aquí, eso quiere decir que por aquí abajo la salida está bloqueada, tenemos que volver sobre nuestros pasos.
-¿Y cómo subimos de nuevo el tobogán?
-Lo que más me preocupa es cuándo llegaran aquellos cabrones, sin duda habrán oído el disparo y ahora vendrán hacia aquí.
-No creo que se arriesguen a salir de su refugio para matar a un par de chicos.
-Créeme, cuando volví a por el arco ya se disponían a saltar la valla para perseguirnos. Habrá que emboscarles.
Me tumbé sobre el tobogán y Albert escaló por encima de mí para colocar sus pies sobre mis hombros, pero justo antes de conseguirlo, varios sonidos se escucharon en la entrada de la atracción.
-No hay tiempo, escondámonos detrás del tobogán. –Dijo Albert mientras bajaba de nuevo.
A los pocos segundos las voces se hicieron más fuertes y por fin aparecieron los tres hombres sobre nuestras cabezas.
-Iluminad la zona, hay que encontrarlos. –dijo el cura encolerizado.
-¡Y matarlos, si alguien se entera de lo que ha pasado aquí se nos va a caer el pelo! –Respondió Carlos aún más perturbado.
-Parece ser que ahí están los dos chavales que tiramos aquí abajo, se los han debido cargar.-Señaló Alfredo.
-No pueden estar muy lejos, la salida está bloqueada con cadenas, tienen que estar un poco más adelante. –Argumentó el padre Isaac.
-Pues ves a buscarlos. –Le recriminó Alfredo.
-Yo soy el que se inventó toda esta farsa y no voy a mancharme ¿qué aspecto daría un cura con la sotana empapada de sangre?
-Tú no eres cura.
-Pero eso solo lo sabemos nosotros tres. –Respondió el recién descubierto farsante.
-¡Yo me quedo con el de la chaqueta de moto, me ha dejado la cara hecha un Cristo! –Respondió Carlos.
Los dos se tiraron por el tobogán a regañadientes mientras el falso cura se quedaba arriba. Antes de que dieran un paso más, les di el alto.
-Como os mováis un pelo os mato aquí mismo. –Dije yo dispuesto a cumplir mi amenaza.
Mientras yo apuntaba a Carlos, Albert apuntaba a Alfredo.
-No tendréis agallas. –Respondió Carlos amenazante.
-Si no quieres comprobarlo haz lo que te diga, deja la escopeta en el suelo y apártala de tu lado, y tú haz lo mismo.
Cuando los dos se dispusieron a dejar las armas en el suelo, Alfredo se giró bruscamente con la intención de encañonar a Albert. Con un acto reflejo, disparé la escopeta contra su pecho y lo envié con el impacto a la otra punta de la habitación. Cuando Carlos se percató de lo sucedido, intentó hacer lo mismo que su amigo, y esta vez Albert, le disparó en la cabeza.
El falso padre Isaac viendo lo ocurrido, se dio media vuelta y corrió como un poseso hacia la salida. Los dos hombres yacían tendidos en el suelo, y la habitación estaba completamente moteada de salpicaduras y cuajarones de sangre y sesos. Albert comenzó a vomitar y yo no tarde en seguirle. Después de unos segundos, conseguimos tranquilizarnos.
-Acabo de matar a un hombre, bueno a dos pero uno de ellos ya estaba muerto, el otro sin embargo… –Dijo Albert en shock.
-Sé a lo que te refieres, es mucho más duro matar a un hombre que a un zombi. –dije yo.
-Sí.
-No pienses mucho, no nos quedó otro remedio, tendremos que aprender a vivir con ello el resto de nuestras vidas que confío no será mucho tiempo si nos quedamos en esta montaña.
-¿Quien coño serian estos tíos realmente? –Preguntó Albert.
-No lo sé, pero si el tal Isaac era cura yo soy el mismísimo papa.
Recogimos la munición de las escopetas, y nos marchamos de allí después de conseguir remontar el tobogán. Salimos del parque con cuidado por si el padre impostor seguía por ahí fuera acechándonos, pero no dimos con él durante todo el camino de vuelta. Empezaba a amanecer y era más fácil buscar una salida del parque. Encontramos una pequeña soga y la atamos a una de las barandillas. Bajamos por ella torpemente y accedimos al exterior del parque, rodeado por cientos de metros de bosque y caminamos campo a través durante un buen rato. Después de todo lo sucedido, incluso en un mundo azotado por la muerte, ese tranquilo paseo a través de los árboles nos calmó un poco.
Después de unas cuantas extenuantes horas caminando por el linde de la ciudad, sin toparnos con ninguna de esas criaturas, conseguimos llegar a las afueras. Allí los atascos parecían menos abundantes, y aunque había varios coches aparcados en los arcenes, se había formado un carril en medio de la carretera perfecto para viajar con coche.
-¿Qué te parece si cogemos un coche? –Me preguntó Albert.
-No sabemos cuándo se puede acabar el camino, posiblemente solo sea casualidad. No parece haber nadie controlando el tráfico, Además podría haber algunas de esas criaturas cerca, entre los coches.
-Por aquí tardaremos siglos en llegar a la base.
-Si es que todavía sigue en pie.
-Ya te lo dije, lo miré justo antes de que se perdiera la conexión a la red y los post decían que era un lugar seguro.
-Ya, pero ha pasado bastante desde entonces, esperemos que realmente esté en pie, porque no tenemos un plan B.
De pronto un murmullo lejano se escuchó detrás de nosotros. Era el sonido inconfundible de un motor de gasolina, junto con algunos disparos, que contrastaban con todo el apacible silencio que parecía haber en la zona. Era un pick-up de color azul oscuro que se acercaba en nuestra dirección por mitad del carril de la Ronda del litoral. Albert alzó la mano pero antes de que se fijaran en nosotros, me agazapé y tiré de él con fuerza para que hiciera lo mismo.
-¿Qué narices haces? –Me susurró enfadado.
-Por lo que sabemos están armados, y no sabemos si son buenos o malos. No sabemos cómo están las cosas por aquí, tal vez los supervivientes que queden se hayan convertido en asesinos potenciales.
-…Tal vez tengas razón…continuemos. –Respondió él pensándolo fríamente.
Proseguimos la marcha una hora más cuando de nuevo volvimos a escuchar un sonido acercándose. De nuevo era un vehículo, pero esta vez, paró a nuestra altura sin que apenas nos diera tiempo a agazaparnos.
-¡Para! creo que he visto a un par de ellos, deja que vaya a liquidarlos. –Dijo uno de ellos.
-Llévate a Julio contigo, tal vez haya más. –Dijo el que parecía el cabecilla.
Antes de que dijeran algo más salí de mi escondrijo envalentonado y apunté a uno de ellos, después de propinarle un golpe de tacón Albert salió también del escondite.
-Creo que no vais a liquidar a nadie, marchaos por donde habeis venido y todos continuaremos con nuestras vidas de mierda. –Dije yo alterado.
A pocos metros de nosotros pendiente abajo, había media docena de hombres mirándonos con cara de póker, montados sobre un pick-up de la misma marca y modelo que el que había pasado hacia un rato, pero éste de color blanco adornado con algunas salpicaduras de sangre reseca granate.
-¡Si son supervivientes! –Exclamó uno de ellos.
-Sí, ¿y vosotros quienes sois? –Preguntó Albert intentando mediar en el conflicto.
-¿Es que acaso no lo veis? –Dijo el que iba como copiloto golpeando con la mano un símbolo dibujado en la puerta.
-Pues lo cierto es que no. –Dije yo cada vez más cabreado y asustado.
-Chicos, no sé donde habéis estado estos últimos meses, pero desde luego no por aquí. Somos parte de la milicia.
Albert y yo nos miramos extrañados sin bajar las armas.
-¿Quién creéis que ha retirado todos los coches del carril principal?
-Bajad las armas y acercaros, parece que necesitáis que os lo expliquemos desde el principio. –Dijo de nuevo el que parecía estar al mando.
-¿Por qué queríais matarnos? –Pregunté yo aún escéptico.
-Pensábamos que erais zombis, no podíamos imaginar a dos supervivientes paseando tranquilamente por aquí, vaya par de chalados estáis hechos.
-¡Anda, montad! –Dijo otro.
Bajamos las armas reticentes y nos acercamos al vehículo con precaución. Cuando llegamos, un par de hombres nos ayudaron a subir a la parte trasera y proseguimos la marcha junto a ellos. Parecían gente amigable aunque la experiencia jugaba en nuestra contra. Después del suceso del cura y los feligreses no podíamos permitirnos meter la pata de nuevo.
-¿Y qué narices estáis haciendo por aquí? –Preguntó uno de ellos impaciente.
-Hemos… hemos escapado de nuestro refugio. –Respondí yo midiendo las palabras.
-No nos quedaba comida y estábamos sitiados dentro. –Prosiguió Albert más confiado.
-¿Dónde os dirigíais? –Preguntó el copiloto con un grito.
-A la base civil de Barcelona, si es que aún está en pie. –Respondí yo con otro grito para que me oyera.
Durante unos segundos, todo el mundo permaneció callado.
-Lo siento chico, esa base hace semanas que cayó. Nosotros nos dirigimos a la base militar de la B.H.S.U.
-¿Que la base a caído? –Preguntó Albert consternado. – ¿Cómo ha podido ser?
-Como pasa siempre, un infectado se coló y el caos se apoderó de la base en pocas horas. Los pocos supervivientes que quedaron, y con pocos quiero decir menos de los que se pueden contar con los dedos de una mano, se escondieron en la base de la B.H.S.U.
-Eso es terrible, ¿cuántos sois en la base? –Pregunté.
-Entre quinientos y seiscientos. –Respondió uno de ellos. –Pero cada día ese número decrece.
-¿Por qué?- Preguntó Albert.
-¿Por qué? Pues porque cada misión es una ruleta, estas misiones suicidas casi siempre terminan con varias bajas. Pero no hay más remedio. Hay que conseguir comida, hay que facilitar las cosas a los posibles supervivientes como vosotros para que lleguen, hay que luchar. –Voceó el tipo sentado en el asiento del copiloto.
-No lo tengáis en cuenta, está cabreado, como todos nosotros, hoy hemos perdido a un par de compañeros. Aunque al final lo superas, nunca te acabas de acostumbrar. Cuando lleguemos a la base os responderán a todas las preguntas, no os preocupéis. –Dijo uno de los chicos sentados detrás con nosotros.

lunes, 3 de junio de 2013

Capítulo Duodécimo: Algo más que fe


Después de una semana de convivencia, aún no nos hacíamos a nuestros nuevos compañeros de refugio. Dedicaban casi la totalidad del día a rezar para que el apocalipsis se terminara, y aunque nos habían invitado varias veces a unirnos a ellos, nosotros habíamos rehusado. Si de algo estábamos seguros, era de que Dios no iba a bajar del cielo a purificar a los zombis y convertirlos de nuevo en personas. Me preocupaba seriamente tener que vivir allí el resto de los días que me quedaban, que según los cálculos del párroco eran más o menos un año si no encontrábamos más comida.
Desde que habíamos llegado aún no habíamos salido a fuera ni una sola vez, así que le propuse a Albert dar un paseo. El exterior de la iglesia daba acceso a un enorme patio de piedra rojiza cercado por una resistente verja de hierro. Las vistas eran realmente espectaculares, se podía ver Barcelona al completo. Por desgracia, no parecía tener el mismo aspecto de meses atrás. Varias columnas de humo negro se levantaban en distintos puntos de la ciudad. Seguimos caminando hasta acercarnos a algo que llamo nuestro interés. Un pequeño telescopio azul anclado al suelo ofrecía la posibilidad de poder disfrutar de una visión más cercana de la ciudad por el módico precio de un euro.
-Albert, dime que tienes una moneda. –Le dije mientras nos acercábamos al aparato con ganas de echar un ojo.
-Pues lo siento pero no, tal y como están las cosas no pensé que un euro nos sirviera de algo.
Por suerte, al parecer alguno de los feligreses había abierto el cajón donde iban las monedas y había dejado un euro para cuando alguien quisiera mirar. Cogí la moneda, la introduje en la ranura y la óptica se abrió. Aunque de lejos no se podía apreciar con claridad, kilómetros y kilómetros de coches abandonados atascaban las principales vías de la ciudad, y congregaciones de lo que parecían ser centenares de esos bichos deambulaban sin rumbo allí abajo. El telescopio también daba una visión nítida y cercana del parque de atracciones que se encontraba a nuestros pies. Por allí no parecía haber ni rastro de infección, seguramente como había predicho, se había cerrado varios días antes del apocalipsis, lo que no llegaba a entender era porque el cura nos había asegurado que allí había “impíos” como él los llamaba. Después de que los dos echáramos un vistazo por el aparato, continuamos caminando. Nuestra visita termino en una pequeña construcción de piedra adaptada como tienda de souvenirs. Nos acercamos y miramos al oscuro interior cuando de pronto, David, un muchacho de unos ocho años que vivía con su madre nos sorprendió por la espalda.
-Es peligroso estar cerca –Nos advirtió el niño.
-¿Cerca de donde David? –Pregunté yo.
-De esa tienda, el padre Isaac no nos deja acercarnos.
-Vaya, no nos había dicho nada ¿Qué hay? –Proseguí intentando socavar algo de información.
-Mi papá. –Respondió él contundente.
-¿Dices que tu papá está aquí? –preguntó Albert atónito.
-Sí, se puso malo un día porque uno de esos impíos le mordió y…
-¡David, deberías estar rezando con tu madre! –Interrumpió bruscamente el Padre Isaac.
-Lo siento Padre.
El niño se alejo de nosotros como alma que lleva el diablo y desapareció de la escena. Sin pelos en la lengua Albert se dirigió al párroco.
-¿Es cierto que tienen a un infectado ahí dentro?
-Así que el muchacho se ha ido de la lengua. Bueno tarde o temprano debíais saberlo.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y rebuscó en él mientras se acercaba a nosotros. Metió una de las llaves en la cerradura,  giró el pomo y nos invitó a pasar. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la penumbra, pudimos ver una imagen espeluznante acompañada de un olor cuanto menos repulsivo. En medio de la tienda, atado y amordazado a una silla de madera, permanecía sentado un infectado.
-¿Se puede saber que cojones hace este infectado encerrado? –Gritó Albert aterrado.
-¡Vigila esa lengua en la casa del señor, joven! –Le recriminó el cura.
-¡Precisamente porque es la casa del señor no debería haber ninguna de estas criaturas! –Exclamé yo incrédulo.
-Antes de convertirse en un impío era uno de nuestros feligreses. Estoy intentando curarle desde entonces, no puedo abandonarle, era un buen hombre y algún día Dios me dará la razón. Estoy haciendo grandes progresos con él.
 -¿Y cómo supuestamente piensa curarlo? –Dijo Albert más tranquilo.
-Con agua bendita por supuesto, y rezando por su alma, llevamos semanas haciéndolo constantemente. Si vosotros dos os unierais a nosotros tal vez los progresos serian más palpables.
-¿Así que por eso rezan todo el día?, Padre Isaac, no creo que Dios tenga nada que ver en todo esto. –Dije yo intentando que entrara en razón.
 -¡Dios está en todas partes muchacho!–Gritó él enfurecido.
-Está bien Padre no se altere, ¿podría explicarnos como se infectó? –Preguntó Albert intentando apaciguar la situación.
-¡Defendiendo a su mujer, a su hijo y al resto de nosotros como un buen cristiano!
-¿De qué manera? –Pregunté yo.
-La segunda semana del apocalipsis, llegaron un par de docenas de pecadores a nuestras puertas, tal vez Dios nos puso a prueba para que pudiéramos ver de primera mano de lo que era capaz. Jaime aquí presente, junto a Carlos y Alfredo nos defendieron al resto de esas criaturas, pero por desgracia una de ellas le alcanzó con un bocado en el brazo. Poco después cogió fiebre, entró en coma y falleció, hasta que como Cristo, resucitó. Debía ser una señal, la maldad que corría en sus venas no era suya, sino del demonio. Lo encerramos para que en su locura transitoria no pudiera hacer daño a nadie, ese es el porqué de que esté aquí.
-Está bien padre, lo comprendemos. –Dije dándole la razón a la vez que hacia un gesto a Albert para que me siguiera el juego.
-Si padre, es lo único que podía hacer. –Respondió Albert respaldándome.
-Gracias hijos míos, es un gran alivio que lo comprendáis. No parecéis ser como esos necios de Cristian y Marta.
-¿Quiénes son esos dos? Nunca he oído hablar de ellos. –Pregunté yo intentando sonsacar más información de nuevo.
-Ni lo haréis, prometí no volver a hablar del tema.
-Tranquilo padre, no hace falta que diga nada. –Dijo Albert.
-Ahora hijos salgamos de aquí, es hora de mi misa diurna.
Dejamos al infectado en la pequeña tienda y volvimos a dentro. La cosa no podía quedar así, Todo aquello resultaba cada vez más extraño y aterrador. Como una maldita peli mala de terror. Esa misma tarde fuimos a preguntar al pequeño David si sabía algo de aquellos nombres. No hizo falta tirarle demasiado de la lengua para que hablara.
-Eran una pareja que llegó más o menos hará un mes. Cristian era simpático, estaba casado con una chica pero ella se había convertido en una impía. Vino con Marta, una amiga suya escapando de los “impíos” que les perseguian. El padre Isaac los invitó a quedarse hasta que un buen día les cogieron haciendo cosas.
-¿Qué cosas? –Preguntó Albert intrigado.
El niño esbozo una sonrisa traviesa y siguió hablando.
-¡Cosas de mayores!
-¿Y qué les paso? –Pregunté expectante.
-El padre Isaac se enfadó mucho, decía que esas cosas no se podían hacer en la casa del señor, que por cosas como estas había llegado el apocalipsis. Ellos se disculparon pero el padre Isaac quería que pasaran la prueba de Dios.
-¿Y cuál era la prueba? – Volví a preguntar absorto.
-Los llevaron con mi padre, decían que él tenía poderes para juzgar a los pecadores. Después no los volví a ver.
El relato del niño nos dejó a los dos sobrecogidos, sin saber que pensar. Si bien era cierto que el relato parecía imposible, el niño lo había contado como si tal cosa. Pasamos el resto del día disimulando después de hacerle prometer al pequeño que no hablaría de nuestra conversación con nadie. Una vez en el cobijo de nuestra habitación, y vigilando de que nadie nos sorprendiera, pusimos las cartas sobre la mesa.
-Albert, debemos salir de aquí.
-Lo sé, pero tienen todas nuestras armas, y sin ellas no llegaremos muy lejos.
-Eso déjamelo a mí, creo que sé donde las tienen, necesito que tú te ocupes de coger algunas latas de comida y un poco de agua, no llegaremos muy lejos sin ellas.
-¿Cuando quieres salir? –Preguntó Albert convencido.
-Saldremos ahora mismo. No he aguantado tres meses después de haberlo perdido todo para que ahora venga un cura chiflado a arruinarlo, seguiremos buscando refugio, este es demasiado peligroso, una semana más y acabaran por lavarnos el cerebro. Este padre se ha aprovechado del miedo de la gente para domarlos a placer, no voy a permitir que me pase lo mismo.
-Supongo que da igual hoy que mañana. –Respondió Albert tolerante.
-Saldremos en una hora, cuando todos se duerman. Ten cuidado, temo que si nos descubren acabemos como los famosos Cristian y Marta.
Todos parecían haberse dormido y en el pasillo no se escuchaba un alma, era hora de movernos. Mientras Albert se quedaba en la cocina a coger provisiones, yo me dirigí al despacho del padre Isaac. Durante toda nuestra estancia, era el único sitio en el que no habíamos estado y por tanto, el único en el que podían estar guardadas las armas. Empujé la puerta de madera pero estaba cerrada, como era de esperar. Respiré hondo y pensé en las posibilidades. Debía revisar la puerta y encontrar los puntos débiles. Con unas ganzúas y algo de experiencia no me hubiera costado ni medio minuto abrirla, pero en ese momento no disponía ni de una cosa ni de la otra. La única solución era desanclarla de los pernos que la sujetaban a la pared. Utilicé una pequeña navaja que llevaba en uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a desenroscar los tornillos. El proceso fue bastante lento, pero después de casi diez minutos y un par de cortes superficiales en los dedos, conseguí desencajar la puerta sin despertar a nadie. Entré  por el pequeño hueco que había quedado y revisé rápidamente la estancia con una linterna. Escondidas en un armario, encontré las dos armas y además un revolver de cañón corto cargado con seis balas. Me cargué las dos armas a la espalda, me metí el revólver en la chaqueta y salí de la sala nuevamente. Fuera, tres sombras esperaban bloqueando mi único camino de huida, era el padre Isaac acompañado de sus dos perros guardianes armados con escopetas.
-Parece ser que Dios nos ha vuelto a poner a prueba… será mejor que sueltes las arma, muchacho. –Dijo el cura.
Antes de que ninguno de los otros dos se pronunciara encendí la linterna y les enfoqué a la cara.
-Es usted padre, siento haberle despertado es que no podía dormir.
-Y has decidido asaltar mi despacho para relajarte, ¿verdad?
-¡Apaga esa linterna o lo lamentarás! –Dijo Carlos.
-¡No en la casa del señor a menos que sea totalmente necesario!- Le recriminó el cura.
-Oh, lo siento enseguida la apago.
-¡No has oído, deja la armas y apaga la linterna! –Gritó furioso Alfredo.
Con ese grito con toda seguridad había conseguido despertar a la mayoría de feligreses y alertar a Albert de que algo no iba bien.
-Está bien ya las dejo.
Me agaché y depuse el fusil y la escopeta en el suelo mientras continuaba enfocándoles con la linterna.
-Veis, ya está.
Al tiempo que me levantaba de nuevo, saqué el revólver del bolsillo de la chaqueta y apunté a la cabeza del padre sin que ninguno de los tres se diera cuenta aún cegados por la luz. Entonces apagué la linterna. Mientras ellos volvían a acostumbrarse a la oscuridad, aproveché para coger al cura del brazo, darle la vuelta, y apuntarle con la pistola en la sien. Cuando las retinas de los dos individuos se acostumbraron a la penumbra, se dieron cuenta de lo que acababa de suceder. El primero en pronunciar palabra fue el cura.
-¿Hijo mío, supongo que no querrás matar a un siervo del señor en su propia casa?
-Yo también lo supongo padre, pero así son las cosas, es usted o yo por lo que parece.
-No íbamos a hacerte daño muchacho, no somos esa clase de hombres. –Dijo Alfredo.
-No, sois del tipo de hombres que matan a dos personas por haber hechado un polvo en una iglesia.
-¿Co…como sabes eso? –Preguntó el padre Isaac.
-Eso no importa, y ahora vosotros dos descargad las armas y dejadlas en el suelo.
-¡Obedeced! –Dijo el cura muerto de miedo.
-Vaya padre, parece que no tiene prisa por encontrarse con el Creador, ¿eh?
-No a manos de un cabrón como tú. –Respondió él.
-Lo que usted diga, ahora coja mis armas muy lentamente y pásemelas.
El párroco obedeció sin rechistar mientras mi nuevo revolver le apuntaba a la cabeza. Me cargué de nuevo las armas a la espalda y salí de allí dejando atrás a los dos hombres con el cura como rehén. Algunos de los feligreses comenzaron a asomarse por la habitación, pero al encontrarse de frente con el cañón de mi nuevo revolver volvieron atrás. No quería hacerles daño, pero tampoco quería que ellos me lo hicieran a mí. Después de un par de minutos conseguí dar con Albert en la cripta.
-¿Qué coño haces Eric? –Me preguntó Albert alarmado al ver la escena.
-Improviso.
-Pues haber como improvisas esto, las puertas están cerradas y no tenemos llaves para abrirlas. –Dijo Albert visiblemente asustado.
-Padre, las llaves.
-Hijo mío no las tengo, están en el despacho.
-Albert regístrale, no me fío.
Albert empezó a registrar el cuerpo del cura con cierto pudor hasta que llegaron sus dos escoltas armados con las escopetas acompañados de buena parte de los feligreses.
-Vaya, no pensaba estar aquí cuando aparecieran; Albert, colócate detrás de mí. -El pecho me estaba a punto de estallar y estaba seguro que hasta el cura notaria mis latidos en su espalda.
-Chico, suelta al padre Isaac o lo lamentarás. –Dijo Carlos hecho una bestia.
-Suéltalo, vais a meteros en un problema muy serio. –Gritaba uno de los feligreses.
-Chavales del demonio, no sois bien recibidos en la casa del señor. –Decía una anciana.
-Dejad que el pastor vuelva con su rebaño. –Gritaba otra.
-Este rebaño se va a quedar sin pastor a menos que nos deis la llave de la puerta, nos marcharemos y os dejaremos en paz.
-Alfredo hijo mío, ve a buscar la llave a mi despacho. –Dijo el cura temiendo lo que pudiera pasar.
Alfredo se marchó corriendo y volvió al cabo de un par de minutos con el gran manojo de llaves en las manos.
-Déjalas en el suelo y empújalas con el pie hacia aquí.
El hombre obedeció y Albert recogió las llaves. Se acercó a la cerradura y después de unos cuantos intentos dio con la correcta.
-Os arrepentiréis de ésta, cabrones. –Me susurró el cura al oído justo antes de lanzarlo contra sus feligreses de un empujón para facilitar nuestra huida.
Después de que los dos cruzáramos al otro lado, cerré la puerta con llave y lancé el manojo por encima de la cripta hasta las escaleras de la iglesia. No podía dejarlos encerrados allí para siempre, pero tampoco iba a arriesgarme a que vinieran detrás nuestro. Tarde o temprano encontrarían las llaves, pero para entonces ya estaríamos muy lejos, o eso pensaba.
Corrimos hacia el coche lo más rápido que pudimos, por suerte seguía aparcado en el mismo sitio donde lo habíamos dejado una semana atrás. Busqué las llaves en la chaqueta y apreté el mando desbloqueando todas las cerraduras del coche. Albert abrió la puerta, pero justo antes de introducir su mochila dentro, un disparo destrozó en mil pedazos el cristal del maletero. Inmediatamente los dos nos dimos la vuelta y comprobamos de donde procedía. Era Alfredo, que había conseguido salir y estaba disparándonos. Otro nuevo disparo, que esta vez destrozó uno de los retrovisores, nos alerto de que Carlos había empezado a disparar también. Detrás de él se encontraba el padre Isaac. Sin duda habían logrado salir gracias a otra llave, posiblemente escondida en el atuendo del cura.
-¡Pensaba que habías registrado bien al cura! –Le dije mientras nos escondíamos detrás del coche.
-¡Y yo pensaba que habías desarmado a esos capullos! –Me recriminó Albert.
-¡Touché!
-¿Cómo vamos a salir con el coche por ahí?
-No lo haremos, el coche está destrozado. Te voy a cubrir con el revólver, quiero que cojas todo y pases al otro lado de la valla, y que sea rápido solo tengo seis balas.
-¿Y tú?
-Iré después de ti, tranquilo, no voy a hacerme el héroe muriendo acribillado. ¿Listo?
-¡Sí!
-¡Ahora!
Mientras yo salía de mi cobertura, Albert se subió al coche y lanzó todas nuestras pertenencias por encima de la valla. Cuando consiguió cruzar al otro lado, a mí tan solo me quedaba una bala. Subí al capó a toda prisa, apunté hacia su dirección y disparé. Justo después de escuchar mi último disparo, los dos tipejos salieron de su protección y dispararon con todo lo que les quedaba hacia el coche. De repente, mientras saltaba la valla para descender al otro lado, sentí un pinchazo en la espinilla. Caí al suelo y me miré la pierna mientras Albert sostenía el rifle sobre el capó del coche y comenzaba a disparar.
-¿Estás bien? –Me preguntó él preocupado.
-¡Joder, me ha alcanzado un perdigón!
-¿Puedes caminar?
-Más me vale o estoy muerto.
Me puse en pie lo más rápido que pude, me colgué la mochila de la espalda y toqué el hombro de Albert para indicarle que estaba listo para marcharnos. Se cargó el arma y la mochila a la espalda también y salimos de la escena adentrándonos en el parque.
-Es la primera vez que disparo un arma. –Dijo Albert.
-Pues bienvenido al club. Tranquilo con nuestra puntería no creo que hayamos matado a nadie… ¡joder!
-¿Qué? –Preguntó alarmado.
-Espera aquí.
Volví sobre mis pasos, desenfundé la escopeta y la apoyé en el coche como había hecho Albert anteriormente. Metí la mano a través de la reja dentro del coche. Entre los cristales rotos alcancé el arco que había olvidado allí el primer día y las flechas, y los cargué a mi espalda. Para entonces los dos toscos hombres corrían hacia el coche sin percatarse de que había vuelto a buscar algo. Cuando Carlos se dio cuenta, alzó su arma y comenzó a disparar. Con un acto reflejo apreté el gatillo y disparé los dos cartuchos hacia aquellos tipos. Alfredo que aún estaba cargando su escopeta, cayó al suelo. No podía esperar a ver si lo había liquidado, sólo cogí la escopeta y volví de nuevo a marcharme del lugar.
-¿Que hacías? –Preguntó Albert expectante.
-Si no queremos llamar la atención, el arco será mucho más práctico.
-Vale y ahora salgamos de aquí.

Capítulo undécimo: Adiós hogar, ¡Adiós!



Un fuerte crujido de madera me despertó de la siesta pasado el medio día. Eran ellos, habían llegado. Me levanté de la cama de un salto y avisé a Albert, que ya se estaba vistiendo.
-Es hora de irnos, ¿no? –Me dijo él.
Volví a mi habitación y me enfundé el traje que tenía preparado de la otra vez; la chaqueta de moto, los tejanos, las botas y el casco. Bajé las escaleras detrás de Albert, cogimos las mochilas y las armas que teníamos preparadas y las cargamos en el coche. Era hora de abandonar el que había sido mi hogar durante toda la vida de forma prácticamente definitiva. Encendí el motor y Albert abrió la puerta de acceso al parking con cuidado. Atravesé el gran portón y Albert lo cerró de nuevo. Varios zombis expectantes nos esperaban detrás de las pequeñas puertas secundarias de entrada, eran las únicas que nos separaban de una muerte segura. Antes de que más de esos seres se congregaran fuera, aceleré al máximo y las arranqué de la pared llevándome al par de zombis detrás de ellas. Esquivamos el pequeño utilitario azul que bloqueaba parte del camino y continuamos nuestra acalorada huida. Llevábamos apenas un par de minutos cuando Albert me hizo parar.
-¡Frena!
Mi pie reaccionó y presionó el pedal izquierdo.
-¿Qué coño pasa ahora?
-Creo que he visto a alguien.
-Sí, creo que yo también, ¡estamos rodeados de ellos, se llaman zombis!
-No, quiero decir que me ha parecido ver a alguien vivo, da marcha atrás.
Retrocedí un par de metros con el coche y echamos un vistazo a una de las ventanas. Había una niña mirando impasible desde ella y no parecía estar infectada. Enseguida apareció detrás de ella una sombra y cerró las cortinas.
-Parece que no quieren venir.
-Deben estar asustados, no podemos dejarles aquí.
-¿Bromeas? Ojalá yo pudiera quedarme con ellos, si están aquí deben tener alimento. Los que estamos jodidos somos nosotros, ¡y ahora larguémonos antes de atraer a más zombis a la zona y ponerlos en peligro!
Aceleré nuevamente y proseguimos nuestro camino. Esa familia estaba más segura sin nosotros que con nosotros. De todas formas, me alivió pensar que no éramos los dos únicos supervivientes de la zona.
-¿Está bien, y ahora para donde narices vamos? –Pregunté sin saber muy bien cuál era el plan.
-No tenemos muchas opciones, yo intentaría llegar a la base civil de Barcelona.
-Es muy arriesgado, podía estar arrasada, ¡seguramente lleve semanas arrasada!
- ¿Y si no, se te ocurre algún otro sitio seguro? Habia pensado en perdernos por la montaña, pero un solo zombi podria acabar con nosotros si nos descuidaramos un instante.
-La verdad es que no creo que haya demasiados ya. Está bien, probaremos suerte, pero tendremos que ir por rutas secundarias y caminos de tierra, la autopista estará intransitable.
Nos pusimos en marcha y dejamos atrás la desolada urbanización y la entrada del peaje que daba acceso a la autopista. Los coches abandonados bloqueaban las vías de salida y unos cuantos zombis deambulaban o reptaban entre éstos de forma parsimoniosa. Llegamos al centro del pueblo y subimos por una pequeña callejuela que conducía a un descuidado camino de tierra. El espectáculo por aquella zona no era mucho mejor; un edificio de pocas plantas había ardido hasta los cimientos y se había colapsado semanas atrás, coches desvalijados y siniestrados ocupaban los arcenes de las calles y más de medio bosque cercano al pueblo había ardido dejando tan solo los esqueletos oscurecidos de los arboles.
Por suerte conocíamos bien esos caminos porque cuando éramos más jóvenes casi todos los domingos solíamos salir a pasear con nuestras motos de montaña. Después de poco más de diez minutos conseguimos bordear el pueblo de al lado paralelos a la autopista, parecía ser bastante seguro pese a tener a cientos de zombis a menos de cincuenta metros. Un pequeño montículo separaba nuestro camino de la autopista, y aunque un humano no hubiera tenido problemas en subirlo escalando, los zombis no parecían tener una psicomotricidad tan avanzada.
-¿Y donde dices que está esa base? –Le pregunté aún escéptico.
-Cerca de la base militar de la B.H.S.U.
-¿Y donde narices está la base de la B.H.S.U.?
-En el antiguo centro comercial Gran vía 2 de Hospitalet por lo que tengo entendido. ¿Sabrás llegar?
-Ana y yo solíamos ir al cine casi todos los viernes allí, descuida, sabré llegar.
Después de tres agotadoras horas de polvorientos caminos estrechos dimos con una carretera de dos direcciones perfectamente asfaltada aunque abandonada a su suerte como el resto. Calculábamos que nos encontrábamos en la zona alta de Barcelona, por lo que bajar al centro de la ciudad no iba a ser una buena idea. Continuamos carretera arriba hasta dar con un reflectante cartel blanco. Si las indicaciones eran correctas, nos encontrábamos a menos de dos kilómetros del antiguo parque de atracciones del Tibidabo.
-Tal vez podríamos pasar allí la noche, empieza a atardecer.- Le dije a Albert.
-¿Crees que es una buena idea entrar en un parque de atracciones lúgubre y abandonado?
-Hombre, visto así pues no apetece, pero si está cerrado como supongo desde los primeros días de la infección debería ser un sitio seguro. Desde luego quedarse en este camino al aire libre no es una opción. Vamos, si lo vemos seguro entramos y si no nos largamos, así de simple.
-Está bien, probemos. –Dijo Albert a regañadientes.
Subimos la escarpada carretera hasta llegar a la cima. Además del parque de atracciones, la cima estaba culminada por una espectacular iglesia de piedra blanca adornada con la estatua de un Cristo abierto de manos en el tejado de ésta.
-Dónde estás ahora ¿eh? –Le pregunté con retórica desde el coche a la enorme estatua.
El parque estaba cerrado a cal y canto, una verja de sólidos barrotes se levantaba delante de nosotros. Bajé del coche y me acerqué con cuidado. Di un par de golpes con la empuñadura del rifle a los barrotes para comprobar que no quedaba nadie dentro y volví al coche. Esperamos más de veinte minutos, para entonces casi había anochecido por completo. Acercamos el coche a los barrotes y subimos encima de éste para poder atravesarlos con facilidad. Antes de que Albert pudiera cruzar al otro lado, un fuerte crujido metálico sonó a nuestras espaldas. De repente, un par de robustos hombres armados con escopetas de caza bajaron las escaleras de piedra que conducían al templo.
-¡Por aquí! –Susurró uno de ellos.
Todavía atónitos y sin pensarlo, bajamos del coche, cogimos nuestras escasas pertenencias y les seguimos. Subimos la escalinata y llegamos a una majestuosa cripta que precedía a la iglesia. Un hombre vestido con sotana nos esperaba al otro lado de la puerta junto a los dos individuos.
-¡Hijos míos, venid a refugiaros a la casa del señor! –Dijo el cura, con un susurro un tanto fantasmagórico dado la situación.
-¡Bueno, parece que te ha escuchado! –Dijo Albert sonriente refiriéndose a mi anterior comentario dirigido a la estatua de piedra.
Atravesamos las gruesas puertas de acero y entramos a la cripta. Era una sala repleta de columnas de áspera piedra con capiteles decorados y varias pinturas y relieves que adornaban las paredes con motivos religiosos. También había varios bancos de madera ahora vacíos.
-¿Sólo están ustedes aquí?- Preguntó Albert cortésmente.
-Antes de responder a vuestras preguntas debemos haceros nosotros algunas. –Respondió tajantemente uno de los corpulentos individuos.
-Me parece bien. –Dije yo intentándoles seguir el juego.
-¿Qué hacéis aquí? –Preguntó el otro tipo.
-Salimos de nuestro refugio esta mañana y dimos con la carretera del parque, pensamos que sería de los sitios más seguros para pasar la noche.-Dije yo.
-Pues os hubierais equivocado, hay varios impíos dentro. –Dijo el cura.
-¿impíos? –Preguntó Albert asombrado.
-Infectados.- Matizó uno de los escoltas.
-Debéis ser buenas personas si Dios no os ha castigado aún, está bien, podéis acceder a la iglesia. –Señaló el cura.
-Por cierto, antes de proseguir deberéis deponer las armas. –Dijo el escolta de su derecha.
-Claro, no hay ningún problema. –Expresé yo agradecido por vivir un día más.
Después de cederles nuestras armas, seguimos por un pasillo que accedía directamente a la iglesia. Los techos de ésta eran mucho más altos y la decoración mucho más sobria. La piedra era diferente también, más blanca y trabajada. El púlpito de oscuro mármol cubierto por una sábana blanca se situaba en el centro de la estancia y delante de éste había varios bancos de madera, éstos, con varias personas sentadas en ellos.
-Parecéis sorprendidos hijos míos. –Dijo el cura.
-No había visto a tanta gente junta desde antes de que todo se torciera. –Dije asombrado.
-Éste es mi rebaño, nos refugiamos aquí cuando el infierno invadió la Tierra. –Prosiguió el párroco.
-¿Y cómo pueden sobrevivir? –Preguntó Albert extrañado.
-El templo dispone de un pozo de agua que nos proporciona un suministro independiente, y gracias a las donaciones de nuestros feligreses hemos podido almacenar comida para por lo menos un año.  “Dios proveerá a los nobles de espíritu y puros de corazón”.
-En realidad padre, no somos muy devotos. –Respondí yo.
-Los caminos del señor son inescrutables. Él tiene un plan para cada uno, si os ha enviado a nosotros debe haber un motivo.
-¿Somos los únicos que hemos llegado hasta aquí?
-Hay respuestas que aún no estáis preparados para conocer, cuando estéis listos os lo haré saber. Permitidme que me presente, yo soy el padre Isaac y mis dos protectores son Carlos y Alfredo. Ahora vayamos  a conocer a los demás miembros del rebaño.
Caminamos hasta los bancos más cercanos al púlpito y allí conocimos al resto de los supervivientes. Todos sin excepción llevaban una cruz colgada del cuello. Uno de los dos robustos hombres que habían acompañado al párroco durante toda la visita nos ofreció un par de ellas para que nos las pusiéramos al cuello. Nos las colocamos sin hacer preguntas, después de todo, cualquier cosa era mejor que estar rodeados de zombis  –o eso pensábamos entonces-. Nuestras cruces estaban talladas en madera y la mía llevaba una pequeña y sospechosa mancha granate oscuro en la parte trasera. Después de eso, el cura y los dos hombres nos hicieron una pequeña ruta guiada por el interior de la iglesia. Al llegar a la cocina, decidimos hacer un alto.
-¿Disculpe, pero no hemos comido nada en todo el día, sería tan amable de darnos algo? –preguntó Albert.
-Tranquilo muchacho, pronto cenaremos. Sigamos la visita… –Respondió el párroco, concluyente.
Después de la cocina nos dirigimos a los dormitorios. Al parecer cada familia tenía una estancia para ella sola. A nosotros nos cedieron una habitación con dos camas muy cercana al del resto pero sin estar pegada a ellas. Dejamos las mochilas y seguimos hasta los baños. Una ducha no nos iba a venir nada mal. Desde que se fuera el suministro de agua en mi casa había tenido que apañarme con toallitas húmedas para mi higiene personal y a juzgar por mí olor corporal dejaban mucho que desear. Después de toda la visita turística nos dejaron a nuestras anchas. Volvimos al baño, nos dimos una ducha y nos cambiamos de ropa. Era un alivio no tener que llevar los guantes y la chaqueta de moto todo el rato. Una de las feligresas se acercó a nuestra habitación y nos informó de que la cena estaba servida. Había una gran mesa de madera que presidía el párroco, como de costumbre se sentaban al lado de éste sus dos guardaespaldas, Carlos y Alfredo y después el resto de la gente. Saludamos a todos los allí presentes y tomamos asiento. Antes de que Albert pudiera alcanzar un poco de ensalada, el párroco nos invitó a bendecir la mesa.
-Albert, adelante, bendice la mesa. –Le dije yo intentando escurrir el bulto.
-Estás seguro que no quieres hacerlo tú. –Respondió él nervioso.
-Sí, seguro, adelante bendice, bendice…
-Está bien. Gracias señor por los alimentos que vamos a tomar, bendice a esta gente para que no le ocurra nada y líbranos del mal que nos acecha en estos días extraños, amén.
-Amén. –Repitió el resto de la gente al unísono.
Por fin podíamos probar bocado. La mesa estaba formada sobre todo por comida precocinada, aunque también había algún guiso hecho sin duda de diversas latas de conservas combinadas. La cena terminó entre preguntas indiscretas y silencios incómodos y todos nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones.
-¿Qué opinas de este sitio? –Preguntó Albert pensativo mientras se metía en su cama.
-La verdad es que me dan escalofríos. Esto parece un maldito pueblo Amish. No sabía que por esta zona hubiera gente tan devota. –Respondí fríamente.
-Creo que el apocalipsis nos ha cambiado un poco a todos. Tal vez Dios sea el último refugio de la raza humana.
-Pues si eso es lo mejor que le queda al mundo, será mejor que nos den por el culo a todos.
-¡Amén hermano! – Exclamó Albert en tono de burla.
-Por cierto me ha sorprendido gratamente tu bendición en la mesa.
-He improvisado, como en las películas.
- ¿Y lo del parque de atracciones? ¿Crees que debe haber zombis dentro?
-La verdad es que yo por si acaso no pienso entr… (Pasos y ruidos detrás de la puerta) ¿Has oído eso?
-Sí, voy a mirar.
Me levanté de la cama y me dirigí a la puerta con decisión, abrí súbitamente para sorprender a quien estuviera detrás, pero allí ya no había nadie.
-¿Y bien? –Preguntó Albert acobardado.
-Aquí no hay nadie, tal vez haya sido alguno de esos críos. Será mejor que intentemos dormir.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo primero: Flash forward


Empecé a correr sin saber hacia dónde me dirigía. Esos malditos bastardos estaban por todas partes y solo tenían ojos para mí. Claro que era comprensible, al fin y al cabo yo era especial, yo era el único de todos ellos que aún respiraba.
Aunque yo era más rápido, ellos eran más, muchos más. Escapar no iba a resultarme fácil. Todos los portales estaban cerrados, tal vez, mejor que lo estuvieran, lo más probable era que esos edificios estuvieran plagados de monstruos también.
De repente fijé mi vista en un enorme Hummer al final de la calle con las siglas de la B.H.S.U. impresas en la puerta, que por si fuera poco, estaba abierta. Sin pensarlo dos veces, desenfundé el arco y me preparé para lo que pudiera surgir. Cuando llegué, un par de agentes especiales de la B.H.S.U. estaban esperándome. A mí o a cualquier ser humano al que aún le latiera el corazón. Rápidamente, tensé el arco y le disparé al más cercano en la cara. Estaba a menos de dos metros, era un tiro seguro.
Con el siguiente no me resultaría tan fácil. Lo tenía casi encima y no tenía tiempo para disparar el arco una segunda vez, así que antes de que el primero se desplomara en el suelo, le arranqué la flecha de la cara y la usé para ensartarle un ojo al que aún estaba en pie.
Miré en todas direcciones y no vi nada. Perfecto, así tendría tiempo de saquear los cuerpos. Los agentes especiales eran los únicos de toda la B.H.S.U. que llevaban Mágnum Desert Eagles. Eran tan potentes que con un poco de suerte podían eliminar a tres zombis de un solo disparo. Rebusqué en el primer cuerpo pero solo encontré la placa de identificación del agente y un par de cargadores sin usar. Hubiera preferido encontrar la pistola pero los cargadores también podrían serme útiles. En el caso de conseguir la pistola, claro. Me dirigí al segundo cuerpo esperando tener más suerte. De nuevo, su funda estaba vacía. Tenía tres cargadores en los bolsillos y su placa de identificación correspondiente, pero ni rastro de la dichosa pistola.
De repente, cuando me disponía a incorporarme, escuché un gorgoteo oclusivo detrás de mí. Era uno de ellos, no había duda. Desenvainé la katana y me levanté al mismo tiempo que daba un giro brusco, sin saber aún a qué distancia se encontraba el engendro exactamente. Antes de que tuviera tiempo de abalanzarse sobre mí, le asesté un golpe en el cráneo fulminándolo al instante. La katana se quedó atascada, así que tuve que poner el pie en el pecho del zombi para hacer palanca. Como si de una grotesca adaptación del rey Arturo se tratara, extraje la katana del cráneo del no muerto mientras borbotones de sangre coagulada salían de su frente corrupta. Ese cabrón había aparecido de la nada. Debía ser más cuidadoso en el futuro si no quería convertirme en una de esas cosas. Justo cuando iba a montarme en el coche, recordé que con el susto había olvidado cachear al último zombi…
-¿Llevas una pistola o es que te alegras de verme? – Le pregunté retóricamente.
En la cintura, bajo la chaqueta se podía distinguir un bulto. Probablemente era lo que andaba buscando. Abrí los botones de la chaqueta resistiendo las arcadas. Me resultaba difícil no mirar su cabeza, partida en dos como un melón. De pronto, algo llamó mi atención más que su cráneo. Ahí estaba, una magnífica Desert Eagle calibre .50 de color negro enfundada en su cinturón.
-¡Hoy es mi día de suerte! … si no fuera porque el planeta está lleno de zombis y yo estoy solo, rodeado de ellos.
Cogí la pistola con su funda, otros dos cargadores y su placa de identificación. Esta vez sí, limpié la hoja con el traje del agente, envainé la espada y me dirigí al coche contento por mi nueva adquisición. Me eché la pistola al cinto y me subí en el coche con mucho cuidado. Lo que menos me apetecía era encontrarme con otro zombi escondido en el asiento trasero preparado para darme una sorpresa. Por suerte el Humvee estaba vacío, en los asientos traseros tan solo quedaban algunos restos de sangre reseca. El vehículo tenía montada una torreta con una ametralladora pesada M-2 y una pala parecida a la de las máquinas quitanieves para apartar a los coches o a los zombis que se cruzaran en su camino, por cortesía de la unidad de desarrollo de la B.H.S.U.
Era hora de salir de ahí, ya había perdido bastante tiempo saqueando cadáveres y estaba seguro de que los infectados que me perseguían no tardarían en volver a encontrar el rastro.
-¿Cómo estos agentes habían podido transformarse? – No paraba de repetirme a mí mismo.
Pertenecían a una unidad especial con formación de combate, estaban montados en un vehículo blindado y tenían varias armas a su alcance. Además, no había ni rastro de refriega en el exterior del coche. Solo podía suponer que alguno de los tres contrajo la infección y no informó a sus compañeros. Se transformó en el interior del coche y atacó a los dos acompañantes.
Las llaves estaban puestas, las giré pero el coche no arrancó. Probablemente al salir corriendo del vehículo, se habían dejado el motor encendido y el tiempo había acabado con la gasolina del depósito. ¡Maldito idiota!, estaba perdiendo un tiempo precioso inspeccionando el coche y ni siquiera había comprobado si funcionaba. Bajé del vehículo como una bala. Sabía que el coche llevaba latas de gasolina para estos casos. Vi un par de ellas adosadas al maletero junto a una rueda de repuesto.  Probé suerte pero estaban completamente vacías. Estaba empezando a quedarme sin ideas.
De repente, apareció en mi mente la idea de que tal vez en el techo junto a la ametralladora podría quedar algo de gasolina. Me apoyé sobre la rueda de repuesto, subí con un impulso y… ¡Bingo! Ahí había otras dos latas de gasolina junto a un par de cajas de munición y por suerte éstas estaban llenas. Cogí una de ellas y la baje a toda prisa, abrí el tapón del depósito y vertí el contenido lo más rápido que pude. Volví a subir al coche y probé suerte. Un petardeo fugaz salió del Humvee. Puse la llave de nuevo en la posición original y volví a intentarlo. Esta vez el petardeo fue más prolongado, pero no conseguí encenderlo.
Antes de que pudiera intentarlo una tercera vez, vi asomar a uno de esos engendros al final de la calle. Al fin me habían encontrado.
Empezó a caminar torpemente hacia el coche y pronto le siguieron un par de docenas más. O me movía rápido o iba a servir de aperitivo a aquellos repugnantes bichos. Lo intenté por tercera vez pero fue en vano. Si no lo conseguía pronto, el motor se ahogaría y ya no habría nada que hacer. Si eso pasaba, no tendría más opción que subirme a la torreta y cargarme a tantos de esos zombis como pudiera.
Por suerte al cuarto intento y con el corazón a punto de salírseme por la boca, un enorme estruendo me indicó que el coche estaba listo para marcharse. Apreté el acelerador hasta el fondo y me dirigí directamente hacia ellos. La pala hizo su trabajo y los lanzó por los aires sin problemas. Miré hacia atrás por el retrovisor y vi que sólo un infectado había quedado en pie. Era una chica rubia de unos veinticinco años, con la boca llena de sangre fresca y uno de los brazos sosteniéndose únicamente por un par de tendones. Di marcha atrás y le pasé por encima sin miramientos. Después de todo, ese grupo acababa de matar a todos mis compañeros y creí conveniente darle las gracias de algún modo.
Cuando me disponía a salir al fin de ese maldito lugar, observé que uno de los zombis a los que había atropellado y lanzado por los aires estaba intentando levantarse con torpeza apoyándose sobre la pared. No pude evitarlo, la adrenalina y la furia me consumían por dentro. Bajé la ventanilla, desenfundé la Desert Eagle y disparé al cráneo de esa aberración mientras ésta clavaba sus ojos amenazantes sobre mí. Una bola de fuego salió del cañón y una explosión inundó la calle. La bala impactó en el cráneo, salpicando la pared con su masa encefálica. La mancha que dejó recordaba a uno de esos cuadros abstractos que antaño se exponían en los museos.
Subí la ventanilla y apreté el acelerador, aún tenía un largo camino por delante y no sabía si llegaría a mi destino.